Viendo tiburones pasar
Esta mañana, como todos los días después de desayunar, he abierto mi persiana para ver qué día hacía. Hacía 26 de octubre, tal como estaba previsto, lo que no esperaba fue lo que vi. Pillé al espejo de agua que normalmente tengo frente a mi ventana en pleno proceso de metamorfosis rabiosa. El Río Clyde se ha convertido en mar, y que los lugareños digan lo que quieran, para mí este tipo de agua es mar, en primer lugar por ancho y en segundo por furioso. Hay un oleaje propio del mar abierto, las olas se azotan contra las piedras de las orillas y cubren la acera con espuma gris. Miro y me pregunto qué habrán hecho los patos y cisnes que hasta hoy habían flotado como bichitos de goma en bañera de niño rico… Me levanto de la silla y miro hacia mi derecha… Hay cuatro patos haciendo surfing, la bañera se acabó. Son patos salvajes, ¡venga, sí, Martha, demuestra que eres chica de ciudad y no tienes ni la más mínima idea de animales! Con “salvajes” quiero decir que no son los típicos patitos blancos, sino aquellos de cuerpo pardo, cabeza verde y pico atrevido. Son sólo cuatro pero están contentos, o al menos eso parece, les gusta el deporte de riesgo, debe ser como montar un toro mecánico de feria. Patos pardos. Los cisnes y los patos blancos están dando una muestra clara de su aburguesamiento; no están, luego supongo que se han refugiado en algún sitio. Me levanto de la silla otra vez y miro un poco hacia abajo. Miro, y el buldog de la casa de enfrente me mira con la cabeza apoyada en la almohada, un ojo abierto y otro cerrado, ¡ese sí que es burgués! Nunca he sabido quién duerme en la cama que hay junto a la ventana de enfrente, pero todas las tardes, desde allí, el buldog y yo, nos miramos a los ojos durante un rato sin decir nada. Patos aburguesados, buldog en edredón, y yo, que tengo miedo de convertirme en Mary Poppins, paraguas en mano, volando por los cielos de Gourock. Me he contagiado de comodidad.
Hoy jueves es mi día libre. Pretendía salir a dar un paseo, ir andando hasta la ciudad de al lado, moverme un poquito, no ir a la biblioteca de mi pueblo sino a la de Greenock para conectarme a internet y colgar este texto. Pero abrí la ventana, vi el mar y todo cambió. Me puse calcetines dobles y me preparé un té, me dije, más vale disfrutar la vista desde la barrera, ya saldré después… ¿Conseguiré colgar este texto hoy? La calefacción central es uno de los mejores inventos del hombre, la infusión de naranja y canela es muy recomendable y las sonatas para chelo de Bach encajan de maravilla con el oleaje. Creo que no tengo por qué colgar este texto hoy, pero mañana no voy a tener tiempo, quiero ir a Glasgow… Los patos se acaban de retirar de la pista, si ni ellos pueden con este clima ¿por qué iba a salir yo, que he nacido mucho, mucho más al sur? Además, creo que leer a Irvine Welsh con el oleaje detrás del cristal puede ser muy agradable. Ayer empecé “Glue” para adentrarme en la cultura contemporánea de este país donde no importa que acabes de pintar la casa, saldrá humedad; no importa que el colegio en el que trabajas sea bueno y respetable, hay humedad, ¡qué más da que el ayuntamiento sea un edificio histórico! También tiene humedad. Y no dos honguitos verdes como los que tenemos en nuestros países latinos, sino filtraciones de esas que miras y ves los tiburones pasar. En fin, las olas siguen saltando sobre la acera, ha salido el sol –pero sigue lloviendo-, hay medio arco iris y el vaho en la ventana del buldog ya no me deja ver nada. Es el momento de ponerme el abrigo y andar hasta la biblioteca (¿de Greenock?) Esta tarde, cuando vuelva -previa taza de infusión de frambuesa- escribiré la fabulosa historia de Frijolito saltarín que prometí hace más de quince días.
Hoy jueves es mi día libre. Pretendía salir a dar un paseo, ir andando hasta la ciudad de al lado, moverme un poquito, no ir a la biblioteca de mi pueblo sino a la de Greenock para conectarme a internet y colgar este texto. Pero abrí la ventana, vi el mar y todo cambió. Me puse calcetines dobles y me preparé un té, me dije, más vale disfrutar la vista desde la barrera, ya saldré después… ¿Conseguiré colgar este texto hoy? La calefacción central es uno de los mejores inventos del hombre, la infusión de naranja y canela es muy recomendable y las sonatas para chelo de Bach encajan de maravilla con el oleaje. Creo que no tengo por qué colgar este texto hoy, pero mañana no voy a tener tiempo, quiero ir a Glasgow… Los patos se acaban de retirar de la pista, si ni ellos pueden con este clima ¿por qué iba a salir yo, que he nacido mucho, mucho más al sur? Además, creo que leer a Irvine Welsh con el oleaje detrás del cristal puede ser muy agradable. Ayer empecé “Glue” para adentrarme en la cultura contemporánea de este país donde no importa que acabes de pintar la casa, saldrá humedad; no importa que el colegio en el que trabajas sea bueno y respetable, hay humedad, ¡qué más da que el ayuntamiento sea un edificio histórico! También tiene humedad. Y no dos honguitos verdes como los que tenemos en nuestros países latinos, sino filtraciones de esas que miras y ves los tiburones pasar. En fin, las olas siguen saltando sobre la acera, ha salido el sol –pero sigue lloviendo-, hay medio arco iris y el vaho en la ventana del buldog ya no me deja ver nada. Es el momento de ponerme el abrigo y andar hasta la biblioteca (¿de Greenock?) Esta tarde, cuando vuelva -previa taza de infusión de frambuesa- escribiré la fabulosa historia de Frijolito saltarín que prometí hace más de quince días.
4 comentarios
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Marthita, ¿va todo bien? Te he escrito un par de emails pero no he tenido respuesta. ¿Igual no te han llegado? Esta tarde vuelvo a intentarlo. Un beso grande, hunny!
jooooo, no me ha llegado nada!! Y by the way, yes everything’s fine here.
Un beso
Martha
Qué habrá sido de frijolito? Marthita te debo un mail.besos!
efectivamente, me debes un maiiiiiiiilll!! Y frijolito… bueno, creo que está durmiendo, ya no salta en el castillo. Es que se trata de algo que ocurrió hace ya algún tiempo y las cosas, cuando no escribes de ellas inmediatamente, pierden interés. No sé, igual me da por contar la famosa historia de frijolito una de estas tardes.
Un besote, escribeme (sin acento, que no me deja el ordenador)
Martha