Peor que Billy el niño, mucho más gore que Kill Bill.
Llega arrasando con todo. Quita, quita,que viene…
Bikini-Bill
(o el momento de hacerse la de la boca chiquita)
Cada primavera lo mismo, ¡siempre igual! Pero ¿es que no puedo aprender? No se dirá que es por falta de experiencia… El hecho es, que una vez más me toca echarme a temblar (un poquito, tampoco vamos a ser tan exagerados… o debería temblar, temblar ??? no lo sé, no he tenido valor aún para hacer la prueba del espejo)… ¡No aprendo! Y mira que, gracias a mi tesina, de momento he logrado -muy a mi pesar, todo hay que decirlo- evitar mi cita con el bikini. Ahora mismo debería estar paseando por la playa y no sentada frente a este ordenador. Aunque en fin, si nos vamos a poner así, ahora debería estar frente a este ordenador escribiendo sobre el posmodernismo y los compadres que se lo sacaron de la manga y no sobre mis delitos culinarios del último invierno.
Llamemos a este texto “una digresión lúdica para el sano funcionamiento de mi cerebro y el posterior mejor desarrollo de mis deberes académicos”. Suena bien: al grano. Voy a contar toda la verdad de la relación entre mi bikini y yo. Cuando acabó el verano había surgido entre nosotros una bonita amistad. Podría decirse incluso que si por mi hubiera sido, no lo habría guardado nunca en el cajón, habríamos vivido en armoniosa convivencia, él conmigo y yo con él. Pero todo se acaba, está visto que no hay solución. Lo del bikini y yo, para entendernos, es como un amor estival. De estos que al principio parece que no, y no.., y luego tímidamente.., hasta que llegan a su mejor punto -siempre sin rozar la perfección, claro- pero a un punto bastante bueno, ¡mire usted por donde! ¿cuándo? Justo cuando se acaba el verano y una tiene que volver irremediablemente a la rutina y él -mi querido bikini- tiene que irse a la basura o, en el mejor de los casos, al cajón. Y así es como pasan laaargos meses de invierno, en los que llueve mucho y ves poco el sol; motivo suficiente para decirte que estás deprimida y que necesitas RIGHT NOW una buena dosis de endorfinas y no te valen las endorfinas de cualquier clase, tienen que ser las que produce tu cuerpo como consecuencia de haber consumido ingentes cantidades de chocolate -con leche, con frutos secos, relleno de fresa, blanco, con licor de cereza… una tampoco va a castigarse con la monotonía, ¿no?- (¡Ay! ñ-suspiro-) Y si yo no fuera tan responsable, no pasaría tantas horas sentada escuchando clase, ni tantas horas sentada conduciendo para ir a clase, ni tantas horas sentada bien sea en la biblioteca o frente al ordenador. Y si yo no fuera tan irresponsable, no pasaría tantas horas sentada en la cafetería charlando con mis amigas, ni tantas horas sentada en un bar tomando claritas de limón, ni tantas horas tumbada viendo aquella peli tan chula que echan los domingos por la tarde y aquella de los lunes por la noche, que tampoco está nada mal. En fin, que si yo no fuera tan, pero tan, tan incorregiblemente yo, habría ido con más asiduidad al gimnasio y habría sabido decir que no a los postres ricos. Habría recordado que no conviene cruzar las piernas cuando una se sienta porque eso entorpece la circulación y provoca -oh, Dios mío!!- celulitis. Habría bebido más agua en lugar de coca-cola y menos café -que tampoco es bueno para la circulación-. Habría dormido mis horas y usado las cremas milagrosas que luego no lo son tanto pero siempre ayudan. etc.,etc.,etc. Pero entonces, si yo hubiera hecho todo lo que debería haber hecho para que mi bikini no soltara las carcajadas que suelta cada vez que abro el maldito cajón, entonces, no tendría ningún motivo para escribir esta entrada en el blog ni podría sentirme solidaria, sonreir y abrazar con cariño a todas aquellas que, como yo, a partir de hoy, TIEMBLAN de sólo escuchar la palabra Bikini
No hay comentarios
Aún no hay comentarios.
RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack
Deja un comentario






