Glas…¡wow!

(dedicado a “ellos”)

Recuerdo las palabras de cierta persona que vive en Liverpool. Recuerdo que en diciembre le dije: “vivo en Glasgow” y respondió “lo siento”. ¿Será que la frase se le quedó a medias en la boca? “Lo siento por mí que me lo estoy perdiendo.” Esa, en todo caso, me habría parecido una oración completa, pues creedme, no tiene nada de lamentable que esta ciudad haya abierto un huequito adoptivo para mí. “La ciudad más peligrosa del Reino Unido”, dijo. No sé, a mí no deja de sorprenderme cada día –Glasgow, por supuesto, no el de Liverpool-. ¿Hay peligro? Bueno, sí, hay macarras y los fines de semana proliferan los borrachos en las zonas de pubs. Es una ciudad grande, con lo que eso conlleva. En Madrid también hay que tener cuidado y sin embargo siempre me hizo muy feliz vivir allí. Así como en Madrid hay ciertos barrios que nunca he pisado, en Glasgow ni se me ha ocurrido ir del otro lado del río. Podemos llamarlo sentido común.
Glasgo tiene la suerte de ser una ciudad ampliamente ignorada por las hordas de turistas, lo cual es ya en sí mismo una ventaja. No es ni Edimburgo ni el Lago Ness, luego puedes andar por sus calles sin tropezar con peluches de Nessy o folletos que prometen mostrarte la verdadera morada de Mr Hyde. Y no es que tenga nada en contra de las llamadas “atracciones turísticas”, ojo, que aquí también hay un autobús de esos que te permiten trepar y descender cuantas veces te dé la gana al día por un precio redondo. Pero para mí una cosa es vivir y otra
vacacionar, y si en mis períodos de descanso puedo tolerar que quieran cobrarme una cerveza a precio de champán, en mi vida diaria prefiero que no me miren a los ojos con la intención de descubrir qué idioma tienen que usar para venderme un tour. Efectivamente, la cuestión lingüística es una de las cosas que me gustan de esta ciudad. ¿Qué sitio queda ya en el mundo donde puedas –realmente- poner a prueba tu inglés? Ni Londres, ni Edimburgo, ni Dublín, tampoco Nueva York ni una larga lista de ciudades te obligan ya a “buscarte la vida”. Y aunque el idioma no fue lo que me trajo aquí y aunque –todo hay que decirlo- el “Glaswegian” se asemeja, como dice una amiga mía, más al checo profundo que al inglés, el idioma en estado puro es otro de los atractivos de este lugar. Una vez que consigues hacerte con un manejo más o menos decente del glaswegian, es decir, una vez que consigues desencriptar los datos con relativa soltura, te das cuenta de que la gente es cálida y simpática, de que casi siempre te responden con algún toque de humor y que, desde luego, siempre están dispuestos a ayudarte. El acento me gusta, las vocales oscuras me resultan atractivas y me encanta la entonación, pero eso es ya una cuestión personal, una deformación filológica si se quiere. 

A veces la gente me pregunta qué me trajo aquí. No fue el idioma, no, tampoco buscaba una primera oportunidad para tener experiencia como profesora. Entonces ¿qué? Si lo pienso, sé que en todo caso no hay “qué” sino “quién”, y creo que no estaría mal que le escribiera unas líneas de agradecimiento, independientemente de que “quién” lo haya hecho sin querer. Voluntaria o involuntariamente, por fin he entendido aquel refrán: “every cloud has a silver lining”; creía que no tenía ninguna suerte, pero mire usted por dónde, en la caída de la nube vine a aterrizar en un buen lugar. Caí en una ciudad donde a poco que te muevas, encuentras mil cosas que hacer. Por ejemplo, en noviembre pude ver casi tantas películas italianas como las que me perdí; el ritmo del festival de cine italiano pudo conmigo, lo confieso. También me derrotó la muestra de cine japonés, muy a mi pesar. Fue una pena tener que repartirme entre las fiestas de navidad, las compras correspondientes y el cine, es lo malo que tiene diciembre. Pero año nuevo, vida nueva, ¡a por todas! O casi. La semana pasada tocó ópera y la anterior “Burns Supper”. Esta semana he tenido la suerte de ver en vivo a grandes de la música celta como Lúnasa, Phil Cunningham o Aly Bain en el festival Celtic Connections. He lamentado, eso sí, no tener a mi lado a alguna de mi gente de Madrid a la que sé que le habría gustado el atracón.
Y como no todo va a ser asistir, también he tenido mis omisiones. Esta mañana, sin ir más lejos, me perdí un taller de técnicas de gospel porque me quedé dormida. Mañana, ya es un hecho confirmado, a las 11am “O’clock” me perderé un taller de djembé. Y todo porque la amiga que viene conmigo a las “Connections” ha pensado que salir de casa a las 9 de la mañana y volver a las 12 de la noche puede ser demasiado para el cuerpo. Tenemos entradas para un concierto, antes hemos quedado para cenar con un amigo y antes de la cena para tomar café con una amiga. Quizás tenga razón, hay que dosificarse porque en lo que queda de mes hay festival de Jazz y la feria del libro Aye write! con sus conferencias y sus sesiones de cuentacuentos. Mi agenda todavía no puede creerse el lujo que le toca vivir: El Cascanueces a finales de febrero, Tosca para primeros de marzo… ¡El programa del Festival de Cine de Glasgow todavía está en mi mesa sin abrir! Y aún no he tenido tiempo de descubrir qué es eso de “a play, a pie and a pint” en los teatros. Sí, definitivamente debería recordar por quién estoy aquí y mostrar el debido agradecimiento, ¡qué más da si fue “sin querer queriendo”! La próxima pinta me la bebo a su salud. Glasgow se la debo a él, y al funcionario del Excelentísimo Ministerio de Educación que tiró con indiferencia mi expediente en la pila de “Escocia” antes de bajarse a desayunar, ¡va por él también!.. ¡Ah!, y cuando tenga un hueco en la agenda, me paso por Liverpool para ver qué tal la seguridad por ahí.

1 Comentario(s)

  1. Comentario por Eva Díaz Riobello on Febrero 26, 2007 4:32 pm

    Aaaaaaaaaagh, qué envidia me daaaaaaas!! Yo quiero iiiiiiir!! Pero pasando también por Edimburgo y el Lago Ness, claro. Ahora que sé que hay peluches de Nessie… ¡tengo que tener uno!

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