Post-it nº1: tirar tarot

Hoy, leyendo la columna de una amiga de esas que uno no conoce personalmente pero que gracias a sus letras se deja conocer, recordé que a principios de año, en mis incontables pesquisas por la clave de la felicidad, leí una frase que me llegó al alma: “es necesario aumentar la tolerancia frente a la incertidumbre”. La apunté en un post-it y la pegué en la pared pensante de mi salón. Desde entonces he pensado en la frase en los días impares del mes; los pares los reservo para ser cabezota, irreflexiva. Vamos, para resolver todo aquello que hay que hacer con un par ;) Bien, volvamos. La lectura repetida de la frase me llevó a hacer un inventario de todas las veces que me había sentido frustrada porque, después de los laboriosos preparativos, de la minuciosidad con la que había decorado mentalmente esta o aquella escena de mi futuro, la vida llegaba y hacía simple y sencillamente lo que le venía en gana.

Primera reflexión: hay que dejar de planear. ¿Para qué, si luego las cosas salen de otra manera? Pero creo que esta forma de interpretar la incertidumbre conduce a una frustración aún mayor que la provocada por ver los planes hechos añicos. Pensar que nada, o casi nada, está en nuestras manos y que por tanto es inútil intentar lo que se llama labrarse un futuro, es ciertamente desmoralizador. Al menos la planificación conlleva la ilusión y la alegría propia de los sueños hechos a medida. <<Podrán quitarme el resultado final>>, me dije, <<pero el gusto de soñar despierta, esa gasolina que me pone en movimiento cada mañana, nadie me la quita>>. Cayó la noche, vino el día par, seguí planeando y me hice fuerte frente a la incertidumbre. Fuerte, que no flexible.

… Y pasaron los meses. El post-it se agitaba de vez en cuando con el viento, como el que asoma la patita para decir, <<eh, que sigo aquí>>. Así que seguí pensando. Entonces, de pronto, me pareció entrever un significado infinitamente más aceptable y, creo, más cercano a la enseñanza de la frase. Vamos a ilustrarlo con un ejemplo cercano; un cumpleaños o Navidad. En esas ocasiones, sé que me van a hacer regalos, pero prefiero no saber qué me van a regalar. Más de un hombre en mi vida me ha odiado por ello, pero es así, adoro las sorpresas. Cuando, de vez en cuando, aparece quien me pregunta qué quiero que me regalen, siento que me han reventado un poco la fiesta, es casi como cuando de niños se nos escapa el globo que nos han comprado y lo vemos alejarse lentamente llevándose nuestra ilusión. Puede que decir lo que quiero sea mucho más práctico, sería una forma de evitar a mis amigos y familiares el tener que recorrer los pasillos de los centros comerciales invocando al hada de la inspiración. Además, decir <<quiero que me regales esto>> disuade eficazmente a Las Tres Gracias de presentarse en el momento de la apertura del regalo. Ya sabéis; Gracia uno: ya lo tiene. Gracia dos: no le gusta. Y, finalmente, Gracia tres, la hermana pequeña: no le queda. Sin embargo, la sorpresa es para mí tan importante como el regalo mismo, casi me atrevería a decir que medio regalo corresponde a la chispa de la incertidumbre… Eso es, LA INCERTIDUMBRE. Me di cuenta de que si todo saliera como quiero sería aburridamente feliz, tan aburridamente feliz, que ya no sería feliz. Lo que es más, mirando hacia atrás veo que las mejores situaciones, personas y lugares han llegado sin que las llamara y muchas veces como consecuencia de no haber obtenido lo que quería.

Pero pasó algún mes más y el post-it seguía agitándose al viento. Tanto se agitaba, que dejé lo que hacía para cerrar la ventana. Y vi una cosa más, todas esas “ventanas” por las que creemos que podemos espiar al futuro. ¡Como si nuestra vida se tratara de una película que ya ha sido rodada y terminada! Luego el absurdo: jamás se me ocurriría ver el final de una película si no he visto antes lo demás. ¿Por qué? Porque la estropearía y ya no tendría ninguna gracia.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué esas ansias de saber si voy a obtener aquello por lo que estoy luchando hoy o si va a aparecer un elefante marino en mi bañera? <<Para poner remedio a tiempo>>, contestaría mi Yo-lo-tengo-todo-bajo-control. Pero ¿os imagináis vivir sabiendo lo que va a ocurrir mañana y pasado mañana y dentro de un mes? Bueno, pues por suerte la vida no es así, es imposible hacerla entrar en el corsé de nuestros deseos porque es un río caudaloso que va por donde le da la gana. Intentar saber lo que va a ocurrir en el futuro es un deseo de acotar la incertidumbre y eso es una tarea tan titánica por inabarcable que resulta incompatible con la tarea de vivir… ¡Qué pequeño detalle! Vivir.

No sé si es día par o impar, pero pego un post-it en la pizarra de tareas para la semana: tirar tarot (a la basura).

Más amor, más dinero, más silencio…

Nunca pensé que a estas alturas de la historia tendría el tiempo, las ganas o la necesidad de escribir algo así. De verter mi alma sobre el papel, una vez más, una de tantos millones de veces, otro de tantos intentos de sacarme el relleno para poder alejarlo un poco de mi vista y evitar así la miopía que casi siempre nos distorsiona la visión de nuestra propia vida.

No soy única y seguramente tampoco soy típica si digo que de pequeña imaginaba que llegaría el momento en el que nada me preocuparía. Echo la mirada hacia dentro y me veo en un México que hoy se me antoja de cuento de hadas. Me veo pensando que cuando hubiese adquirido el tamaño, la fuerza y la seriedad de los adultos, ninguna tormenta lograría rozarme. Y bueno, ocurre que a los cuarenta se siente lo mismo que a los diez, casi. La misma sensación de desamparo, de impotencia, con la diferencia de que se ha aprendido que no por mucho llorar, nos darán lo que queremos. Pero que no suene amargo este trago, también hemos aprendido que la mayoría de las veces aquel juguete sin el cual “no podíamos vivir”, se queda arrumbado en un rincón al segundo día. Luego casi mejor que no nos lo hayan dado, así hay menos que limpiar.

Quiero…
Quiero más amor, más dinero, más silencio.

La idea que tenía de cómo sería a los cuarenta cuando tenía doce se parece a la realidad como un hipopótamo a un colibrí. Y sin embargo sonrío. Precisamente por ello me río, escucho mi carcajada interna regocijándose de que cualquier similitud entre la construcción y los planos sea pura casualidad.

Quiero… Sigo queriendo. Y me doy cuenta de que ha llegado el momento de aceptar que mi inquilino, sí, el pesado ese, tiene título vitalicio, me guste o no. El gnomo de la insatisfacción. El payaso de tres al cuarto al que le retiré la palabra en más de una ocasión, al que intenté aplastar unas veces con el Tao Te King, otras con la primera revista de psicología que tenía a la mano. Nada, demasiado escurridizo. Intenté ignorarle mientras me mordía con sorna la oreja, le puse mil y una veces de patitas en la calle sólo para comprobar que cuando cerraba la puerta ya le tenía otra vez sentado detrás de mí, dueño y señor de mi sofá interior. Bien. Puede que este sea el momento de firmar una tregua. Te dejo vivir conmigo si tú a cambio me regalas unas gafas con una o dos dioptrías de objetividad, no pido más. Una o dos, las suficientes para que la próxima vez que me cantes tus melodías del querer pueda ver que no se trata de “él” o de “aquel” sino de ti, enano maldito. Así, cuando doscientos me parezcan menos que cien y cuando sienta que otra profesión, otra ciudad, otra casa, otra marca de café, otra vida sería mejor, sabré que se trata sólo del aturdimiento provocado por tu voz. Venga, prometo no pensar que el gnomo de otros es mejor.

Quiero…
Quiero más silencio. Quiero fama.
Nunca ningún autor de ciencia ficción logró imaginar el futuro como realmente llegó a ser. Me siento feliz, encajo en el club, yo tampoco tuve ni idea. Mi futuro también es bastante mejor y bastante menos rudimentario de lo que lo imaginaba. No he crecido tanto, ni me he vuelto tan seria, ni resuelvo todos los problemas con un solo chasquido. No tengo ni he hecho lo lógico sino más bien tengo y he hecho lo ilógico, el único tipo de adoquín con el que me veía capaz de pavimentar mi propio camino. ¡Ay, mi caminito!, modestia aparte, no me ha quedado tan mal… ¿Y ahora qué le pasa al gnomo? ¿Por qué me mira con esa cara de póker? Igual es que le parece que el camino me está quedando un poco irregular. <<¡A ti no te parece nada!>>, exclamo indignada y cruzo los brazos. Pero luego recuerdo la tregua y le miro con ojos de interrogación. Levanta la mano derecha para indicarme que tiene que contarme un secreto. Me pongo en cuclillas mientras se acerca suavemente con sus andares de campana. Roza ligeramente mi oído y escucho un susurro… ¡Quiero! ¡Quiero más amor, más dinero, más silencio! Quiero que todo sea como yo quiero y lo quiero ya. Le guiño un ojo. Quiero poder mirar hacia atrás dentro de diez años y sentir la misma satisfacción que siento hoy de que nada haya salido según lo previsto.

Movimiento perpetuo

 

Completamente cubierta por la escarcha de tu silencio me pregunto, ¿por qué hace tanto frío junto a ti?

Me pregunto, ¿qué es eso que sigue vivo debajo de nuestra manta? Mis sentimientos estiran sus dedos y te tocan pero no lo notas.

Parece que hubieran pasado mil años desde que cayó la última noche.

 

Y de repente, no sé cómo, amanece. Y no logro saber cuál de entre todos los granos de luz que han entrado por nuestra ventana abierta ha logrado la alquimia.

Juego de intercambios.

Amanece y hay vida en tu lado del colchón, pero yo me quedo completamente quieta mientras tus dedos intentan hacer cosquillas en mi corazón. Otra vez has encontrado el andén vacío, sueles llegar siempre justo cuando ya no te esperaba.

Somos polos opuestos, esa es la única invariable entre tú y yo. Nuestras estaciones, aunque quieran, nunca pueden coincidir. Y a pesar de eso, o tal vez por eso, el vacío nunca logra hacerse con ninguno de los dos, porque sin pensarlo nos vamos alternando para tirar del hilo invisible que nos mantiene a salvo, justo sobre la línea de flotación.

Me pregunto, pero no encuentro respuesta. Será tal vez que en blanco y en negro, de día y de noche, en invierno y en primavera, nuestro lugar sigue siendo nuestro. Será que siempre y nunca, para mi desgracia y suerte, tú sigues siendo tú.

Durante un segundo caemos justo sobre el mismo lugar. Me preguntas si hace falta una respuesta, y durante un segundo solo, no necesito contestar.

(Hoy cumple un año este texto que tenía guardado como borrador. Creo que a estas alturas puede salir a la luz sin que el sol le haga cerrar los ojos).

El desequilibrista

equilibriHacía bastante tiempo que no sufría uno de mis famosos episodios de insomnio. ¡Qué momento, qué momento! Deberíamos salir todos corriendo. Esto de encontrarse a las tres de la madrugada una con una misma, con sueño pero incapaz de dormir, puede tener consecuencias desastrosas como por ejemplo el querer retomar un blog que acumulaba polvo precisamente ahora, plasmando los frutos de un delirio insomne mal digerido.

Pienso.

¿Y en qué pienso?

Pues primero en aquella frase que profirió un día en clase una compañera de la facultad. “¿Cómo puede la literatura dudar de la existencia del yo? Si yo, cuando me despierto de pronto a las tres de la madrugada y abro los ojos en la oscuridad, respiro despacio y sé, aunque sólo sea durante unos segundos, que yo soy yo y luego existo. Aunque sólo sea en ese momento, tengo certeza de la existencia de mi propio yo”.

Sí, en eso pienso.

El silencio hermoso de la madrugada es lo que tiene, evoca ese tipo de recuerdos duales que se sitúan plácidamente en el yin yang de lo profundo y lo absurdo. Ya se sabe, la pelotita esa de dos colores sobre la que mis pies pequeños hacen equilibrios desde que nací.

Pienso.

Y me doy cuenta de que uno de los probables motivos por los que tenía abandonado este blog era porque estaba ocupada, estaba sumida en pláticas conmigo misma. Alguien tenía que poner remedio a este absurdo exceso de tiempo que llevaba desterrada de mi propio ser. Porque bueno, una puede en un momento dado enfadarse con una misma y mandarse a paseo, pero de ahí a pretender que dicho paseo pueda perderse en el infinito, pues no.

Pienso otro poco.

Y me doy cuenta de que ¡eh! Que no me he desterrado a mí misma de mí, que me he exiliado, me he ido voluntariamente, me he autoabandonado despechada conmigo misma por no haber sido capaz de atraer, embrujar y retener a un tal que se me incrustó en la pupila una tarde de primavera.

Pienso y me entra la risa.

¿Y por una incrustación en la pupila vamos a montar este numerito? Anda, tonta, no te enfades contigo misma que va a ser peor. Además, ya tienes aburrido a tu público con la cancioncita de las incrustaciones. Si aquel tal caducó hace tanto tiempo que mencionarlo te aburre hasta a ti.

¿Volvemos? Volvemos.

Y aquí estamos otra vez, mi yo y yo misma, compartiendo otra noche en blanco más tras haber firmado gustosas un pacto de no agresión. Conviviendo felices juntas tras habernos mirado a los ojos y haber respirado el cálido olor de las tres de la madrugada, en ese momento de equilibrio desequilibrado en el que sabes que sí, tú eres tú y es lo que hay.  Aquí estamos, disfrutando la escena del yo pródigo que vuelve al hogar y el yo padre que le dice anda ven, siéntate conmigo aquí frente a la ventana, observemos a todas esas estrellas, todos los yos-consigo mismos con los que tienes la suerte de compartir la pista. Veamos cómo se entrenan, cómo bailan sobre la cuerda floja a veces mejor y otras veces peor que tú. Aplaude, disfruta y agradece que todos ellos estén aquí, haciendo magia, haciendo posible que este circo tuyo de vida que tanto te gusta se mantenga en pie.

 

Peliculón

 

Previous Older Entries

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.