COMO AGUA DE MAYO
“El 8 de marzo, en el Día Internacional de la mujer [...] delegados gubernamentales de México y organizaciones de defensa de la mujer firmaban un acuerdo histórico mediante el que un Gobierno latinoamericano reconoce, por primera vez, que el aborto legal en caso de violación es un derecho”… Descubriendo el agua tibia, ¡sí señor!
No sé si debo aplaudir a mi país o si debo echarme a llorar. Como mujer, no puedo sino sentirme ofendida y lamentar amargamente que aún sea necesario firmar este tipo de acuerdos. Lo sé, en el mundo queda muchísimo por hacer con respecto a los derechos de las mujeres, pero volviendo a mi tierra, ¿cómo podemos defender la idea de que somos un país moderno, evolucionado, desarrollado? ¿Desarrollado hacia dónde? Hacia la vía de la ceguera moral, digo yo, no encuentro otra respuesta. Y es que casos como el de Paulina Ramírez, que no sólo tuvo que renunciar a su derecho a abortar sino que encima tuvo que cargar con las calumnias de las autoridades eclesiásticas y políticas, nos recuerdan -por si se nos había olvidado- que las mujeres seguimos estando bajo el mandato de conciencias subdesarrolladas. Mucho es lo que queda por hacer, mucho. Para empezar, en cuanto a extensión territorial, puesto que México, como se indica en el artículo aparecido en El País el lunes 13 de marzo, es el primer país latinoamericano que firma un acuerdo de este tipo. Esto nos indica que las mujeres del resto del continente no han sido obsequiadas aún con un documento que pueda ser ignorado o burlado… Sí, lo que se llama saltado vilmente a la torera. En 1999, cuando Paulina tenía 13 años y fue violada, ya existía el artículo 136 del Código Penal de Baja California, que reconoce el derecho a abortar a las mujeres que han sido violadas. Pero, y es aquí donde viene la flor del relato, ninguno de los médicos del Hospital General de Mexicali quiso practicar el aborto a Paulina, alegando convicciones morales o religiosas. Así que, como decíamos anteriormente: “por motivos de incapacidad mental derivada de la ofuscación moral o religiosa, hoy no se practicarán abortos. Disculpen las molestias.” Se cuelga el cartel y, niña, tienes que irte a casa con tu bebé. Pero no te preocupes, que no te sentirás sola, allí tendrás al obispo Isidro Guerrero para increparte, el gobernador Alejandro González Alcocer también te dedicará insultos variados, respaldado por los coros de la “sociedad”, tú tranquila, no te dejarán nunca sola.
La abogada abortera de Paulina, que es como la llamaron, terminó por irse a Estados Unidos ante la presión de los insultos de nuestra señora La Iglesia, lamentando abandonar a su defendida. ¿Qué le ocurrió a Paulina entonces? Pues que tuvo a su niño por cesárea en el 2000, año en el que pudo contar con el brillante comentario del presidente Fox: “En una hora, esa chica está enamorada de su hijo”…Podría ponerme en plan burro y ultra feminista, y decir que si le aligero el peso cortándole aquello, en dos horas ni se acordará de lo que tenía, Sr. presidente, no lo echaría de menos. Pero no voy a ponerme violenta, creo que la noticia habla por sí sola.
¿En qué cambia el panorama con el acuerdo firmado? Bueno, por una parte este acuerdo obliga al Gobierno de Baja California a indemnizar (con 27.750 euros) a Paulina, y por otra, prohíbe que los médicos se nieguen a interrumpir el embarazo en caso de violación. Ya veremos, en
India también están prohibidas legalmente muchas prácticas salvajes que sin embargo siguen llevándose a cabo por “tradición”. Lindezas como quemar a las mujeres con ácido para que pidan limosna, incinerarlas con el marido, o, en un arranque de generosidad familiar, relegarlas a un ashram cuando quedan viudas (véase la película Agua, de Deepa Mehta, que ilustra esta “tradición”.) Agua, como agua de mayo esperamos que se pueda empezar a hablar, de una buena vez, de derechos decentes para la mujer. Sacando decente de las restrictivas connotaciones de una moral enferma, una religión enferma, una tradición… ¿Pero de qué tradición estamos hablando?
India también están prohibidas legalmente muchas prácticas salvajes que sin embargo siguen llevándose a cabo por “tradición”. Lindezas como quemar a las mujeres con ácido para que pidan limosna, incinerarlas con el marido, o, en un arranque de generosidad familiar, relegarlas a un ashram cuando quedan viudas (véase la película Agua, de Deepa Mehta, que ilustra esta “tradición”.) Agua, como agua de mayo esperamos que se pueda empezar a hablar, de una buena vez, de derechos decentes para la mujer. Sacando decente de las restrictivas connotaciones de una moral enferma, una religión enferma, una tradición… ¿Pero de qué tradición estamos hablando?No hay comentarios
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