Síndrome postvacacional

¡Aaaaaah! ¡Nooooooo! ¡Aire! Ha vuelto a pasar lo mismo de todos los veranos. Ha sido esta la fatídica mañana, el momento de la verdad. Hoy, tres de septiembre, he salido de la ducha cantando, me he quitado la toalla y he sentido que alguien me observaba. He levantado la vista poco a poco y me la he encontrado ahí, mirándome por el espejo. Mi piel “morena” de verano me mostraba una sonrisa de medio lado y se despedía de mí agitando la mano antes de saltar al vacío. ¿Por qué? ¿Por qué tanto y tan cruel desagradecimiento? Si he sido paciente, he salido ritualmente a la piscina y me he tumbado bajo el sol día tras día, con la calma de un caracol y la sensatez de un Jedi -factores de protección del ‘taitantos- ¿Por qué? Si no he dejado nunca al cloro corromper el tejido que me recubre, he usado crema, aceite de bebé, ¡todo! ¿Por qué tengo que cambiar de piel? No es que el estilo serpiente me desagrade, todo lo contrario, es de sabios mutar. Pero no, ahora no, no cuando aún el sol brilla alto y me encuentro en paradero estival -léase Madrid-. Si el episodio ducha hubiese tenido lugar en octubre, entre brumas escocesas, lo habría aceptado de buena gana, sin embargo ahora sólo da lugar a la tragedia.
¿Exagero? Sepan ustedes que no, según los medios de comunicación, no. Esta tarde he visto en la pútrida tele, en tres diferentes pútridos canales, noticias que hacían referencia al síndrome postvacacional. Es más, uno de los periodiquillos gratuitos que leí mientras comía, también reseñaba la cuestión, luego estoy bien informada. Transmito: que si se nos desenfoca la vida cuando hay que volver al curro y somos incapaces de discernir entre fantasía y realidad, que si se nos marea la sensatez y nos pesa el cuerpo más de lo normal -no mencionemos los excesos culinarios veraniegos, que eso quita caché a la noticia-. Que si se nos saltan las lágrimas descontroladamente cuando arranca el despertador por las mañanas, que si tenemos permiso médico para darle malas contestaciones a jefes y compañeros de trabajo. Que si tenemos pareja, estamos en todo nuestro derecho de recibirla y despedirla con un gruñido… En fin, que estamos deprimidos, por lo que parece, en España se ha declarado oficialmente el período de síndrome postvacacional. ¡Hala, todos en cuarentena! En agosto cerramos por vacaciones y en septiembre por depresión.
Y digo yo, ¿ahora esto por qué? En los 80, cuando mis años aún eran mozos pero no por ello insensibles, ya se me colocaba a mí el nudo en la garganta y un bicho me reconcomía las tripas cada vez que veía los malditos carteles promocionales de la vuelta al cole. Ya se me abrazaban las pestañas entre sí haciendo fuerza para no abrir los ojos por las mañanas, y sin embargo, mi caso no salía en televisión. Me tocaba volver a la hacienda que tenía por colegio -porque mi cole era una hacienda en Sta Mónica, Estado de México-, me gustara o no, me pesara o no, sin síndromes ni pretextos psicológicos profesionales, guardándome la morriña en la mochila como todo hijo de vecino. ¡Hay que ver cuánto nos aburrimos ahora en el 2000, cuánta importancia queremos darnos peterpaneándonos y postavacionándonos! ¡Hay que ver!.. Una colleja de las de toda la vida, estropajo para la piel, y a currar -tan blanquita como de costumbre-, con síndrome fashion o sin él.
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