
Redondo, panzón y achatado, casi tierno. Originalmente pequeño, inofensivo en apariencia. Todo Pe, al principio de su vida, muestra un aspecto dulce y juguetón destinado a provocar en su entorno un ambiente de equivocación fatal.
Normalmente se alimenta de lluvia y oscuridad. El frío, la niebla y el viento se encuentran entre sus golosinas favoritas. No es de extrañar por tanto, que al llegar el otoño, el Perezón Común saque pecho y aumente su tamaño llegando a sobrepasar –si se le consiente- la estatura de su propietario. Con las primeras lluvias el engaño termina y Pe muestra su verdadera identidad.
Yo tenía un Perezón chiquitín en España. Estaba bien educado. Le decía “siéntate” y se sentaba; “échate” y se echaba a mis pies manteniendo la boca calladita y los ojos cerrados. Nunca se habría atrevido a contradecirme. En aquella época de oro mi perezón cabía en la palma de mi mano, podía llevarlo en el bolsillo sin que nadie lo notara. Ahora sin embargo, aunque me avergüence decirlo, es una criatura monstruosa, pues mide trescientas veces su tamaño original.
Pe, mi pequeño Pe, era tan discreto que muchos días ni se le oía respirar.
Pero fue llegar a Escocia, ver la falta de luz, las lluvias interminables, y algo se agitó en su interior. Perdió el sentido de la medida, abusó de la niebla y descubrió el éxtasis del viento frío. Un buen día desperté y descubrí que Pe, mi antaño dócil Pe, había prestado oído a los discursos de la almohada y se había entregado a la anarquía.
Desde entonces sólo admite dormir fuera de horas y leer tumbado en la cama. Me grita cuando suena el despertador y se me cuelga del tobillo cuando salgo para ir a trabajar. Monta tremendas escenas en el supermercado o en el banco para que nos vayamos cuanto antes; ya no hay pudor ni restricciones, cualquier escenario es bueno para un numerito de Pe. Se carda el pelo y se pinta los labios. Ha adquirido aires de diva, Pe está descubriendo el placer de la exhibición.
Algunas tardes me siento fuerte y me parece que no todo está perdido, pues las cosquillas que mi desgastado látigo provoca sobre el rechoncho cuerpo de Pe hacen que se arrastre hasta el ordenador o elija un programa “culto” en televisión. Pero en mi fuero interno sé que la suerte está echada, está más que claro quién es el rey. Pocos son los domingos en que Pe tiene un arranque de generosidad, y ante mis ruegos, me deja bajar a la tienda de la esquina para comprar el periódico y quizás un poco de té. Si es por la tarde y llueve, no pregunto, sé que no hay permiso de Pe para salir…
Buenas tardes, me llamo Martha y tengo un perezón incontrolable.
- Bienvenida, Martha.
- No estás sola.
- Te acompañamos en el sentimiento, te comprendemos, Martha.
… Seguiría yendo a las reuniones de Los Desperezadores Implacables, aunque conozco de sobra su inutilidad. Iría, aunque sólo fuera por encontrar un poco de empatía a mi alrededor. Pero no puedo, una fuerza superior me domina, la previsión del tiempo dice que durante los próximos meses seguiré bajo el peso aplastante de Pe. Debería hacer acopio de fuerzas, salir a la calle y gritar a todo pulmón que Pe últimamente tiene una mirada muy rara. Me temo que guarda un as en la manga, un arma química quizás, algún plan de destrucción masiva. Estoy segura de que está tramando alguna forma despiadada de expansión infecciosa. Creo Pe quiere ser emPerador.
2 comentarios
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Qué identificada me siento contigo, Martha, y que sepas que te comprendo muy bien. Yo también tengo un Perezón, está conmigo desde la infancia, sólo que cuando yo nací, él ya era adulto y me miraba con autoridad. Toda mi vida he luchado contra su dominio, pero es inútil. Me tiene en sus mullidas y suaves garras, tan cómodas para tumbarse a ver la tele… Snif
Pues eso es pecado, Marthita, que lo sepas. Yo, como sé que me conoces, no tengo que contar lo activo y emprendedor que soy.
El otro día vi un reportaje sobre ciertas adicciones y supongo que la pereza es una de ellas.
Entre las adicciones hay distintas terápias para atajarlas. En algunos casos es conveniente la abstinencia a las conductas o substancias. En otras, es mejor una reeducación.
No intentes luchar contra Pe, es muy fuerte, es mejor que negocies con él, que establezcais acuerdos de no agresión. Cada unx puede tener su tiempo y su espacio.
Yo con el mío he llegado a un contrato razonable: él manda y yo obedezco. El mío no se llama Pe, se llama Desi.