… Un gran paso para mí.


Contaba la semana pasada cómo el estrés acumulado por las largas horas de trabajo en mi capítulo-x me había llevado a necesitar desesperadamente horas de sueño. 
Más de una vez he dicho que mi casa actual es más bien fantasmagórica, tanto desde el punto de vista arquitectónico, como desde el punto de vista de quien la habita. Somos diez, sí, diez en casa, y la mayoría de las veces el silencio que impera es tal, que se diría que aquí no vive nadie. Todos lo saben, ese fue el factor determinante por el que decidí dejar el centro y mudarme hacia el sur.

Pero, ¡ay! Justo cuando el círculo de la alegría empezaba a cobrar perfección, tenía que venir alguien a ahuevármelo. Aquella noche de la semana pasada en que quería dormir, las cosas ocurrieron de esta manera: apago la luz, y en el segundo exacto en que empieza la oscuridad, arranca un sonido que yo describiría como los alaridos de un cantante de heavy mordido debajo de las uñas por tres mil hormigas asesinas. Todo parecía indicar que mi vecina de habitación había decidido ver -con volumen indecente- un documental de la naturaleza heavy.

Fue ahí cuando por fin vi con claridad que era el momento de dar el gran paso en mi vida. Un paso bienaventuradamente sencillo para muchos, y sin embargo tan difícil para mí. Para mí, y creo que para bastantes compañeros de mi lugar y tiempo. Para nosotros, el paso no es un paso, sino un salto desproporcionado para el que no solemos tener valor. Ocurre algo, y de repente la vida se nos convierte en el Cañón del Colorado. ¿Cómo pasar de un lado a otro? Como diría con gran acierto mi amigo F: “¡Qué pinche educación nos dieron!” Esas fueron exactamente sus palabras cuando me contaba que no se atrevía a reclamarle a su compañera de piso el robo reiterado de comida. “Marthita, ¡qué pinche educación nos dieron, que no nos atrevemos a reclamar!” Pues sí, supongo que debe ser una cuestión de educación inculcada en tierna edad de una manera tan efectiva, que llega a imposibilitarle a uno el movimiento. La noche heavy, no dije nada. 

La cuestión se repitió la noche siguiente. Y al cabo de un buen -buen- rato, me decidí a pedir con ensayados sorry y please que me dejaran dormir. Salí al pasillo, y al llegar frente a la puerta de mi compañera, me quedé petrificada. Así es, no debería ni contarlo públicamente, pero fue así. En pijama y con ojeras a la una de la mañana frente a la puerta de mi compañera y no dije nada.

Pero la tercera es la vencida. El Discovery por fin pudo ser lanzado al espacio…

o casi.

La tercera noche salí de la cama disparada cual petardo. Me planté frente a la puerta de mi compañera y llamé. 

Y llamé.
Y LLAMÉ.

Como en Pedro Navajas: créanme ustedes que aunque hubo ruido nadie salió. No hubo preguntas, nadie lloró.

Tuve que concluir que mi compañera está sorda, de ahí el volumen de la tele, y de ahí que no oyera mis porrazos en la puerta. Eso, o tal vez mi reciente afiliación a www.yomatoatucompañeroytumatasalmio.com ha surtido efecto. Me tocará cumplir con mi parte del pacto en algún lugar del mundo. Seguro, va a ser eso, porque no he vuelto a escuchar la televisión.  

4 comentarios

  1. Arterapia Sentimental y Pau Llanes cumplimos hoy un mes de vida… Gracias por tu lectura y afecto… Te invitamos a una tarta de palabras de chocolate… Saludos… Pau

  2. Me solidarizo contigo, Martita, que yo he tenido que sufrir compañeros de piso de todo tipo. Si se repite, acéchala en su puerta y móntale un buen pollo cuando aparezca. Algún día tendrá que salir de su reducto heavy ;-)

  3. Con gran tristeza compruebo que no existe la web http://www.yomatoatucompañeroytumatasalmio.com

  4. Querido poco ingenio: no, no existe dicha web, pero siempre estamos a tiempo de inaugurarla. Veo que ya somos dos los que la necesitan, y a partir de dos la cosa puede ponerse en marcha ;)

    un beso grande y paciencia sin fin!!

    Martha


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