Inconformismo corrosivo.

Tengo un amigo que se define como “católico progresivo”. Cada vez que leo su autodefinición pienso en amplios campos. Verdes, con hierba no muy alta, de esa que le llega a uno más o menos a la altura de la rodilla. Vamos, un pasto con la altura justa para dar un colchón visual interesante a la galopada. Cuando pienso en el progreso del catolicismo de mi amigo no puedo frenar al caballo que se me deja venir en la imaginación. Tiro con fuerza de las riendas, pero ya no hay remedio, mi amigo galopa en su catolicismo desbocándose por los verdes campos de mi mente. Mi amigo ha escrito católico progresivo, pero yo pienso en católico galopante, la imaginación es así. Entonces me pregunto cómo me definiría yo, y sé que si quisiera trasladar al papel la imagen que tengo de mí misma, no afloraría ningún concepto de tipo religioso sino más bien existencial. Seguramente pondría una “x”, grande o pequeña, eso ya dependería del día en el que me pillara la autodeclaración. X, la de mi generación. X de eXistencia eXtremadamente capritXosa, que lo escribo así porque… pues eso, porque me he autodiagnosticado y sé –porque lo digo yo- que pertenezco a la generación X, la de la existencia capritxosa. Pero un momento, un momentito. Antes de que coja usted el siguiente respiro y agarre fuerzas para rebatir, le voy a decir que no, no me venga con explicaciones temporales o culturales que nada me interesan, poco me importa cuál sea para usted la verdadera generación X, para mí somos yo y todos mis compañeros. X de freaX, dígalo usted, que está en todo su derecho de considerarnos como mejor le parezca. Nosotros nos hemos encaramado en la dichosa letra y de ahí no nos baja nadie, ni mi amigo con su caballo.
Nosotros nos movemos tiza en mano, marcando x en los lugares donde creemos que sí, ahora sí, seguro que sí, esto sí que va a ser lo que quería hacer, lo que siempre quise, el lugar que siempre me gustó. Seguro, seguro, ahora sí lo he encontrado. Hasta que pintamos la siguiente x y después de esa veinte más. Mientras la convicción de la gente como mi amigo galopa, la mía, la nuestra, se sienta un rato para celebrar que por fin se ha encontrado a sí misma. Entonces siente el fresquito de la tarde y se relaja, y cuando cae la noche, se le deja venir encima la duda. ¿Dónde duele, porqué duele? Caprichito recalcitrante que se convierte en la carcoma diminuta que nos okupa el alma y nos la va comiendo despacito. Sabemos que en la vida hay algo más de lo que se divisa a simple vista. El problema es que no sabemos cuál es la puerta mágica que nos dará paso a ese mundo maravilloso que intuimos. Borramos disimuladamente con el pie nuestra x y echamos a andar, a veces por no oxidarnos, a veces porque creemos que el movimiento ampliará nuestras posibilidades de dar con la puerta correcta. Y en el camino, cultivamos con esmero el arte de la queja; si estamos aquí, queremos estar allá, si estamos allá, recordamos con bombos y trompetas cuán hermosa era la vida en el lugar que dejamos, cuán soleado, qué hermosas las flores, esas que vistas de cerca cada vez que volvemos, no resultan tan bonitas como las recordábamos en el exilio. Decoramos con macetones y claveles el patio de nuestra imaginación, y abrimos un espacio privilegiado para nuestra silla, la que dejaremos vacía voluntariamente. Durante algunos días nos parece acertadísimo que la silla se tueste en solitario bajo el sol en medio del patio de nuestra mente, ¡que se pudra bajo la lluvia! Total, no nos era digna. Hasta que de repente un día nos levantamos inspirados y empezamos a escribir odas a su comodidad, cantamos las alabanzas de sus muchas virtudes y volvemos a ella con el sello del hijo pródigo tatuado en la frente. Llegamos y nos sentamos, acariciamos suavemente la desgastada paja de su asiento. Y entonces sabemos con absoluta convicción que sí, ahora sí, de verdad, sí, en realidad, lo que queremos, lo que siempre quisimos, es seguir andando –hasta que la silla nos vuelva a llamar-.

3 comentarios

  1. Comentario por Pau Llanes on Abril 6, 2008 12:02 pm

    excelente reflexión… marthita…. me la llevo este domingo al campo… ya te contaré… besos… pau

  2. Comentario por Martha on Abril 6, 2008 11:04 pm

    muchas gracias por el comentario, Pau. La verdad es que no lo había visto como una reflexión, pero ahora que lo pienso me parece que sí, que mucha (o bastante) gente me acompaña en el inconformismo perpetuo. La diferencia es que a algunos les pasa con los trabajos, con los amores, con los sitios en los que viven… vamos, que no sabemos estarnos tranquilitos. ¿Será que dejar de moverse es morir? No lo sé, ya me dirás si el domingo en el campo te ha sugerido algo.

    besos

    Martha

  3. Comentario por Pau Llanes on Abril 14, 2008 8:29 am

    Aunque con retraso… te digo que sí, algo… Fue la letra X la que me dio la entrada… X de cruce no de indefinición o incógnita… Es como explicarse no por sí sino por contingencias que se crean… Es como no tener lugar propio sino circunstancial… Ser X es dejar ser al destino sin voluntad… Ese inconformismo requiere una solución: tener forma propia, cambiar tu inicial, llevarla a tus confines desde tus principios… Me gusta llerte como MAR-tha— ya sabes lo que aprecio que alguien se llame mar y lo que sea… (por cierto SEA es también mar, aunque eXtranjera)… Besos de mañana… Pau

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