¿Y si durara mil años?

Llevo tres días “globalizada”, con la cara hinchada cual balón del mundial. Que otra cosa no, pero yo sé estar a la última y si estamos en fase final del mundial, a mí la cara se me hincha como un balón oficial para celebrar en cuerpo y alma. ¿Para qué voy a pintarme la cara con los colores de mi equipo -que por otra parte, tanto si se trata de México como de España, estoooo, en fin.- si puedo metamorfosearme en balón? Pues sí, un flemón me domina desde hace tres días y el dentista pronostica por lo menos otros tres. ¿Y si en lugar de tres fueran mil? ¿Y si en lugar de mil fueran cinco mil, diez mil, mil millones de miles diluyendo su eco en el infinito, en ese espacio temporal al que, en nuestro afán de atrapar los conceptos, encerramos en una palabra y llamamos “eternidad”? Vamos, ¿y si se me quedara la cara así por siempre jamás? El mío sería entonces el primer flemón literario, porque viviría feliz en su Historia interminable particular.
Y sin embargo No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista… ¡Vaya desgracia, vaya una pena tan grande el haber aprehendido la veracidad de este refrán! Te pasas años buscando la fórmula mágica para evitar el sufrimiento y cuando por fin la encuentras te enfrentas a la nostalgia -que casi nadie confiesa- de aquella época en la que creías en la eternidad.
Y es que la idea de eternidad, por lo menos en mi caso, iba asociada a la de inmutabilidad. Qué distinta es la vida cuando te das cuenta de que lo único inmutable y eterno es el cambio. Siempre habrá cambio y esa parece ser la única verdad.
El “para siempre” nos hace infelices, es puro Maya, dicen los hindúes. Nuestra infelicidad se debe a nuestra ignorancia, al empecinamiento con el que nos tragamos el espejismo del tiempo. Cuando comprendemos que nada permanece y todo cambia, cuando lo aceptamos como ley de vida, dejamos de sufrir. Parece que es verdad, se me ocurren muchos ejemplos.
Verás. Recuerda sin ir más lejos ese amor que creías que iba a durar para siempre. Se acaba y sufres. Sufres porque se te ha roto la hermosa esferita del para siempre y no compendes por qué. Entonces caes en el abismo del dolor, con la belleza que sólo la convicción profunda puede dar. Crees que se trata realmente de un abismo, que no tiene fin, y que vivirás en desgracia, llorando por lo que se acabó, rompiéndote por dentro lentamente para siempre. Por eso tu dolor es importante y real, porque parece que será eterno. Se rompió la esfera perfecta y tu único recurso es preservar su importancia llorándola para siempre. Si el amor no puede ser eterno, lo sea pues el dolor.
Pero un día se te olvida por qué estabas llorando y llega el momento en el que incluso te olvidas de que lloraste alguna vez. Para siempre se perdió en algún lugar del abismo que creías que sería tu morada eterna. Y sigues viviendo, pues no hay mal que dure cien años.
Entonces llega el siguiente amor y crees que será para siempre -ya lo dicen los hindúes, persistimos en el engaño-. Te entregas con la ceguera de lo atemporal, te pierdes en el disfrute, se desdibuja todo lo que hay al rededor de ti hasta que termina por desaparecer en un telón de fondo sin forma. Tu vida se funde con el infinito y te haces uno con la perfección del para siempre. Hasta que se acaba y sufres. Y no pasaría nada si la entrega y el sufrimiento viajaran libremente por el ocho invertido del infinito. El problema es que esta vez ya no se trata de un sufrimiento hermoso como antes, porque por muy profundo que parezca, por mucho que duela, sabes que terminará. Has crecido y ya no crees en la eternidad. Esa es la pena.
He encontrado la fórmula del no sufrimiento y estoy planteándome volver a dejar el frasquito donde estaba. Porque cuando sabes que todo acaba dejas de sufrir, pero también dejas de lanzarte al vacío con los ojos cerrados pues no crees ya que saldrá la mano de la eternidad para recogerte.
… Y todas estas ideas por culpa de un flemón. Echo de menos la época en la que habría inundado mi casa con las lágrimas del “me voy a quedar siempre así”. Qué nostalgia pensar que en otros tiempos, al recibir la invitación de un amigo para comer en su casa y verme en el espejo habría pensado: “ya nunca voy a volver a comer con él, ya nunca más voy a salir de casa”, agregando tras una breve pero oportuna pausa: “este dolor que no pueden llevarse las aspirinas, no podrá llevárselo tampoco el tiempo.” En otra época habría soltado mi monólogo y después me habría tumbado en mi cama con aires de Madame Bovary. El conocimiento ha disipado mis brumas Bovariescas -¡cómo las echo de menos!-, ha hecho que coja el móvil con manos de Martha y no de Anna Karenina.
Un sms.
He quedado para dos días después.
No pasa nada.
¡Qué pena!
2 comentarios
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Everything dies, baby, that’s a fact…
Pues sí. Y es triste también saber que al amor se lo llevará el viento. Chica, ya no se hacen amores para siempre, como los de antes, cuanto tenías quince años. En eso, como en todo, cualquier tiempo pasado fue mejor…
Ya, supongo que lo mejor es aceptar cuanto antes lo que dice una amiga mía: “el amor se compone de una sucesión de relaciones más o menos largas”… Yo me negaba a creerlo pero me parece que es así y que hay que tomarlo como viene. Quién tuviera quince años otra vez, eh?