Alfred, Lord Tennyson
Enferma de sombras, de estar a la sombra, del detrás de todo gran hombre hay una gran mujer; “gracias por el reconocimiento secreto. ¡Cuánto casto y velado honor!”, pensó la chica, “preferiría ser pequeña bajo el sol.” Y con este pensamiento Lady of Shalott se convirtió en Isolda, cerró los ojos y al abrirlos era Ginebra. Ginebra, a punto de ser reina, suspiró el suspiro definitivo, el que guardaba en sí a todas las mujeres que hubo y habrá. Decidió que estaba cansada de bordar los sueños de las mujeres antiguas de su familia, los que no se habían atrevido a vivir, mientras su propia vida, pintada por otros, se desdibujaba ante sus ojos, allá, al otro lado de la ventana. Posó sus manos en la piedra fría, la de los muros del castillo que la contenía, a ella, Ginebra, Lady del Castillo. Entonces lo intentó, pero no pudo recordar cuándo había decidido que quería vivir allí.
Ginebra abandonó el castillo.
Ante la mirada atónita de sus damas de compañía, Ginebra bajó por fin de la torre y salió del castillo.
Ante la mirada atónita del maestre de la caballeriza, pasó Ginebra sin saludar.
Atónita quedó la yegua blanca, aquella dócil, buena y sumisa, la que en todo caso, y sólo para ser mostrada en sociedad, habría montado un día Lady Ginebra. Y así, en caballo negro y sin títulos que la acompañaran, Ginebra viajó por los bosques.
Y sembró el caos pues rescató a cuanto caballero le pareció que estaba en apuros. Domesticó dragones y canalizó ríos de fuego. Pronto el orden se vio subvertido y la población -los hombres, se entiende- aseguraba que el bosque había dejado suelto a uno de sus seres mágicos más peligrosos; “pelo de fuego, piel de nieve” y, ¿por qué no? “boca de rubí”: la inventiva de los trovadores nunca dio para más. Estábamos en Inglaterra pero habríamos podido estar en Francia pues para las Ginebras del mundo siempre ha sido igual. Ginebra, por hacer lo que quería, se convirtió en La belle dame sans merci, la despiadada bella dama… dama al fin, ni aún por ejercer su voluntad consiguió Lady quitarse de encima todo título de fragil
idad.
Se mostró tal cual era, sin los ropajes que otros habían fabricado para ella. Y cometió el pecado de VIVIR, entonces los sabios de la corte tuvieron que intentar la explicación desesperada; Ginebra sería Godiva, impetuosa, sí -ya nadie podría haber afirmado lo contrario- pero al fin y al cabo “con una naturaleza indómita comprensible” -hasta cierto punto- pues su locura tenía como objetivo un noble fin: salvar de los impuestos caníbales a los pobres ciudadanOs… “-Os”, se entiende -que el lenguaje es milenario, y por algo marca claramente el género.-
El relato de la mujer loca, ya no despiadada sino piadosa, redimida por un femenino, desmedido amor a la humanidad circuló de boca en boca. Pero al fin y al cabo Godiva tenía algo de indecente y por ello su leyenda tuvo el atrevimiento de colarse en las palabras femeninas. Y fueron bocas de mujer quienes establecieron que Godiva no era Ginebra, y censuraron su caballo negro -¡por favor!- metamorfoseándolo en yegua blanca. Porque estaría loca y montaría como un hombre pero TENÍA que ser una dama. Y hablando y contando, las mujeres del castillo habían olvidado ya cómo un día Shallot-Isolda-Ginebra-Godiva había bajado las escaleras de la torre sin que nadie se lo impidiera, movida por la fuerza de un suspiro que las rec
ogía a todas. Bordaron, mirando sus propias vidas pintadas por otros detrás de la ventana. Bordaron y dejaron para la posteridad el retrato de la historia oficial, la auténtica, la de la pobre reina Ginebra secuestrada por los piratas; sacada de su cama de noche, sin que nadie la viera, en la víspera de su matrimonio. Indefensa, incapaz de gritar para pedir auxilio, pues la sorpresa de encontrarse acompañada en sus sagrados aposentos le había robado el espíritu y la había sumido en un largo desmayo. Un tapiz recordaría a todas las niñas siguientes, durante miles de generaciones, que hubo una vez una Lady inmaculada que murió de tristeza suspirando mientras buscaba inútilmente con la mirada su amado castillo.
Y al otro lado del río, junto a la barca, Shallot-Isolda-Ginebra-Godiva me cuenta la historia de los elefantes a los que les atan la pata a un poste de pequeños, sólo un mes, no hace falta más. Luego su memoria crea el espejismo y nunca más intentan recorrer por su cuenta la selva. Y le cuento a Godiva mis distorsiones de las leyendas inglesas y se ríe, y me dice que mi locura también es hasta cierto punto comprensible… hasta que se teja un tapiz de mí para desmentir mis cuentos de-generados.
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Ya decía yo que la escena del caballo y la amazona desnuda no me encajaba con Ginebra sino con Godiva… jejej, has hecho un buen compendio de mitos femeninos…