Es triste de robar, pero más triste es de buscar medios originales pa comer
A continuación, vino lo normal, la búsqueda de algún trabajo que me dé lo suficiente para comer pero no me quite mucho tiempo para la tesis. Por circunstancias aburridas de contar, me enteré de que en una iglesia buscaban sopranos. Llega así el medio “original”. Ofrecían una beca que consiste en pagar por domingo cantado. ¿Cantar por dinero? ¿Por qué no? Con esa idea en la cabeza, la que aquí escribe se presentó este domingo, de buena mañana, en una iglesia que pertenece a la Church of Scotland. ¿Protestante? Yo no tenía ni idea; francamente tampoco me importaba mucho puesto que mis intenciones eran meramente musicales… Venga sí, y pecuniarias.
La audición para el puesto fue bastante bien, la primera sorprendida fui yo. Un organista de 200 años me sonreía con cara de la beca es para ti. Sí, bien, todo esto fue mientras me escuchó cantar escalas y ejercicios de calentamiento. Luego llegó la lectura a primera vista, prueba que no recomiendo si, como es mi caso, han pasado unos doce años desde el último contacto con una partitura. Barroco, latín y falta de experiencia no son ingredientes que combinen bien. Total, que la beca no fue para mí pero con un “lastima que no leas con soltura” fui cordialmente invitada a quedarme en el coro. Como argumento convincente, el organista me dijo que con el repertorio que cantan, para finales de año estaría leyendo con fluidez, y entonces, el próximo año la beca podía ser para mí.
Un bicharraco en mi cabeza me recordó que me habría gustado tomar clases de canto este año y que, por el maldito dinero, no ha podido ser. La vocecita me decía quédate, úsalos de “escuela”, y me quedé. Sin embargo la pequeña desazón que me acompañaba al principio del “servicio” (¡que no es misa!), fue creciendo hasta hacerme mover en el asiento y rascarme compulsivamente la nariz –para incomodidad de los otros cantantes-.
¡Niña mala, no pintas nada aquí, estás en el lugar equivocado! La túnica prestada me quedaba grande y los tres botones se turnaban para desabrocharse al menor movimiento. Igual suerte corría el sobrecuello que se negaba a estar en su sitio. Vean ustedes la imagen, por favor: todo el mundo sentado en la iglesia, empieza a sonar el órgano, y entra el coro cantando un himno. Todos los miembros del coro avanzan por el pasillo central con solemnidad. Una bastante pequeñita en el grupo de las sopranos, arrastra la túnica y entra con una mano al cuello y otra al libro.
Si algo tiene la posición del coro en esta iglesia, es que permite ver la cara de toda la congregación. Me sentía cada vez más incómoda de saber que no compartía ni el sentimiento ni las ideas de los presentes; esto no es una escuela de canto y tú no deberías estar aquí.
Yo no sé si en todas las ramas el protestantismo pasa lo mismo, pero en esta iglesia cantan de tres libros distintos y todo el mundo sabe cuál hay que coger en cada momento. Es increíble la destreza con la que tanto el coro como la congregación cambian de libro. Con no menos pericia saltaba yo entre libros, ¡lastima que siempre cogiera el equivocado! Pero no cundió el pánico; recordando mis años de arte dramático, hice por disimular lo mejor posible mi estado de confusión absoluta. Siempre queda el recurso del playback.
Nos levantamos, nos sentamos, nos levantamos, se me caen todas las partituras al suelo con el consiguiente ruido y eco propio de una iglesia. Todos miran, sí, ha sido la del jersey verde limón por debajo de la túnica azul marino –para esas alturas ya me había quitado el sobrecuello… no podía más-. Me brotan lágrimas de sueño y no de piedad, me siento fatal. Llegan los cantos en latín que habíamos ensayado antes y por fin me siento a gusto con lo que estoy haciendo. Canto con alegría, pero ya es el final del servicio. El coro tiene que salir cantando un himno en inglés por el pasillo central y luego por el lateral derecho hasta la sacristía –o como se llame, porque en esta iglesia todo es diferente-. Las tareas se me acumulan: caminar sin pisar la túnica, seguir la partitura, procurar no chocar con mis compañeros de enfrente… rozo un par de veces los bancos llenos de gente que seguramente se pregunta si la nueva ha bebido o qué. Y llega el momento cumbre. Siento que la manga izquierda de la túnica de pronto pesa más de lo normal. Mantengo la compostura, sigo cantando y llevo el nuevo peso con salero… hasta que algo cae. Había enganchado el bastón de un viejecito y le hice el favor de irlo a soltar un par de metros más allá; para que haga ejercicio, que la vida sedentaria no es buena.
¡Ay! Por una vez, las voces dentro de mí se pusieron de acuerdo. Bueno y malo gritaron bien clarito: !fuera, venga, vamos, fuera! Calladita y ágil antes de que te inviten al convivio post-servicio.
4 comentarios
RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack
Deja un comentario






Me tomo el atrevimiento de poner el enlace de tu blog. Saludos
wonderful !!! aplausos !!! qué relato más divertido. ¡Y tan cinematográfico!!!
desde los Madriles pre-navideños
d minúscula
oh life, why must thou make jest of my sins?!! jeje.
Desgraciadamente, mi querida d minúscula, no es un relato sino la verdad desnuda de lo que ocurrió el domingo pasado. ¿Quieres más? el martes fui a una entrevista de trabajo y la entrevistadora era la cantante que iba detrás de mí en el momento bastón…
besos,
Martha
Miss M, la realidad supera la ficción. Pero es que lo cuentas con tanta gracia y detalle que lo veo relatado. El momento bastón debió ser very embarrassing, y toda la congregación mirando!!!
It’s a small world¡¡ La entrevistadora!!! sigue deleitándonos con tus escritos.
desde los Madriles
d