Sublevación
Cantaban los pájaros tranquilos en las ramas casi desnudas. Caían sin prisa las últimas hojas y se alegraban de ser pisadas por los viandantes. Reinaba pues la tranquilidad en el condado del otoño. Todos vivían felices, todos, menos el cero del termómetro. Cansado de ser visto por encima del hombro, consciente de su figura regordeta y poco agraciada, decidió rebelarse. Se le hincharon las narices, y creció, y creció, trepó usando como escalera las cabezas de una decena de grados centígrados. Se sentó en el trono, y ni aún los esfuerzos más laboriosos del sol han conseguido desplazarlo de ahí.
Así fue. Esto hace ya un par de días. Desde entonces todos tenemos que levantar la mirada para ver al cero, que glorioso, se ríe de la población.
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