La pescadilla

Se preguntó de repente si a todo bloguero le ocurría lo mismo. Sospechó en su interior que sí, que todos en mayor o menor medida sufrían del mismo mal, después de todo ese sería el precio justo que compensaría el placer de tener un blog. Pensó, y se quitó el camisón para meterse en la ducha. Mientras el agua se abría paso por su pelo, recordó el sueño de la noche anterior. Se rió y su risa rebotó en un eco que profanó el silencio de las siete de la mañana. No, no podía contar el sueño en el blog, porque no, porque a fin de cuentas no esperaba que lo leyera nadie desconocido pero esa posibilidad no se podía descartar, y porque ¿por qué tenían sus amigos que tragarse algo tan aburrido como sus sueños? Ya lo había dicho Della Casa, no aburras a los demás con tus sueños… Aunque a ella el sueño le parecía de lo más que divertido, aquel dinosaurio de plastilina emergiendo de las profundidades y tragándose a la tan odiada para luego escupirla en un chorro de babas espumosas y verdes.., el desconocido monstruo del Lago Clyde.

Con cada cucharada de cereal se convencía más de que sí, de que todos los blogueros debían sufrir “potencialitis”, ese estado de alerta constante que a ella ya no le permitía soñar, leer el periódico o ver la tele pasivamente. Y mientras el café le daba bofetaditas espabilatorias, cayó en la cuenta de que la potencialitis era la culpable de que su monólogo interior hubiera elegido el adverbio “pasivamente”. Podía haberse convertido en una bloguera cualquiera, sí, pero eso no borraba la filología de su pasado. SABÍA que ese adverbio tenía una implicatura importante. Se levantó y lavó la taza del desayuno, sabiendo que “tranquilamente”, “relajadamente”, incluso “alegremente” habría sido una elección neutra. Pero ella estaba enferma de potencialitis, y la potencialitis es lo que tiene, que se auto promueve con bombo y platillos, manipula el lenguaje a su favor. “Pasivamente” implica que la forma de vida pre-blog no era buena, porque lo pasivo, en nuestra sociedad, no goza de buena reputación.

Salió a la calle, y tuvo plena consciencia de que la potencialitis había cargado incluso los particulares más pequeños de la vida cotidiana. Precisamente lo más insignificante era lo que había adquirido más peso potencial. Potencialitis: todo era potencialmente materia de blog, había que estar alerta para detectar la anécdota y separarla de la basura. Vio pasar una ambulancia destartalada que llevaba en un costado, junto a Scottish Ambulances, una pegatina enorme con la foto de una cuchara. Sintió la punzada de la potencialitis: “para recoger con cucharilla”, pensó. Pero no, era demasiado negro para el blog.

En el trabajo, cuando sonó la alarma de incendios a la hora de la comida y todos desalojaron el colegio como de costumbre, tuvo otro ataque de potencialitis porque resultó que esta vez no se trataba de la travesura de algún alumno, había fuego de verdad y tuvieron que venir los bomberos. Sin embargo había sido un fuego pequeño, demasiado prosaico para contar. 

Con el café de la tarde sopesó el potencial de dos o tres noticias del periódico, y mientras pasaba las páginas, decidió que ya estaba cansada de que su blog personal se pareciera cada día más al diario de Bridget Co. Jones, así que se propuso dejar de escribir en primera persona. Era el momento de hacerle una jugada lingüística al egocentrismo. Tercera persona, se acabó el reino del yo.

Cerró el periódico y lo tiró a la basura. Se preguntó de repente si a todo bloguero le ocurría lo mismo, y se dio cuenta de que esa pregunta se mordía la cola porque era materia de blog.

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