La energía solar
Mi gran descubrimiento de este verano es que, tal como venía sospechando desde hace tiempo, mi ánimo está recubierto de placas solares; ahora ya es oficial. Placas o paneles, como cada uno quiera llamarlos. Son esos cuadraditos negros que parecen de plástico pero vaya usted a saber en realidad de qué están hechos. La cuestión es que, sean del material que sean, lo que importa es su efectividad. Y en mi caso es alta, mis paneles solares son altamente efectivos. Así que funciono con energía solar, por tanto estamos en la mejor temporada –febrero vendría a ser mi curva más baja-. Pero seamos precisos. Vamos a ver. Funciono con comida, como todo el mundo. Eso a nivel físico, pero mi ánimo, definitivamente, se alimenta de energía solar. Y ¿por qué? No lo sé, no tengo ni idea, ni me importa. Pero… Método empírico: llevo todo el verano lo que se dice “contentita”, feliz de haberme conocido y viendo el mundo con ojos de la vida es bella. Y eso que hace tan solo un par de días que por fin me he concedido un tiempo para lagartijear panza arriba bajo el sol. Momento lagartija, y acto seguido mi alegría ha empezado a bullir reventando burbujitas a mi paso. Mi madre, la pobre, ya no sabe qué hacer con su hija que ensucia toda la casa con pompas de felicidad.
Es verdad que con este solazo de agosto también viene el calor, y con el calor viene siempre el efecto AP: APendejamiento, APlatanamiento, APlastamiento de la propia energía física. Pero aún así, oiga usted, ¡qué feliz que estoy! Y qué ganitas de quedar con unos amigos y con otros, de ir de aquí para allá a pesar de los calores, de marcarme tertulias de esas buenas entre amigas; las famosas tertulias descabezadoras. ¡Qué alegría! ¡Qué templanza! Es que hasta eso cambia. En verano no se trata de la típica tertulia en la que, por turnos, cada una le da veinticuatro vueltas hacia la derecha a su chico, luego veintiuna hacia la izquierda, para terminar coronándolo con algún insulto ingenioso que aplaudimos todas las demás. No, ¡qué barato!, ¡qué invernal! ¡Qué pasatiempos apto para días lluviosos! En verano la tertulia es totalmente distinta. Lo de las veintitantas vueltas para un lado y para el otro se mantiene, según lo merezca el chico en cuestión, que vamos a ver lo que van a pensar mis lectores: puede ponerse en duda nuestro ingenio, pero no nuestra justicia. Nunca ningún chico se descabezó sin haber acumulado muchos puntos para ello previamente. Ante todo merecimiento. En fin, lo que cambia en verano es que las que funcionamos con paneles solares no nos indignamos ante la evidencia del mencionado merecimiento. En especial, yo, no me indigno. Ayer, sin ir más lejos, me Harté (así, con H mayúscula de esas que suenan casi a J. Una hartura velarizada, para mis filólogos) a escuchar relatos macabros. Primero de una amiga, luego de otra, luego de una tercera. Si estuviéramos en invierno, los hechos me habrían conmocionado, habrían desatado mi furia y me habrían dejado los pelos Moda Medusa. Habría incitado a mi(s) amiga(s) a sacar su lado guerrero, a no ceder ni medio milímetro de sus derechos, a bordarse la camiseta con un par de eslóganes precisos (“porque yo lo valgo” por delante y “más vale sola que molestamente acompañada” por detrás). Pero fijaos si el sol actúa de una manera positiva sobre mi ánimo, el primer relato lo escuché mientras tomaba una cervecita con limón –sin inmutarme-, el segundo lo digerí con café turco –sin convulsiones-, y el tercero me llegó entre cucharadas de sorbete de mandarina… Eeeeeeeeeeeeeeeeste cree que estás loca, ¿o qué?!!!!! Ni en trescientos años vas a pasar por el aro. A que no, nena. Porque como pases por el aro, te doy. Pero por favor no me hagas que te dé ahora, que estoy muy cómoda así sentada, y esta mandarina está de muerte… Pero bueeeeeeeeno, tú no te creerás eso que te ha dicho, ¿no? Podríamos entrar en esta tienda, que tienen unos bolsos muy chulos. Pero tú de esas palabras crueles, no te creas ni media… Y me importa muy poco si ya tienes treinta años –en invierno habría discurrido sobre la inconveniencia del “ya”-, que estamos en el siglo XXI y en Europa, niña, ¡por Dios! Yo me tomaría ahora uno de chocolate. Compartido, que estamos en verano y no se trata de engordar. Así, así fue toda la tarde. Sin sulfuramientos innecesarios, contentita. Serenamente objetiva… O subjetiva, según quiera verse. En cualquier caso, no hubo espuma verde en la boca. Y no es que de repente en verano mis amigas me importen poco, ¡no señor! Tengo datos para probar que no se trata de eso. Datos, y testigos que pueden asegurar que yo me mido a mí misma con el mismo rasero. ¿Que me llega un mensaje al móvil de esos que en un noviembre cualquiera me habrían hecho bailar la tarantella sobre el cráneo de su autor?: va a contestar Santa Rita por videoconferencia. Yo por mí, me tomaría una horchata ahora. Eso es lo que tiene el verano. Esa es la auténtica ventaja de la energía solar.
Es verdad que con este solazo de agosto también viene el calor, y con el calor viene siempre el efecto AP: APendejamiento, APlatanamiento, APlastamiento de la propia energía física. Pero aún así, oiga usted, ¡qué feliz que estoy! Y qué ganitas de quedar con unos amigos y con otros, de ir de aquí para allá a pesar de los calores, de marcarme tertulias de esas buenas entre amigas; las famosas tertulias descabezadoras. ¡Qué alegría! ¡Qué templanza! Es que hasta eso cambia. En verano no se trata de la típica tertulia en la que, por turnos, cada una le da veinticuatro vueltas hacia la derecha a su chico, luego veintiuna hacia la izquierda, para terminar coronándolo con algún insulto ingenioso que aplaudimos todas las demás. No, ¡qué barato!, ¡qué invernal! ¡Qué pasatiempos apto para días lluviosos! En verano la tertulia es totalmente distinta. Lo de las veintitantas vueltas para un lado y para el otro se mantiene, según lo merezca el chico en cuestión, que vamos a ver lo que van a pensar mis lectores: puede ponerse en duda nuestro ingenio, pero no nuestra justicia. Nunca ningún chico se descabezó sin haber acumulado muchos puntos para ello previamente. Ante todo merecimiento. En fin, lo que cambia en verano es que las que funcionamos con paneles solares no nos indignamos ante la evidencia del mencionado merecimiento. En especial, yo, no me indigno. Ayer, sin ir más lejos, me Harté (así, con H mayúscula de esas que suenan casi a J. Una hartura velarizada, para mis filólogos) a escuchar relatos macabros. Primero de una amiga, luego de otra, luego de una tercera. Si estuviéramos en invierno, los hechos me habrían conmocionado, habrían desatado mi furia y me habrían dejado los pelos Moda Medusa. Habría incitado a mi(s) amiga(s) a sacar su lado guerrero, a no ceder ni medio milímetro de sus derechos, a bordarse la camiseta con un par de eslóganes precisos (“porque yo lo valgo” por delante y “más vale sola que molestamente acompañada” por detrás). Pero fijaos si el sol actúa de una manera positiva sobre mi ánimo, el primer relato lo escuché mientras tomaba una cervecita con limón –sin inmutarme-, el segundo lo digerí con café turco –sin convulsiones-, y el tercero me llegó entre cucharadas de sorbete de mandarina… Eeeeeeeeeeeeeeeeste cree que estás loca, ¿o qué?!!!!! Ni en trescientos años vas a pasar por el aro. A que no, nena. Porque como pases por el aro, te doy. Pero por favor no me hagas que te dé ahora, que estoy muy cómoda así sentada, y esta mandarina está de muerte… Pero bueeeeeeeeno, tú no te creerás eso que te ha dicho, ¿no? Podríamos entrar en esta tienda, que tienen unos bolsos muy chulos. Pero tú de esas palabras crueles, no te creas ni media… Y me importa muy poco si ya tienes treinta años –en invierno habría discurrido sobre la inconveniencia del “ya”-, que estamos en el siglo XXI y en Europa, niña, ¡por Dios! Yo me tomaría ahora uno de chocolate. Compartido, que estamos en verano y no se trata de engordar. Así, así fue toda la tarde. Sin sulfuramientos innecesarios, contentita. Serenamente objetiva… O subjetiva, según quiera verse. En cualquier caso, no hubo espuma verde en la boca. Y no es que de repente en verano mis amigas me importen poco, ¡no señor! Tengo datos para probar que no se trata de eso. Datos, y testigos que pueden asegurar que yo me mido a mí misma con el mismo rasero. ¿Que me llega un mensaje al móvil de esos que en un noviembre cualquiera me habrían hecho bailar la tarantella sobre el cráneo de su autor?: va a contestar Santa Rita por videoconferencia. Yo por mí, me tomaría una horchata ahora. Eso es lo que tiene el verano. Esa es la auténtica ventaja de la energía solar.
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