El código Shakespeare
Porque son muchos los momentos en los pienso que me conformaría con una vivienda ya no de treinta metros cuadrados sino de tres, pues al fin y al cabo soy bastante pequeña y puedo prescindir de cocina, televisión y baño; todo esto no son más que caprichos del hombre moderno y, ¿para qué quiero tenerlos en casa, si telediario, comida y servicios puedo encontrarlos en un bar?
Porque estoy cansada de la sensación de impotencia que te invade cuando a pesar de tus esfuerzos todo parece gritarte que NO; no puedo comprarme el libro que quiero, mucho menos algo de música, me gustaría ir a ver tal obra de teatro pero… NO.
Porque estoy cansada de la sensación de impotencia que te invade cuando a pesar de tus esfuerzos todo parece gritarte que NO; no puedo comprarme el libro que quiero, mucho menos algo de música, me gustaría ir a ver tal obra de teatro pero… NO.
Porque hace mil años que mi amiga de Viena me invita a su casa, o aquella en Londres, o la que me dice que para ir a Dublín sólo tengo que pagarme el billete de avión… y mi respuesta siempre tiene que ser NO, NO, NO y siempre no. ¿Y por qué NO? Pues porque dar clases de inglés queda muy bonito pero apenas llega para pagar los bocadillos, porque intentar la investigación en la universidad puede darte mucho prestigio ante tus familiares y, en el mejor de los casos, te ofrece la posibilidad de fardar con tus amigos -pero de chulería no vive el hombre-. Porque para más INRI: Dios los cría y ellos se juntan; estoy rodeada de investigadores y por tanto mis amigos saben de sobra que debajo del pan de oro que recubre la palabra “investigador”, no hay más que desconchado y roña de abolengo.
Por todo esto y muchas otras cosas con las que no os voy a aburrir, mi cerebro hace tiempo que decidió echar horas extras para saber si mi “suficiencia investigadora” puede servirme de algo, y…
Sí.
La respuesta por fin es SÍ. Se acabó la precariedad, voy a escribir El código Shakespeare. Mis amigos y toda aquella gente a la que quiero tanto me odiarán de repente, pensarán que me he vendido y entonces yo diré:
Sí.
Me he vendido, y sonreiré desde mi foto impresa en las cajas de cereales para adultos, porque lo queráis o no, si escribo este pedazo de bestseller vais a verme hasta en el cereal. Y cuando George Lucas me llame para decirme que se ha cansado de marcianitos, que tiene ganas de hacer algo realmente malo, es decir, una versión cinematográfica de mi hijo de papel, yo diré:
Sí.
La respuesta por fin es SÍ. Se acabó la precariedad, voy a escribir El código Shakespeare. Mis amigos y toda aquella gente a la que quiero tanto me odiarán de repente, pensarán que me he vendido y entonces yo diré:
Sí.

Me he vendido, y sonreiré desde mi foto impresa en las cajas de cereales para adultos, porque lo queráis o no, si escribo este pedazo de bestseller vais a verme hasta en el cereal. Y cuando George Lucas me llame para decirme que se ha cansado de marcianitos, que tiene ganas de hacer algo realmente malo, es decir, una versión cinematográfica de mi hijo de papel, yo diré:
Sí,
y entonces aquellos que guardaban aún un poquito de confianza en mi persona me retirarán el saludo ya de por vida, pero a mí no me importará nada porque tendré mi película sobre Shakespeare ambientada en el XVIII y rodada en Australia, vamos, como manda el código del éxito: cuanto más incongruente, mejor. Me odiarán pero yo estaré forrada porque por fin habré comprendido que lo que único que tenía que hacer era escribir un himno a la ignorancia, si este luego se lleva a la gran pantalla y, como el nombre indica: “gran”, se magnifica con algún que otro error más, entonces habré hecho la “gran” obra de caridad. Daré la posibilidad de que muchos escriban libros explicando mi barbarie, daré pie a debates televisivos, mesas redondas y mega-quizzes en internet, en pocas palabras permitiré que muchos se forren al unísono conmigo… y tendré una nueva gran familia.
Pero como aún no he empezado a escribir mi fast-bestseller, quiero “gastar” este último momento de humildad en compartir la apasionante trama con todos vosotros; en un intento desesperado -y cariñoso- de que abráis los ojos y aprovechéis la ocasión para subiros al tren y crear vuestro propio código -en una caja de cereal caben hasta cuatro fotos, así que ¡ánimo!-.
Aquí va: el intríngulis mayor del libro es que Shakespeare no escribió nada; era el Milli Vanilli del siglo de oro inglés. Esta idea no es del todo original, pero eso es importante para que yo pueda decir en las entrevistas que el libro es fruto de una rigurosa investigación. Sigamos: queda claro, pues, que Shakespeare tenía un negro, luego los negros existen desde la antigüedad. Esta es la APORTACIÓN CIENTÍFICA de mi obra. ¿Quién era el negro? Esto ya, por motivos de marketing, no se pone en la contraportada, hay que buscarlo dentro del libro y para eso, lo siento chic@s pero tendréis que comprarlo, porque pienso dar todas las claves, pero sólo con el código unipersonal que viene dentro de cada ejemplar se podrá acceder a la web donde se desvela el misterio…
… Vale, ya sé que la mayoría sois naturales de Troya, así que antes de que me hackeeis la web, aquí va la solución: Las prostitutas de Shakespeare le escribían sus obras, así es, no se trataba de un negro sino de cinco, y eran mujeres, ¡toma ya! ¿Es pa’ forrarse o no?
Y ahora, por si a alguien no se le ocurre nada para escribir su propio best seller, aquí tenéis el link a un blog bastante interesante en ese sentido
Que lo aprovechéis.
2 comentarios
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Pues nada, a ponerse a fabricar “best-sellers”
como si de churros se trataran… a ver si me inspiro y escribo el código de cualquier cosa… Mmm.. qué tal el Código de Ingres y sus odaliscas.. tendré que madurar la idea…
Así es, besuguilla. Parece que aquí el que no se forra es porque no quiere
así que tú a por tu código, que ahí es donde está la pasta!