La erótica del poder

Habitación regiamente decorada. Las paredes están pintadas en rosa chicle, en una de ellas, un cuadro de Tizziano junto a uno de Picasso. En el fondo de la habitación hay un amplio ventanal que deja a la vista parte del Paseo del Prado. El Gallardo Faraón está sentado en un sillón de terciopelo rojo, su gesto muestra claramente el disgusto. La Baronesa está tumbada estilo cleopatra en un chaisse-longue oriental. Detrás de ella un sirviente con abanico de plumas de avestruz.

Baronesa: ¡No!, ¡no! No he de ceder, cruel faraón. Antes prefiero que me encadenéis a uno de vuestros árboles y me tengáis a base de caviar y agua Perrier.
Faraón: No dudéis que lo haré, baronesa, si os obstináis y persistís en vuestra oposición a mi omnipotente voluntad.
Baronesa: ¿Seríais capaz? ¿Olvidáis acaso que yo también soy de la casta de los dioses? ¿Es que no tengo derecho yo también a reclamar el amor de mi pueblo?
Faraón: La plebe hace tiempo que os ha olvidado, guardan todo el oro para su adorado faraón.
Baronesa: (deja escapar un suspiro mientras su mirada cae lánguidamente)
Faraón: Os equivocáis, baronesa si pensáis que por hacer más ruido obtendréis más nueces.
Baronesa: Y sin embargo no callaré, no sin mi árbol. Así pues, encadenadme de una vez.
Faraón: Si esa es vuestra voluntad. Mas como en mí ha de encontrar el pueblo madrileño un faraón abierto al diálogo, os concederé una última gracia. Las cadenas, ¿las preferís de Tous o de Chanel?

…algo contigo, Gallardóoon

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