La peste invisible

Un mal que no se ve, no se oye, “no existe”, ¡ah, pero cómo apesta!
No sé si alguna vez os habéis contagiado de esta enfermedad tan molesta. Si os ha ocurrido, diréis automáticamente “sí”, sin duda alguna, sin necesidad de seguir leyendo. Si la habéis padecido, no necesitáis que os describa los síntomas, os tiene sin cuidado que no figure en las revistas médicas; estáis en la lista de damnificados, ¡que se atreva alguien a deciros que no ha pasado nada! 

Peste. ¿Por qué viene? Buena pregunta, eso quisiera yo saber. Puedo deciros sólo cómo empieza, pero no por qué. La contraen sobre todo las parejas, pero no solo, os lo digo por experiencia: no solo. Es letal, los que la hemos tenido lo sabemos de sobra. ¿Puede evitarse? Me temo que no. Se cuela por fisuras pequeñísimas, esos huequecitos que a veces dejamos en nuestras relaciones con los demás. Entra y se aposenta, discreta pero firmemente. No hace ruido, no se ve, por eso no hay medicina que pueda con ella. Huele, eso sí, ese es uno de los primeros síntomas. Tiene un olor bastante desagradable, cuyo origen, no sabes identificar. Así que al principio lo ignoras y sigues con tu vida. Pero crece el maldito olor, ¡cómo crece! Entonces piensas que viene de fuera, que ya se irá, pero no.
Llegados a este punto, algunos “abren ventanas” discretamente entre las dos personas, creyendo que se trata de falta de ventilación. Y mientras tanto el mal se retroalimenta, te carcome el ánimo poco a poco, te corroe la autoestima porque te preguntas si la peste es culpa tuya y al mismo tiempo sabes que no puedes ser culpable de la nada, porque eso es lo peor, que oficialmente no pasa nada: “¿tú hueles algo? No. Yo tampoco.” Vamos a ver si me explico: estamos incómodos pero no hay motivo para estarlo, luego nadie puede ser culpable de nada. Y sigues tirando, pero la enfermedad ha llegado al punto en el que te daña psicológicamente. Te despiertas de repente un día sumido en el surrealismo, con un acucarachamiento que dejaría sin palabras al mismísimo Kafka, profundamente irritado por una situación que no está ocurriendo pero existe. Y tiras, porque por mucho que estés viviéndolo, te avergüenza que la ciencia ficción se haya apoderado de ti. No se habla de ello porque no ES, “¿qué?, ¿qué? Nada.” Nada, pero pesa y las dos personas implicadas lo saben. Entonces llega la tercera fase. La peste se convierte en pestazo, dejas de querer autoculparte por nada y empiezas a culpar al otro por todo. Todo, sin concreción, TODO: su existencia y la tuya son culpa suya, todo, indiscriminadamente y porque sí. Acumulas una sobre otra todas aquellas pequeñas cosas que desde el principio no te habían gustado de la otra persona, ¡y resulta que forman una montaña infranqueable! Fin.¡Se acabó! Reventó la asquerosa pústula, ¿y a quién se lo vas a contar si aquí no ha pasado nada? Sólo queda que cada apestado tire por su lado y la versión oficial es que todo va bien, nos hemos separado sin razón.

Hila fino la peste invisible, tan fino, que aunque ya la había vivido hace años, no la había sabido reconocer en este su último ataque a mi persona. Me ha escupido a la cara hace ya un par de meses, y sin embargo, no ha sido sino hasta hoy cuando he sabido ponerle un nombre. Un compañero de trabajo se ha interesado por cuestiones generales de mi vida, entonces me ha llegado el tufo y he sabido que venía de mi apartamento. Mi compañero ha preguntado qué ha pasado, “nada.” “Peste invisible”, se oyó claramente en mi interior.

No hay comentarios

Aún no hay comentarios.

RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack

Deja un comentario