La hermosa venda de la libertad

Comentaba en enero que hace ya tres años que disfruto de este espacio. Usaba entonces el verbo disfrutar, pero sólo ahora me doy cuenta de que mi disfrute era el de un niño en un parque, usando despreocupadamente los columpios un rato, permitiéndome el lujo de aburrirme de ellos, corriendo un poco, sentándome durante días. En mi parque, me he reído, he hecho el tonto, he hecho pataletas públicas. He sido más o menos consciente de que hay gente conocida mirando y de que, puesto que se trata de un lugar público, puede haber miradas de desconocidos. Hasta ahí mi consciencia. Igual que cualquier niño, he tenido bastante imaginación, pero no la suficiente como para plantearme nunca la posibilidad de que al girar la esquina me pueda encontrar con un espacio vacío porque alguien se ha llevado el parque. Ese es el tipo de certezas con el que vivimos en la cara privilegiada de la luna; las cosas grandes no suelen desaparecer. El derecho al parque parece inalienable. Nunca me había planteado la cuestión más elemental sobre la que descansa este espacio que quiero tanto: el derecho mismo a su existencia. Hasta hace unos días, nunca había pensado cuán afortunada soy porque en mi mundo simplemente no existe una bota censuradora que pueda pisar mi parque y llevárselo pegado en la suela hasta lugares donde yo no pueda encontrarlo.

Hace un par de días, como digo, cayó la venda. Un buen amigo me habló del blog de una filóloga cubana que ha estado sufriendo un boicot. Por lo que parece, el blog de esta chica, así como el de otros cubanos, puede leerse sin problemas fuera de Cuba, pero no dentro de la isla. Evidentemente, tras leer el comentario de mi amigo, lo primero que hice fue pinchar en el enlace que me pasó para el mentado blog. Entonces pude ver la cara de la filóloga, leí su nombre y escuché su acento, vi como respiran sus palabras. Fue como sentir de golpe todo el peso semántico del verbo que he venido usando tan a la ligera: disfrutar. Es necesario sentir de verdad las connotaciones de amplitud, privilegio y libertad. El dulce sabor de justicia, pues es justo que podamos expresar lo que llevamos dentro sin que nadie mida la conveniencia de nuestras palabras. Libertad para expresarnos, deberían tenerla todos, pero ya se sabe que desgraciadamente no en todo el mundo es así. 

A estas alturas de mi relato yo misma me sorprendo de la ingenuidad de la que estoy haciendo gala. Entendámonos, siempre he sabido que existen atroces atropellos de la libertad de expresión, sin embargo confieso que el embrujo de internet se había hecho conmigo, no me había planteado la posibilidad de restricciones en un medio aparentemente tan escurridizo. No me queda mucho más que decir, sino simplemente aceitar un poco la piel del animal que me parecía tan libre para que por lo menos fuera de Cuba no se deje atrapar. Así pues, dejo el vínculo que me pasó mi amigo, y otro más, de otros blogueros cubanos que tienen un potro cabalgando como emblema, espero que DISFRUTÉIS como yo pastando en esas dos “nuevas” tierras, y que os sintáis un poco más afortunados hoy porque nadie os coge por los tobillos para decidir el ritmo de vuestros pasos.

3 comentarios

  1. Algún día sabremos todo lo que pasan y han pasado en Cuba estos años… y a los que dijeron y dicen (yo también lo decía hasta que conocí la realidad) lo buenos que son y lo felices que viven los cubanos… se les caerá la cara de vergüenza y pedir perdón público por sus estupideces… Un saludo… pau

  2. Gracias Martha por escribir de Yoani, Potro Salvaje y de la Libertad en mi reprimido país.
    mis afectos
    exiliado en España

  3. Gracias Martha por escribir de Yoani, Potro Salvaje y de la Libertad en mi país tan reprimido.
    Los cubanos te lo agradeceremos siempre.
    un exiliado más,pero en España


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