Insomnio
Enciendes el ordenador de madrugada y pierdes la mirada en el blanco de la pantalla. Tu corazón se acompasa con el ritmo del cursor, y tras horas más largas de lo que ningún gobierno debería permitir, te das cuenta de que tus dedos no se mueven, de que el teclado sigue intacto y de que podrías culpar de ello al cansancio ubicuo, al sueño insumiso o a todos lo que te quieren y te okupan la vida.
Sólo pasa algún coche despistado por la calle de vez en cuando, por lo demás, el silencio es tan espeso que te permite oír el crujido del mecanismo cambiando los engranajes de la noche por los del amanecer. Es entonces cuando te percatas de que te has quedado profundamente despierta ni se sabe desde cuando. Estás tan profunda, que te preguntas cuándo fue que empezaste a usar verbos como “percatar”, cuándo fue que ese tipo de pulgas saltaron del vocabulario de los otros y se instalaron entre los pelos de tus palabras. Entonces recuerdas tiempos mejores en la historia de tu humanidad individual. Tiempos en los que tu vocabulario era tan primario que desconocías el significado de la palabra insomnio. Piensas que si durmieras, tal vez podrías volver temporalmente a la era del vocabulario infantil. Pero estás profundamente despierta, tu respiración es tan pausada que puedes sentir tu diccionario interno perfectamente, puedes escuchar las páginas volando y deteniéndose en la “i”.
Insomnio: 1) momento en el que abres los ojos dentro de ti y solo puedes ver todo lo que no consigues ver fuera por más que quieras, por más que te esfuerces. 2) cuando te parece que has dormido ya demasiado y que la vida está pasando mientras tu estás distraída con la almohada confiando en que todo va a ir bien en un tiempo hipotético. 3) cuando recuerdas sin parar aquella noche en que obligaste a compartir tu insomnio a quien estaba junto a ti. 4) lo que no tendrías si hubieras tenido lo que todos pensaban que era poco para ti porque te quieren y quieren más sin entender que lo que querías no era poco ni mucho, simplemente era todo y te habría hecho dormir.
Insomnio es la pulga que salta entre la mata descabellada del vocabulario con el que intentas escribir tu vida. La pulga que baila sobre el teclado cuando enciendes el ordenador de madrugada y pierdes la mirada en el blanco de la pantalla. La que te observa con ojos redondos cuando tu corazón termina por seguir el ritmo del cursor. La que tras varias horas más largas de lo que debería estar permitido, trepa hasta tu oído para decirte que tienes miedo de escribir lo que te come por dentro. Miedo porque sospechas que te persigue una especie de maldición. Porque todo aquello que realmente te ha importado y a lo que le has dedicado espacio escrito ha terminado por cobrar vida solo en tu ficción.
Miras la noche en blanco y sabes que te has quedado profundamente
despierta; estás tan profunda que ya ni siquiera recuerdas cómo se llama lo que querías y era poco para los demás pero todo para ti. Tu vigilia es tan intensa que no te aclaras. No sabes si aquella entrada que querías está en la A, en la H, en la J o en alguna letra que alguien se olvidó de incluir en el abecedario. Te “percatas” de que ya no estás en edad de “darte cuenta”, y sabes que estás tan profunda, que ha llegado el momento de apagar el ordenador y de soñar un poco. Porque la ciencia lo sabe y tú lo sabes; todos necesitamos soñar unas cuantas horas cada día para poder vivir.
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