The asexual kung fu freak

 

  

Esta tarde un chico con pinta de chino me dio un panfletito a la entrada de la biblioteca. Resultó que, efectivamente, era chino, pero eso ya lo contaré más adelante. Frente a mí iba andando otra chica oriental, que por supuesto recibió el correspondiente panfleto antes que yo. Tengo que confesar que me sorprendió que el chico me diera un ejemplar, no sólo eso, me sorprendió que me hablara. Tristemente, mi mecanismo deductivo había concluido en milésimas de segundo que los papeles eran sólo para chinos; los chinos sólo hablan con chinos, y yo no soy una de ellos. Verdad irrefutable instalada cómodamente en mi cerebro. ¿Por qué? ¿Por qué pensé eso? Pues bien, es una cuestión curiosa. En la ciudad donde vivo hay un porcentaje altísimo de población estudiantil china. Una de las características que más me llamaba la atención de esta universidad antes de unirme a ella era precisamente que alardea de tener alumnos de un gran número de nacionalidades. Ya me veía yo en mis imaginaciones coloridas hablando distintos idiomas, probando distintas comidas, haciendo amigos de un montón de lugares del mundo… Nada más alejado de lo que en realidad ocurre por aquí… Bueno, sí y no. Tengo amigos de muchos países occidentales, punto. Oriente y Occidente no sólo no se tocan, sino que ni se rozan por casualidad, son aguas que han aprendido a correr por la misma calle, siempre en direcciones opuestas y sin mezclarse, bifurcándose en infinitos chorritos. Cualquiera diría que hay dos mitades en el mundo. Pero mientras lo del mestizaje parece ser moneda común “de nuestro lado”, la otra mitad insiste en separar los gajos: japoneses con japoneses, chinos con chinos, coreanos con coreanos. No deja de parecerme absurdo. 
Como decía, el mayor porcentaje de orientales aquí viene de China. En mis primeros meses intentaba hablar con mis compañeros chinos, pero poco a poco fui abandonando hasta que terminé por tirar la toalla. Son corteses, educados, no tengo ninguna queja al respecto, pero no hacen por relacionarse con los “Western” (sí, nosotros somos western). Al principio me daba la impresión de que no hablaban conmigo porque su manejo del inglés no es muy bueno, pero muy pronto tuve la sensación de que “no me necesitaban” en absoluto, no necesitan hablar con nadie más fuera de su grupo, y además, para ellos, mi comida y mis costumbres podrían valer sólo para un documental de esos en los que uno ve cuán raritos son en otras partes del mundo, poco más. Uno de esos documentales que uno ve sólo durante un rato, porque aburren. De verdad, mi intención no es ser políticamente incorrecta, lo que aquí escribo es puro fruto de la experiencia. Por lo que al idioma se refiere, es evidente que no hablan con los demás porque no tienen buen inglés, y no tienen buen inglés porque nunca hablan con los demás, nunca practican, nunca mejoran. ¿Que no me necesitan? Esa es una verdad como un templo. Aquí son tantos que llegan, hacen amigos, tienen fiestas, encuentran pareja y vuelven a China con dos pilares bajo el brazo: el título que les dará acceso a un buen trabajo, y un marido o una mujer. Todos necesitamos amigos, está claro, sólo que nunca esperé que fuera “ellos los suyos y yo los míos”. 
Pero vayamos al panfleto. Es en realidad una fotocopia de un escrito bastante interesante. Empieza por narrar cómo su autor (chino) perdió a la mayoría de sus amistades chinas cuando expresó sus ideas. Básicamente se trata de una apología de la igualdad, es un escrito muy bonito. Explica cómo este chico se sentía discriminado e ignorado por otras nacionalidades hasta que se dio cuenta de que se trataba de un proceso de doble dirección. Los demás no sabían nada de él, pero él tampoco sabía nada de los demás. Los demás no mostraban ningún interés en comprenderlo, él y los demás chinos tampoco estaban interesados. ¿Qué podemos hacer ante tan grande incomunicación? Ya, abrirnos. El chico… vamos a dejar de llamarle “chico” y usemos su nombre: Li Sheng. Pues eso, Li Sheng hace un llamamiento inteligente a sus compatriotas para que vean que la apertura tiene que realizarse por las dos partes. Me llamó bastante la atención una de las páginas de su escrito donde habla de cómo las chicas occidentales resultan muy atractivas para los orientales pero cómo los chicos orientales son virtualmente invisibles para nosotras. “Ves alguna chica oriental emparejada con un occidental, pero nunca se ve lo contrario”, dice. Culpa en gran parte al cine norteamericano de haber creado la imagen del “asexual kung fu freak”, el hombre chino que no muestra ningún interés por ninguna chica, no tiene ningún impulso sexual porque en su mundo no existe nada fuera del kung fu. Según Li, eso hace que tengamos una imagen poco atractiva de los orientales. No sé, puede que el cine no ayude, pero kung fu o no kung fu, puedo decir que dos veces ya ha resultado que la invisible soy yo, y en fin, tras ser ignorada por partida doble una tiende a no intentarlo una tercera vez. La naturaleza le indica a una que debe virar hacia mares más receptivos. No es discriminación, en las aguas del norte de Europa se navega mejor.
Si algo me está enseñando esta experiencia es que el famoso concepto del “otro” es igualmente aplicable en los dos lados del espejo. Ojalá que consiguiéramos un día ver que en el fondo no somos tan diferentes, pero como dice Li Sheng, eso huele mucho a idealismo. Da igual: ¡ojalá!

 

 

4 Comentarios

  1. Comentario por Pau Llanes on Abril 19, 2008 7:16 pm

    Excelente texto… de lo mejor que he leído entre todos los buenos tuyos… Yo tengo buenos amigos orientales, tanto de Japón como de China, y alguna vez hemos hablado al respecto… hay que conocerse, compartir cosas esenciales, antes de poder profundizar… Eso implica esfuerzo, atención… el meeting point de la globalización y todo eso no sirve, es un puente de papel de fumar… Bueno, no me enrrollo… Besos… pau

  2. Comentario por Martha on Abril 19, 2008 7:26 pm

    Muchas gracias por tu comentario, Pau. Ya me imaginaba que tienes amigos orientales, por lo que leo en tu blog. La verdad es que me gustaría que entre culturas tan diferentes pudiéramos llegar a un punto de intercambio porque creo que eso nos beneficiaría mucho a todos y nos haría ver que en el fondo tenemos en común mucho más de lo que imaginamos.

  3. Comentario por Iván Pérez Caro on Abril 21, 2008 9:46 am

    Sí, la vida es lo contrario de la escritura… Y la vida ahora me tiene bien agarrado: pastoreo de adolescentes por la mañana, estudio de oposiciones por la tarde para dejar de ser interino. Si a esto hay que añadir las horas de sueño y los ratos para comer, el resultado es que no leo (literatura, claro) y no escribo, pero nada nada. Ideas, por suerte, no faltan; lo que falta es el tiempo para escribirlas.

    Pero, por fortuna, todo llega y todo pasa, y pronto volveré a escribir y a leer, pese a la vida…

    Un abrazo

  4. Comentario por alkerme on Abril 24, 2008 12:14 pm

    Me gustó mucho tu texto, la manera de escribirlo y el contenido.
    Gracias.

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