El hermano pequeño.

Vivo en un caserón tipo gótico, eso ya lo saben muchos de mis amigos. Desde que lo vi por primera vez supe que sería una morada apropiada para mí, dada mi reciente actividad. No negaré sin embargo que aunque me codee con Dráculas y Carmillas a diario, me falta aún bastante para llegar a sentirme del todo a gusto en una casa que parece que tenga desdoblamiento de personalidad. Vista por fuera y por dentro, mi casa parece dos casas distintas. Si al principio me limitaba a moverme entre mi habitación, la cocina y el baño, poco a poco me ha invadido un espíritu explorador y me he animado –eso sí, de día- a recorrer pasillos por los que nunca había ido. Hoy incuso he abierto una puerta o dos y hasta he mirado por el hueco de la llave de una habitación que tiene un cartel que reza ‘vacant room’… una mesa y una ventana, no pude ver nada más. Eso es, mi casa y yo ya nos vamos conociendo. Aún así, cada vez que vuelvo de algún sitio, veo desde el camino cómo se balancea y se acerca a mí poco a poco el cascarón marrón de la casa, entonces detengo un momento mis pasos y observo la imagen quieta, luego vuelvo a echar a andar y me parece que hay áreas completas vacías en esa casa que se mueve frente a mí.

Esta mañana abrí, entre otras, la puerta de un almacén. Una habitación enorme llena de cosas de la más variada naturaleza, hay desde enormes pizarras de colegio, hasta cojines bordados, mecedoras, lámparas. Yo iba buscando un espejo, que por cierto, no encontré. Trepé con dificultad entre colchones y asomé la nariz por encima de un armario roto: ¡una tele! En un segundo realicé a ojo el cálculo peso/tamaño x fuerza/escaleras y concluí, que si conseguía sacarla de donde estaba, conseguiría sin duda subir rápidamente y llegar a mi habitación con el tesoro sin que nadie me viera. Tras una torsión lumbar de 80º -bendito yoga-, un estiramiento chicloso del brazo, los dedos y, me atrevería a decir, las uñas, rocé con el índice el objeto preciado. Ahora que estoy en mi habitación de nuevo, escribo en el blog con la intención de reflexionar acerca de lo que ocurrió. ¿Por qué? ¿Por qué me estrujé entre un armario y una pizarra sólo para sacar la tele? Y más importante aún, ¿por qué me alegré tanto cuando llegué a mi habitación, la enchufé y descubrí que funcionaba? Funcionaba, sí, hacía ruido aunque no se veía ninguna imagen. Ese ruido tuvo el suficiente poder de convicción para hacer que me quitara el chándal, me pusiera unos vaqueros y saliera de casa sin comer a la búsqueda de una antena.

Volví con hambre, ¡y con la antena! No comí, en cambio, dediqué varios minutos a un ritual de break-dance antena en mano para invocar la recepción de una imagen decente. Cuando la conseguí, bajé a la cocina, y por primera vez desde que vivo aquí, cociné de verdad. No descongelé una pizza ni me hice unos huevos fritos, cociné con la alegría de quien celebra algo. De repente me sentía acompañada, contenta, sentimiento absurdo porque sé que la tele aquí es aún peor que en España. Sabía desde un principio que la novedad del juguete nuevo iba a durarme poco tiempo, y sin embargo estaba feliz. Y acompañada. Como si ahora de repente tuviera un perro o algo así. Me descubrí pensando que ya estaba bien de tanta vida monástica, ¡monástica!, eso es lo que pensaba. Desde que llegué a St Andrews mi conexión con el mundo de las imágenes se limitaba a las pocas películas que podía ver en el ordenador, cosa que a juzgar por mis sentimientos, no resultaba suficiente.

Sentada frente a la tele, recordé ‘Farenheit 451’ y a la mujer del protagonista constantemente enchufada a sus primos, la red de gente pegada a la televisión que había encontrado la fórmula para ser feliz. Me di cuenta de que la cajita blanca que ahora tengo en mi habitación es como un hermano pequeño, de esos a los que les gusta hacer el tonto y con los que no se puede hablar de muchas cosas. Un hermano a fin de cuentas, al que quieres aunque no lo reconozcas en público, con quien te sientes acompañada aunque te aburras. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué los libros y la radio despiden olor de retiro espiritual? ¿Es esta la clase de comunicación y compañía a la que nos ha acostumbrado nuestra civilización? ¿Por qué escribo todo con preguntas como la protagonista de Sexo en Nueva York?

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