Tarde ociosa de domingo.

Hace un par de días tuve un encuentro gracioso. Me echaron 24 años, y a juzgar por la cara de mi interlocutor, estoy segura de que si no eran exactamente veinticuatro, no me calculaba más de dos o tres más. Su incredulidad cuando le dije mi verdadera edad tuvo una reacción demasiado física para haber sido fingida. Este hecho en sí mismo no tiene ninguna importancia, pero me ha llevado a reflexionar sobre el peso que le concedemos a la edad, sobre su valor subjetivo y su valor objetivo… Lo siento, hoy es domingo, está lloviendo y consiguientemente me quedo en casa con tiempo de sobra para filosofar.

Creo que el valor subjetivo depende de la visión que tenemos de nosotros mismos. Ya se sabe, aquello de que el ladrón cree que todos son de su condición parece que es aplicable a los temas de la edad. En mi caso, por ejemplo, no falla. Conozco a alguien que me gusta: le hecho más o menos mi edad. Una y otra vez, una y otra, no importa que luego los márgenes de diferencia reales den patinazos de trece años, da igual, parece que no termino de asustarme lo suficiente, porque a la siguiente vez vuelvo a aplicar el mismo rasero. Pero si lo de la igualdad es el mal que suele atacarme a mí, también existe aquello de la paja en el ojo ajeno. Paja, o ceguera selectiva, cualquiera de los dos nombres vale. Cuántas veces he escuchado a alguien hablar sobre amigos o familiares a los que hacía tiempo que no había visto: “¡qué acabado está fulanito!, ¡hay que ver las patas de gallo que tiene sutanita!” Uno nunca se acaba, hay alguna ley mágica por la que nunca ningún gallo se atreve a dejar su rastro por el inmaculado rostro de la propia subjetividad. Benditos aquellos que saben cuándo cerrar los ojos, porque de ellos será la fuente de la eterna juventud.

Oriente y Occidente nunca se tocan, esta es otra frase que me viene a la mente cuando pienso en la edad. Ya lo creo que no se tocan, difícil es que en Occidente lleguemos algún día a considerar venerable, admirable, respetable lo de hacerse mayor. Por el contrario, parece que la idea de edad es un arma que nos dan descargada cuando nacemos y que va llenándose de municiones según pasa el tiempo. Hasta que llega el momento, siempre inesperado, en el que ¡kabooom!, le soltamos un bazucazo a alguien y miramos a nuestro alrededor con la boca abierta porque no sabemos de dónde ha venido la bala. Ya está, no era nuestra intención, pero nuestro compañero de juego yace tendido en el suelo y a ver quién es el guapo que sabe cómo hacer el torniquete adecuado. “El tiempo no pasa por ti” me dijo una vez un ex. “A ti en cambio te ha atropellado”, pensé con infinita crueldad. Sí, lo reconozco, es en estas cuestiones donde nuestra crueldad suele desatarse con mayor facilidad para cobrarse deudas pendientes de variada naturaleza. Y aunque sé de sobra que la frase de mi ex era una artimaña buscando un retorno avocado al fracaso, no por ello me siento orgullosa de lo que pensé. No es que me cubra de un manto moral especial, no, simplemente sé que todos los boletos resultan premiados en esta feria y sólo es cuestión de tiempo para que alguien piense que a mí también me ha arrollado el tren. Luego no hay calidad moral alguna, más bien se trata de autocompasión por adelantado, para seguir con las frases trilladas, digamos que se trata de curarse en salud.

Pero a pesar de todo lo que he dicho hasta ahora, siempre he vivido la vida convencida de que podemos hacernos un avión de papel con la edad y largalo a volar. Objetivamente el tiempo pasa, de acuerdo, pero ¿hasta qué punto importa? ¿Qué es exactamente lo que marca la edad? ¿Cuál es la medida precisa de nuestro sometimiento obligatorio? No puedo evitar que todas estas preguntas me ronden ahora, pues coincidiendo con mi etiquetado de 24 he retomado contacto con mis amigos de la infancia. ¿Qué están haciendo? ¿Dónde están? Son cuestiones que llevan obligatoriamente a plantearse qué está haciendo uno, por qué, para qué, porque en el fondo ellos son mi verdadera generación y eso debe tener algún significado. Así que hago recapitulación y miro a mi alrededor, veo a mis amigos y me doy cuenta de que sus edades cubren un espectro variadísimo y no encuentro diferencias reales entre unos y otros, cada uno me aporta algo como persona, independientemente de cuando nació. En el repaso encuentro la aportación más reciente de mis últimas adquisiciones en amistad. Hablando con ellos, surgió el concepto de “retirarse” que existe en muchos idiomas y su contraste con nuestro vocablo español de jubilación. Decían hace poco en la tele que las mujeres son más guapas después de los treinta. Muchas de mis amigas son infinitamente más guapas ahora que cuando las conocí y aquí quiero hacer un esfuerzo de objetividad. La biología no puede ser mejor ahora que algunos años atrás, por lo tanto estoy segura de que si han ganado con la edad es porque han aprendido sobre la subjetividad del tiempo. Saben que el tiempo pasa deprisa y que por eso hay que vivirlo lentamente. Así, viviendo sin prisa, uno no se retira como si de moneda caducada se tratara sino que entra en jubilación, en el feliz momento en el que ha aprendido a abrir y cerrar los ojos a voluntad.

No tengo ni idea de la medida exacta en la que debo rendir mi sometimiento. De momento sólo veo que la goma de las etiquetas con números es de pésima calidad. Siempre terminan cayéndose y mezclándose en el suelo.

 

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