Esas pequeñas cosas

Empieza otro año y, por cambiar, he renunciado a refugiarme en la esperanza de los rituales. Ya sabéis, esas pequeñas cosas en las que confiamos para creer que este año será mejor que el anterior. Este año he estirado mi brazo derecho, he mostrado la palma de mi mano y he dicho: “No, gracias” al ritual. Vamos a ver, tampoco le he faltado al respeto, se trata tan sólo de una suspensión transitoria de credibilidad fruto –probablemente- de un pequeño reflorecimiento matemático en mi ser. Unas cuentas rápidas nos sirven para demostrar que, si nuestros tics supersticiosos funcionaran, iríamos en una desenfrenada escalada de mejora que, a estas alturas, nos tendría ya con las narices aplastadas contra las puertas de acceso al Nirvana. Y hombre, tampoco estamos precisamente ahí. Digo, soy de letras pero estos cálculos creo que puedo hacerlos.
Veréis, corría aproximadamente el año 1990 cuando empecé con aquello de la ropa interior roja (regalada por alguien que te quiere bien, nunca comprada) para aquello del amor; las lentejas en Nochevieja para que no falte el dinero y el anillo de oro en la copa de cava para la buena suerte. Doce uvas, of course. Paseo por el barrio con maleta a las 00.15 (minuto arriba, minuto abajo) para que, si no mueres por congelación, viajes mucho, mucho, mucho. Paseitos cortitos si quieres excursiones de fin de semana; señor paseo si se te ha puesto un crucero en la mira. Lista de cinco cosas que quieres que aparezcan en tu vida, lista de cinco cosas que quieres que desaparezcan, cinco que está bien que se queden (porque no molestan y por si acaso), prioridades, deseos.., y ahora se quema la lista de lo que quieres ver fulminado y la otra se guarda en el zapato durante toda la noche, no sin antes colocar en tu cartera la otra lista mientras saltas tres veces con el pie derecho sobre la silla del comedor intentando no caerte y repitiendo mentalmente el nombre de él. Con suerte terminas quemando tu zapato, guardando las lentejas en tu cartera, poniéndote las prioridades a manera de sujetador y paseando por el barrio con unas bragas rojas en la mano. La intención es lo que cuenta, ¿no es eso lo que siempre se dice? ¿Que te quedas sin ideas, que necesitas dar un mayor empuje a tus deseos? Te enchufas a Radio Rapel justo antes de Nochevieja para imprimir en tus rituales un aire de renovación y ya está.
Pero volvamos a los cálculos. 1990 será mejor que 1989, pero peor que 1991… cojo una y me llevo dos. Si en el 94 tenía novio formal, para el 95 debería haber tenido marido, o dos novios. Uno formal y otro casual, o uno primavera-verano y otro de entre tiempo, no sé, la mejoría tendría que haberse notado por alguna parte. Teniendo en cuenta que el rojo de mi ropa interior fue estrictamente colorado pasión latina desde el 90 hasta el 97, para el 99 debería haber salido con Tom Cruise y el año pasado me debería haber casado con Brad Pitt. Quito una y me llevo tres. Pero por más que me miro en el espejo, ni me parezco a Pe, ni se me forman hoyuelitos en las mejillas cuando sonrío -como a la otra nena-. Tampoco mis labios muestran protuberancia que se asemeje, ni remotamente, a los morritos de la Jolie. Devuelvo diez y me llevo media. Resultado: este año ni siquiera tengo pareja. A ver si es que las lentejas del 92 eran regresivas y restaban en vez de sumar… Debería haber hecho que me regalaran interiores de algodón ecológico no-radioactivo… Pero no, porque a mí me enseñaron desde pequeña que hay que tener fe, y los rituales, de que funcionan, funcionan, para muestra un botón. En el 2004 di un paseo de veinte minutos maleta en mano bajo la bruma nocheviejera de Madrid. Veinte minutos pasados por la regla de tres con el lenguaje simbólico dividido entre millas, me daba para llegar hasta la India. Así que, en el verano del 2005, en efecto, llegué hasta La Manga del Mar menor, y eso porque una amiga tiene un apartamento ahí, que si no, me tocaba tomar el sol en Carabanchel. Cojo cuatro y rompo el cuaderno.
Así que este año se acabaron los rituales, no hay dieta desintoxicante de año nuevo ni espátula desincrustante de novios malogrados o malavenidos. Tampoco listas de propósitos heroicos en pos de metas titánicas. Y no es pesimismo, no os equivoquéis, es que las cuentas me han llevado a un propósito solo, el único. Dejar de hacer listas de lo que no tengo y mirar lo que sí hay. Disfrutar todas esas pequeñas cosas que me gustan tanto y que tengo todos los días. Solipsismo, como me decía hace poco un amigo, pues son cosas que aunque se cuenten no se llegan a compartir. El olor del café por la mañana, el río frente a mi ventana. El parque que cruzo para ir a trabajar y sus ardillas en los árboles. Escuchar cómo cantan los viernes por la mañana en el coche los profesores que vienen a recogerme. El acento de Belfast. Contestar “muy bien, gracias” cuando me encuentro a uno de mis niños por la calle, me sonríe y me dice en su mejor español “hola, ¿qué tal?”. Ver ovejas desde el tren cuando voy a Glasgow a divertirme el fin de semana, y ver vacas con flequillo cuando salgo de excursión. Pisar la nieve nueva y crujiente, y pelearme con el viento que no me deja caminar. La sidra fría, la hamburguesa vegetal y el jazz en vivo en el pub de siempre con mis nuevos amigos. Las cartas de la gente que quiero en Madrid. El baño caliente con burbujas de mandarina cuando llego helada de la calle. Los millones de pequeñas cosas que no tengo que poner en una lista porque ya están aquí.

1 Comentario(s)

  1. Comentario por Hernan on Enero 22, 2007 6:32 pm

    Estimada Martha, cuan magnifica y aterradora es al mismo tiemo la internet, que jugando a recolectar informacion de ese bendito paraje en donde nacio hace unos 28 años mi novia (?), vengo a dar con tus palabras y pensamientos. Increiblemente estare por alli en febrero, alrededor del 20 y me causo muchisima gracia el hecho de saber que otro hispano parlante se encuentra viviendo alli.
    Solo queria saludarte.
    Saludos,
    Hernan desde la calida y tambien humeda, ciudad de Buenos Aires.

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