Oh, estado de dulce apendejamiento,
¡quién pudiera volver a mecerse en tus brazos!
Pero mientras tanto, aleja de mí tus lazos
déjame disfrutar de este merecido sufrimiento.
Detuve mi mirada en la portada del último libro de Lucía Etxebarría: Ya no sufro por amor. Óigame, no. ¡Eso sí que no! Sólo cuando la dependienta y los clientes de alrededor me miraron de reojo, me di cuenta de que había pronunciado estas palabras no sólo en voz alta, sino MUY alta. Pero claro, ¿y si el libro fuera efectivo? ¿Y si resultara que, según reza la contraportada, este libro conseguirá librarme para siempre -casi no me atrevo ni a pensarlo- del estado que tanto tiempo he tardado en adquirir? Y es que oiga usted, sufrir, lo que se dice sufrir por amor, puede sufrir cualquiera. Ahora, lo mío…, eso es un verdadero Arte y no va a venir a quitármelo cualquier libro así nomás; no va a ser cuestión de me lo leo y se acabó. ¿Y qué hago yo luego con tanto sentimiento? Porque a fin de cuentas la última temporada ha sido productiva, me ha llevado a la conclusión de que sufrir es una forma de encauzar el exceso de sentimientos. No es que a mí me sobre nada, claro, yo siempre he
sido una chica muy equilibrada, pero la cuestión es que por un momento estuve tentada a comprar el libro, a manera de reto, sólo para comprobarle a Lucía (que no me conoce de nada) que puedo resistirme, que aunque sus argumentos puedan ser brillantes, lo mío, es mucho más fuerte.
sido una chica muy equilibrada, pero la cuestión es que por un momento estuve tentada a comprar el libro, a manera de reto, sólo para comprobarle a Lucía (que no me conoce de nada) que puedo resistirme, que aunque sus argumentos puedan ser brillantes, lo mío, es mucho más fuerte.Pero, ¿por qué? Pues porque sí, mire usted. Porque como dijera uno de mis profesores: “somos hijos del Romanticismo,” para las buenas y para las malas (esto último lo digo yo), y la consecuencia de esto es que resulta mucho más estética la figura de Lady errante que la de chica alegre… y no quiero entrar en discutir las connotaciones que alegre puede tener en esta frase o, mejor dicho, sintagma nominal (demostremos que tantos años de biblioteca no eran sólo para ligar.) Resulta mucho más importante, más serio, ¡vamos a decirlo!: más bonito mostrarle a todo el mundo, pero sobre todo, mostrarse a una misma que se trataba de amor del bueno y que por tanto no se le va a pasar a una como se pasa una gripe, con un par de aspirinas. Me has llorado muy poco, le dijo una vez una ex a un amigo mío… nadie podrá decir eso nunca de mí.
Luego están los amigos, no debería decirlo porque tal vez se me acabe el chollo: ¡cómo te cuidan!, ¡cómo te miman! Y todo porque saben -pueden verlo claramente- que estás lo que se llama Plof! Pero aún a riesgo de perder los mimitos (que os lo juro, aunque abandone mi estado, seguiré agradeciéndolos) y a pesar de lo que pueda parecer, si nuestra madre es el Romanticismo, nuestro padre es la Ilustración. Y por tanto: PIENSO (luego existir duele). Pienso y entonces sospecho:
¿no seremos un poquito masocas?.. venga, sí, reconócelo, disfrutas tu sufrimiento.
Un amigo comentó la semana pasada que es curioso, pero estamos rodeados de música triste, libros tristes, películas lacrimógenas (sin ir más lejos, mañana voy a ver por segunda vez “Cosas que nunca te dije”.) Es como si nos gustara la tristeza y yo, que hoy me he quitado la capa de hipocresía y que tal vez me compre el libro de la Etxebarría, digo: efectivamente, parece que cultivamos la melancolía con esmero, cual frágil flor que es. Y digo frágil porque yo misma me sorprendo muchas veces siendo feliz -luego todo el trabajo de antes a la basura-.
Supongo que es una suerte, que a pesar de lo mucho que cultivamos la tristeza en esta sociedad, su naturaleza es -al menos a mí me lo parece- de una enorme fragilidad.
Love is desire sustained by unfullfilment
(Angela Carter, Puss-in-Boots)
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Lo suyo sería escribir algo ingenioso. Tentado estoy de ensayar un consejo o quizá copiar una cita de algún personaje célebre. Pero prefiero simplemente mandarte muchos mimos electrónicos.
Juantxo