Resolucionada
Hace algunos días mi amiga Mare me hizo ver que últimamente mi escritura salta de cabreo en cabreo. Ella no me lo dijo así exactamente, pero vamos, la idea en el fondo era esa. Parece que los cabreos se dibujan en mi vida como pequeñas fichas blancas; unas son cuadradas, otras rectangulares. Como las casas y los hoteles del monopoli, para entendernos. A estas alturas del juego debería estar nadando en oro y debería tener temblando a mis adversarios, pues hoteles y casas sobre el tablero es lo que me sobra, y los he conseguido espectacularmente; con muy pocas tiradas de dados. Sin embargo, ni hay oro, ni tengo la sensación de jugar al monopoli, más bien me siento como si me hubiera embarcado en un viaje perpetuo. Mis fichas-cabreo están colocaditas en el típico mapa de ciudad extranjera y yo, como turista aplicada, visito hoy el cabreo monumental, mañana el cabreo histórico (¿histérico?), pasado el real cabreo. Voy apuntándolo todo en mi diario o blog, para compartir mi viaje con los que quieran leerme.
Hace tan sólo unos tres o cuatro años que me dio por escribir. Tiempo suficiente para darme cuenta y para asumirlo: tengo escritura de gasa, mis estados de ánimo se transparentan. Por suerte no se trata de transparencias exageradas, sólo los que conocen bien lo que hay debajo pueden ver entre la tela y yo. Esto me lleva a una curiosa reflexión en la que prefiero no ahondar, por lo menos no hoy, no aquí. La gasa puede ser transparente para algunos pero, ¡lo que son las cosas!, casi nunca es transparente para mí misma. En fin, corramos una gasa tupidita y sigamos adelante. Cuando empezaba a escribir, Almu, otra amiga mía -sí, siempre son mis amigas las que realizan el diagnóstico insospechado- me decía que todo lo que escribía era triste; aún cuando mis cuentos pudieran parecer graciosos a los que me conocían poco, para ella, que sabe lo que dice, eran tristes. Bien, he pasado todas mis fichas de la casilla triste a la sulfurada, por lo menos me he mudado a un sentimiento bastante más activo que el primero, y creo que eso no está nada mal. La perspectiva en cualquier caso, desde que empecé a escribir, pide -o pedía- a gritos una solución. Y solucionar es lo que he hecho, o más bien, me han hecho, pero ya llegaremos a eso más adelante. De momento remontémonos a este invierno pasado. Opté por la conocida y popular solución kilométrica. Decidí que me iba, cuanto más lejos mejor. Lo que se llama “partir a la búsqueda de”. De un tiempo para oxigenarme, de aires nuevos para renovar el espíritu, y con un poco de suerte, de un mar grande donde ahogar por fin el maldito Peter Pan que llevo dentro.
Entre las profesiones que se me adhieren persistentemente tengo la de profe, así que ¿por qué no?, me dije, vamos a aprovecharla para enseñar español en el extrarradio del mundo. Y fue así como pedí a papá ministerio de educación que me llevara a Nueva Zelanda, y a papá ministerio de asuntos exteriores que pusiera mis pequeños pies -talla 35- en la isla de Antigua o en la India. Pedí, me senté y esperé.
ESPERÉ.
…
…
…
Esperé.
Hasta que ayer me RESOLUCIONARON la vida. Sí, porque los papás ministerios no le solucionan a uno las cosas, se las requetesolucionan a golpe de resolución y luego publican el inamovible destino de los mortales en el diario oficial del Olimpo -o BOE- para que todo el mundo pueda leerlo. Se resolucionó que ni caribe ni India; el delito de haber cumplido 36 años hace unos días merece que -por pasarme por dos meses de la edad límite- no sea apta para la convocatoria de Exteriores. De nada sirvieron los certificados de mis amigos que me echan varios años menos. En fin, yo digo: Bien. Traguemos.
Papá ministerio de educación, en cambio, ha decidido ser un poquito más comprensivo. No me manda a Nueva Zelanda sino a Escocia. Cambio el pareo caribeño y el exotismo del kiwi por una buena bufanda y me hago a la idea. Lo que me da pena es tener que renunciar a mis largamente imaginadas entradas en el blog que, según yo, habría escrito entre palmeras y agua de coco. Ya me veía como la personificación de The Caribean News transmitiendo mis aventuras desde una universidad en Antigua y Barbuda donde, por primera vez en su historia, van a tener un lector de español. ¡Una verdadera pena, esa lectora no seré yo! Pero no pasa nada, porque bien visto, Escocia nos va a ofrecer a todos -sobre todo a los que adivinan mis gasas- algo realmente novedoso: brumas alegres y felicidad bajo cero. Eso es lo que espero que encontreis en mi blog a partir de septiembre. Hasta entonces… Lo siento, Mare, ¡no sé en qué lugar del tablero caerán mis fichas!
4 comentarios
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Buenoooo… ¿Y quién no es transparente cuando escribe? Yo de un tiempo a esta parte apenas lo hago, porque temo miedo de ser demasiado transparente y poner en peligro ciertas cosas tontamente, ya ves tú. Pa mí que sólo podemos escribir de lo que nos importa, y si nos importa, se nota en lo que escribimos.
¿No le pasa a todo el mundo?
Benditas obsesiones.
Ah, y ya nos contarás qué tal en Escocia. ¿Nos invitarás a los amigos y conocidos a pasar un finde allí?
Abrazoteeeees
Pues sí, a lo mejor tienes razón y no se puede escribir de lo que a uno no le importa. Sería un reto curioso, ¿no? Escribir sobre algo o alguien que no te importe nada. Venga, lo propongo como experimento a los bookitos,a ver qué pasa.
Y por supuesto: estás invitado a Escocia!
Hola Marti, yo estoy de acuerdo con el comentario de arriba. Todo escritor se refleja en lo que escribe. Unos de forma más abierta y otros menos. Eso no es malo, cada escritor es un mundo, lo que importa es lo que trasmites. Y lo más importante de todo, creo yo, es que disfrutes escribiendo, en Madrid o en Nueva Zelanda.
Un besito muy fuerte de tu amiga. aunque nos veamos muy poquito, te quiero un montón.
Mi niña!! Creo que de las cosas mejores que tiene un blog es que se puede estar en contacto con la gente aunque viva lejos. Así que cuando escribo sé que me lees y eso ya en sí es un gran placer. Efectivamente, no es malo lo de reflejarse, pero a los que hemos sido muuuuuy tímidos durante tanto tiempo, eso de “mostrarse” da un poco de cosilla. Claro que, para qué nos vamos a engañar, compensa. Escribir mola tanto que si no, no lo haría.
Un besote
Martha