¿Por quién doblan las campanas?

¿Será acaso por mí? - Me pregunté en mi primera noche en la residencia.
¿Será acaso por él? - Pensé la segunda noche.
La tercera noche opté por una respuesta más rudimentaria: por nadie, las campanas no doblan por nadie. No son campanas, son las tuberías de este viejo edificio que se quejan cuando tienen que dar paso al agua caliente que impide que los que aquí nos alojamos muramos por congelación.
La cuarta noche la respuesta reptó sigilosamente hasta mi almohada; las campanas doblan por él, sí. Es un redoble especial dedicado sólo a él en tono de premonición. Son campanas y son tuberías. Son las tuberías fingiendo voz de campana. No son lamentos de tubería vieja, es algarabío anticipado, previsión impaciente de venganza.
Esta es la historia: cada noche, a las once en punto los tubos-campana cantan. Cada noche, a eso de las once y diez él empieza a recorrer los pasillos aireando puertas, miles de puertas… ¡zas! La puerta pricipal, ¡zas! la del pasillo, ¡zas! la del baño, ¡zas! la de la ducha, ahora ¡zas! la de la cocina, ¡zas!
¡zas! Demostración de fuerza y poderío.
¡zas!
¡don!
¡zas! ¡don!, ¡don!, ¡jajajajaja! Venganza que se acerca, tuberías en fiesta, muros de residencia que saborean el momento de cobrarse para siempre tantos maltratos.
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Lo de St Andrew’s es parecido a Tubullar Bells. Música celestial.
Añadamos las tuberías a la lista de cosas que perturban el sueño.
Yours.
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