La página en blanco.

He hecho pocos talleres de escritura. Vamos, he hecho sólo uno, fue ahí donde escuché por primera vez lo del miedo a la página en blanco. Como casi siempre en mi vida, una vez que escucho algo por primera vez, tiendo a escucharlo continuamente. El sonido me persigue cargado de casualidad. Puede que se trate tan sólo de una repentina atención ante algo que antes me había pasado desapercibido, no lo sé, da igual. La cuestión es que después de escuchar la famosa expresión inmaculada hace ya un par de años en una habitación detrás de la Gran Vía madrileña, he vuelto a verla volar cerca de mí muchas veces cual palomita angelical, eso sí, nunca se había atrevido a posarse en mi cabeza. Quizás el sarcasmo con el que la veía la mantenía lejos de mí. Me parecía que no había ningún problema; si una página está en blanco, es porque así quiere estar, ¡hay que dejarla tranquila! Cuando no hay nada que contar, más vale un elocuente silencio.

Pero sucede que a veces el blanco no es sereno, no se queda tranquilo en su lugar sino que parpadea para llamar nuestra atención. Sería poético decir que la página nos reclama, pero no creo que se trate de algo tan bonito. En mi caso por lo menos, el parpadeo procede de pequeñísimas presiones autoimpuestas, que no por absurdas, dejan de presionar. Las campanadas por ejemplo. Sí, ese potente elemento de presión que parte de la Puerta del Sol y entra en nuestras casas cada vez con menos ropa –lo de la venda por vestido que se me puso este año la presentadora, lo cometamos en otra ocasión, cuando sepamos a ciencia cierta que se ha recuperado de la pulmonía-. Pues eso, las uvas. No ellas en si mismas, pobres chiquitas mías, sino lo que simbolizan, creo que todos me seguís. Doce dulces frutitas comidas con la precisión de un reloj suizo, y a continuación, mi primera página en blanco. Un trocito de papel secreto en el que tradicionalmente cada uno en mi familia escribe tres cosas que desea tener en el año y tres cosas que desea que desaparezcan…

Los ojos se me quedaron redondos como canicas mirando el papel. Nada, no quiero quitar ni poner nada en mi vida. Por primera vez en muchos años no hay chicos, pisos, trabajos, ni estudios que codiciar. Fue como sentir una paz infinita… o como quedarse de pie en el centro de una habitación vacía. Mil lecturas budistas y taoistas me han recomendado la ausencia de deseo como vía hacia la felicidad, ¡y resulta que cuando por fin llego, cuando por fin la alcanzo, no tengo nada que decir! Me he convertido en Woody Allen tumbado en el diván con el símbolo de “mute” sobre la frente. No tengo nada que contarle a mi psicoanalista. ¿O será que hay mucho, tanto y en tal caos, que parece que no hay nada? ¡Jaque!, la rechoncha paloma de la página en blanco se ríe desde el sofá con el mando en la mano. Empecé a sentir que los días del nuevo año me comían con la misma celeridad con la que yo devoré mis uvas. Dong, dong, dong, y yo no había escrito nada aún en mi blog… Presión absurda. Como si fuese una obligación, como si a alguien le importara, digo, de verdad. El hecho es que este es el tercer año en que tengo el blog y la pantalla en blanco mi mira desafiante, como diciendo, vamos a ver si sigues teniendo algo que contar. Y es que claro, muy distinta es mi situación ahora a cuando empecé a rondar por aquí. Frente a desaforados desamores, pseudo amores indignos, cabreos administrativos y pataletas políticas variadas ¿quién no iba a escribir? Era fácil y hasta un alivio hacerlo. Pero no nos equivoquemos, no estoy pidiendo material, ¡que nadie me haga llorar, por favor! Solo digo que no tengo ni idea de lo que ocurrirá, no sé qué forma podrán tener las cartas desde el Nirvana.

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