Vista parcial

Cuántas veces nos empeñamos en tener una vista parcial. Escogemos un marco que nos parece noble, atrapamos un trozo de vida en él y le prohibimos a nuestra mirada vagar más allá de los límites de nuestra elección. Terminamos acostumbrándonos al recuadro y cogemos cariño a nuestra propia miopía porque el lienzo se ha convertido en un espacio conocido que podemos recorrer con seguridad. En el fondo creo que se trata sólo de eso, de búsqueda de seguridad.
Pero no nos conformamos con aprisionar imágenes sino que, para mayor lirismo, componemos la banda sonora que nos parece más apropiada para nuestra pequeña obra de arte. Un continuum de queja, una polifonía de lamentos, en algunos casos un himno nostálgico para ensalzar un pasado que parece glorioso. “¡Qué mala suerte!” como introducción, “Yo que soy tan buena. Mira tú, tiene que caerme justo a mí.” como interludio. Cada uno tiene su propia canción, “vaya jefe”, “vaya familia”, “qué poco tiempo tengo”… Así, durante x horas al día nos regodeamos en la limitación de nuestras imágenes preferidas al ritmo de la queja. Algunos la cantan al exterior, otros se ofrecen lloriquientos conciertos privados. Queja y sufrimiento encallecido, como si el marco lo hubiera puesto ahí otra persona, como si fuera imposible quitarlo o mirar hacia otro lugar.
Hace algunos días leía en el blog de una amiga mía un escrito sobre el descubrimiento de sus alas. Mi amiga hablaba sobre cómo vuela por donde siempre había querido volar. Lo que más me llamó la atención en sus palabras fue darme cuenta de que, efectivamente, las alas –suyas, mías, de los demás- siempre han estado ahí. Si no las usamos, es porque no queremos. Fue después de la lectura cuando miré en el espejo mi propia espalda. Confieso que tenía la esperanza secreta de encontrarme sin alas. La carencia me habría permitido seguir cantando la queja que, tras años de práctica, me sale tan bien. Pero no, mis alas estaban intactas, dobladas ordenadamente, nuevas, justo donde tienen que estar. No hay ningún defecto de fábrica que justifique mi lamento. Si me gusta languidecer al estilo gótico, es mi propia elección.
Entonces me pregunté, ¿y si se levantara la lápida? ¿Y si todo volviera a ser igual? ¿Te gustaría? Quizás mis recuerdos, como Frankenstein, sólo están hechos de retazos cosidos torpemente. No se trata de personas que realmente existieron, al menos no existieron con la forma que tienen en mi recuerdo. Luego no habría más que engendros si lograra levantar las lápidas.
Giré la cabeza en silencio, di la espalda a mi cuadro, miré más allá. El mundo es hermoso; horrible y hermoso, mucho por descubrir. Hay espacio, tengo alas. Pero sobre todo, de nada serviría que todo volviera a ser igual porque yo misma he cambiado. Mejor mirar más allá.
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