Mira, mamá: por fin me he hecho adulta!
Me han hecho falta casi seis meses, que se dice pronto: SEIS MESES viviendo en un país de habla inglesa para caer en la cuenta, para aprender como se debe: viviendo en carne propia, el significado de la palabra “master”. Cualquiera puede pensar que mucho antes de venir a Escocia yo ya sabía lo que esta palabra significa. Y sí, saber, lo sabía, pero no lo había aprehendido. Mi inocencia estaba incorrupta, ¡ay! ¡Oh, perdida juventud!, ¡ya nunca más!.. Never more, que diría el amigo Poe.
Busque, busque mi querido lector en un diccionario bilingüe, “master”… ¿Ya?
¡Horror! Sí.
Bien.
Respiremos.
…“amo”, “dueño”.., así es. El “master” posee, y lo que es peor, tiene el poder de hacer con su posesión lo que le dé la reverenda gana. Algunos dirán: no te pases, ya no estamos en la Edad Media, el master ha de mantenerse dentro de los límites del decoro; para algo se han inventado los derechos humanos. Bueeeeno, creedme, el decoro tiene unos límites muy amplios, unos límites que –permitiéndome un calco del inglés-, “no quiero conocer”. Y es que el decoro se parece peligrosamente a la hipocresía, no es más que una cara bonita. Mi master me sonríe en technicolor, me hace creer que la que manda soy yo. Hasta es “flexible”, según esto para buscar mi comodidad, claro, claro. Master sonríe y yo le guiño un ojo. En eso consiste ser adulto, en dejarse camelar, y encima hacerlo de buena gana. Sólo cuando te has vuelto devoto servidor del master, cuando le besas los pies a pesar de que sabes de su falsedad, sólo entonces, puedes considerarte un adulto de verdad.
Hubo un tiempo en que conocí las cosas de este mundo que no tienen precio. La amistad, el amor, el cariño de mi familia, la diversión sin consecuencias, tomar el sol en la playa. Pero ahora que las trompetas han tocado las fanfarrias correspondientes, ahora que la nube de humo se ha ido, he aparecido yo, la misma, sólo que adulta de verdad. SÉ el precio de lo que SÍ tiene precio. Sé cuanto cuesta un ordenador, un billete de avión, y uno de tren, y unos vaqueros, y unas botas, y una bufanda, y una botella de vino, tres libros, dos entradas para el festival de cine, la cena en el tailandés, el regalo de cumpleaños de mi amiga, el alquiler del coche, el alquiler del piso, la factura de luz… Master, ¡oh, master! MasterCard. Tengo deudas como cualquier adulto. ¡Tadáaa! ¡Voilà! Por fin soy una mujer.
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A mi me llaman inmaduro, y descubro ahora que soy un adulto precoz…