La muerte del ser

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Por más que me los han recomendado, no he leído aún ninguno de los cuentos de Jorge Bucay, tal vez por una alergia de última hora que he desarrollado en contra de todo lo que suene a autoayuda; tal vez simplemente porque no se ha dado la ocasión. Pero esto nos aleja del tema. El punto aquí es que me pregunto qué habría dicho Bucay si hubiera estado en una de mis últimas clases de la carrera. ¿Habría escrito un cuento al respecto? ¿Se habría forrado con ello? Tal vez no. Lo más probable -creo- es que nos habría abrazado a todos y cada uno de los alumnos con empatía; habría compartido el dolor que en mi opinión deberíamos haber sentido todos y que sin embargo sólo experimentamos ¿dos? ¿tres? Él, puesto que se supone que es profundo y comprende el alma humana, habría dicho algo, habría sentido algo. ¿Yo? Yo me sentí triste, desde luego, frustrada, profundamente indignada y asaltada, literalmente poseída, por toda una larga serie de adjetivos terminados en -ada, todos ellos pertenecientes al campo semántico del cabreo monumental. Pero para mayor tristeza o más INRI, como se dice coloquialmente, me quedé callada y creo que tal como están las cosas tampoco pronunciaré palabra más allá de las que pueda dejar en este blog.

Dicen que las humanidades están en crisis y que también lo está la universidad. No me extraña, no podría dudarlo nadie que asista a una clase de poesía donde se intenta delimitar de manera matemática lo que son temas poéticamente adecuados y lo que no lo son; donde se usa el bisturí de la crítica para separar lo comestible de la porquería. El afán desaforado y desgraciadamente actual de intentar equiparar la literatura con una ciencia exacta hace que en clase se nos presenten los poetas embalsamados y dentro de frasquitos con etiquetas. En el laboratorio de la universidad aprendemos a distinguir entre poetas mayores y menores; todo el que no entre en esta clasificación es desecho, material de papelera. PERO, como somos de mente abierta, políticamente correctos, antidiscriminatorios, etc., tenemos también una cuarta clasificación: el salón de los horrores, el cuartito donde encerramos a nuestros esperpentos o freaks -usemos el término en inglés puesto que estamos en filología inglesa-. Se trata ni más ni menos que de los mayor-menor; major-minor poets, frasquito en el que encontramos, entre otros, a e.e. cummings. La Santísima Inquisición Académica ha decidido que cummings es, en el mejor de los halagos, inmaduro. Aquí es donde entra en acción el/la instructor/a poético/a o profe -¡con grado de Doctor/a!!!- que nos ha explicado por qué, aunque esté dentro del canon, cummings es poco menos que un poetilla. Si fuéramos alumnos avispados, deberíamos haber llegado a la conclusión de inadecuación poética nosotros solos, puesto que ya cuando vimos a Robert Frost se habló de lo raro que es usar el tema de la muerte en un poema y de que un árbol que interrumpe nuestro viaje porque atraviesa de lado a lado la carretera también es algo muy raroy no es un símbolo, no, a pesar de lo que yo pudiera creer; es un árbol y punto, no es posible que Frost haya querido usarlo como símbolo de los problemas que surgen en la vida. En fin, otro día hablaré de las aplicaciones a raja tabla de “un puro es un puro”… aunque… Mejor sigo; e.e. cummings en el poema que abre la entrada de hoy habla crípticamente de la soledad; uno se siente solo porque es one, porque no hay nadie más, mientras más allá de lo que no es el ser, en el paréntesis que es el mundo, una hoja cae con el ritmo lento con que caen las hojas en otoño. Evidentemente esta no es una explicación científica, no es la que dio la profe -¡uy, acabo de desvelar el género del instructor/a!-. Lo de la hoja, lo de la soledad y el hecho de que el ser aparezca fuera del paréntesis porque es más importante, son desvaríos míos. Vamos a ver si consigo llegar al meollo del asunto. He venido sintiéndome triste por el destazo de poetas y poemas que he venido presenciando en los últimos meses. Me he sentido triste porque a nadie le importa nada ya que: no entra en el examen, así que: a otra cosa, ¡qué nos importa la literatura si sólo queremos ser filólogos! Por último me sentí triste - y pensé en Jorge Bucay!!- cuando se me explicó que e.e. cummings es un major-minor poet por los siguientes motivos:

major por haber intentado revolucionar la poesía

minor, porque sus temas son pueriles -y cito textualmente-: “la soledad, ¡qué tema tan trivial! Es un sentimiento inmaduro, de adolescente. Una pena, porque si el poeta hubiera elegido temas profundos, trascendentes…”

No sé, que me explique alguien lo que es un tema profundo si la soledad es trivial.

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