Tokio Blues
08 may 2008 6 comentarios
in Días de lluvia Etiquetas: crítica literaria, literatura
Y caerá, porque seguramente más de uno se escandalizará al saber que para mí “Norwegian Wood”, hasta hace poco, significaba madera noruega, literalmente. Eso y sólo eso, sin ninguna referencia musical. Ya me parecía curioso el título cuando me compré la novela de Haruki Murakami en una librería de Glasgow el verano pasado. Leyendo la contraportada no conseguía entender a qué venía Noruega si la novela se desarrollaba en Japón.
En fin, empecemos a hablar de este libro por el principio; su título. En España se ha publicado como Tokio blues, cosa que a algunos – según he leído por ahí – no les ha parecido muy adecuado. A mí no me parece del todo mal, matizando, ya que Tokio juega un papel importante en la novela y desde luego, si tuviéramos que elegir música para ambientarla, casi todas las páginas deberían llevar de fondo melodías tristes, o en el mejor de los casos melancólicas. De ahí que lo del blues, sobre todo en su acepción de ‘tristeza’, no esté mal. Esto, por cierto, debería servir de advertencia para quien vaya buscando una novela alegre; Tokio Blues no lo es en absoluto. Pero volvamos al título, ¿la traducción española nos ha privado de la referencia a Los Beatles y por tanto de una expansión del significado global del texto? Es muy probable. Norwegian Wood suena en las primeras páginas, cuando Toru Watanabe, el protagonista, está sentado en un avión. La música pone en marcha los recuerdos de Toru y la narración se traslada al Tokio de 1968, época en la que tanto él como el propio Murakami iban a la universidad. Ahora bien, antes de incursionar en barros autobiográficos, me gustaría añadir que la elección de Los Beatles por parte de Murakami -por volver a su pérdida en la traducción del título- sirve como anclaje temporal y cultural. Es evidente que ser joven a finales de los sesenta lleva de alguna manera de la mano el sello cultural de los de Liverpool. Creo recordar que hay un par de momentos más en la novela en que uno de los personajes femeninos canta Norwegian Wood, pero hace ya casi un año de mi lectura y puede que lo que los personajes cantan sea otra canción de Los Beatles (si alguien me saca de la duda, lo agradecería).
Pero hablemos de las coincidencias entre Haruki Murakami y Toru. Algunos críticos han querido ver en Tokio Blues una novela autobiográfica, son muchas las coordenadas que identificarían al protagonista con el escritor; la época en la que van a la universidad, el que ambos encuentren su primer trabajo en una tienda de discos. Toru estudia literatura y drama en la universidad, le gustan los autores occidentales y lee en especial a escritores norteamericanos, por ejemplo tiene El Gran Gatsby entre sus libros favoritos. Leer a Murakami supone encontrarse, efectivamente, con un regusto a letras norteamericanas. Sin embargo, a mí me parecería importante que la nebulosa autobiográfica no nos apartara del significado simbólico que tienen todas las elecciones narrativas dentro de Tokio Blues. Por ejemplo, que la trama arranque en el 68 es más que adecuado a nivel de significados porque equipara el descontento y las revueltas sociales -que como todos sabemos, eran principalmente estudiantiles- con la desazón existencial de los personajes. Los movimientos estudiantiles, según los presenta Murakami, eran una moneda con una cara hipócrita y superficial, y otra que verdaderamente se encontraba a disgusto con la realidad. Esto se plasma perfectamente en la novela, ya que nos encontramos con los dos tipos de personajes. Creo que sospechar -o encontrar – biografía en el texto es irrelevante para disfrutarlo y no refleja sino el voyeurismo que acompaña a muchos lectores, y sobre todo a muchos críticos, cuando se trata de la obra de un escritor importante. Y es que si bien Murakami había escrito y publicado varias novelas anteriores a Tokio Blues, fue esta la que lo catapultó al éxito en Japón. Parece que el furor que levantó la novela entre los nipones fue tal, que se hizo una edición especial en una caja dorada que contenía dos tomos; uno rojo y otro verde. Los fans se vestían de uno u otro color en función del tomo con el que se identificaban más.
Evidentemente, un seguimiento tan apasionado hace que uno se pregunte qué tiene la novela para haber encontrado tantos adeptos. Supongo que se trata sobre todo de la libertad de Toru, del libertinaje de Nagasawa (amigo de Toru), y del caleidoscopio de personajes femeninos. Muchos personajes de Tokio Blues son muy atractivos como modelos sociales. Sé que inmediatamente, quien haya leído la novela, me dirá que hay un grupo de personajes que nadie desearía como modelo. Totalmente de acuerdo, pero son personajes que equilibran la balanza, dan consistencia y hacen que la novela no se convierta en literatura pop.
Y hablando de personajes con peso, volvamos a la canción (al final va a resultar que Murakami sabía lo que hacía al elegir su título). Dumas dijo muy bien dicho aquello de ‘cherchez la femme’. Norwegian Wood tiene fuerza para evocar recuerdos no porque le guste a Toru, sino porque se trataba de la canción favorita de una mujer… No seré yo quien haga de Jack el destripador aquí, no os voy a contar de qué mujer se trata ni cuál es su función en la novela. Indicaré sólo que para mí tanto ella como los otros tres personajes femeninos resultan fascinantes por cuanto no son en absoluto el retrato de una mujer estándar, ¡todo lo contrario! Murakami consigue reflejar complejas problemáticas interiores, y lo que es más interesante -al menos desde la perspectiva técnica-, lo hace desde la incapacidad de comunicación, sobre todo cuando se trata de Naoko, el personaje femenino que hace de contrapeso a Toru .
Murakami usa pues una canción como detonante para que su protagonista viaje en el recuerdo. Tal como nos ocurre a todos en la vida real. Quizás sea esta una de las cosas que me enganchó a la novela desde el principio. Creo que se trata de un texto altamente sensual, no por erótico -que tiene sus momentos-, sino porque alude constantemente a los sentidos. Los personajes están vivos, de la manera más primaria posible: a través del tacto, del oído, del gusto; sus sentimientos sufren auténticas variaciones meteorológicas. Algunas reseñas hablan de un Bildungsroman contado en retrospectiva. Según esta perspectiva veríamos cómo Toru se forma a través de las distintas dificultades que se le van presentando en el camino. Sin embargo, decir que Tokio Blues es una novela de formación me parece bastante reduccionista y a la vez creo que debilita la intención del texto. Hay formación, sí, pero para quien quiera leer la novela, debe saber que se trata de una formación -¿y deformación?- en tono existencial.
Te doy mi cerebro, ¿o mejor mi corazón?
05 may 2008 4 comentarios
in Historias del Guruguruguru Etiquetas: arte, lenguaje, pensamientos

Empecemos esto con una confesión. Hace un par de días tuve un sueño rarísimo, o más bien estándar, sí. Un sueño de rareza estándar para lo que suelen ser mis sueños. Como la línea de Freud últimamente está sobrecargada y por más que marcaba su número no conseguía dar con él, al final decidí que mi sueño no tenía ninguna importancia y lo archivé como a tantos otros. Pero ocurrió entonces que una de las escenas se negó a quedarse guardada en la lata y decidió montar guardia permanente en las puertas de mi conciencia. Pinchando, pinchando, haciendo que el tema del cerebro y el corazón se mantenga en continua rotación dentro de mí. La escena en sí tampoco es nada grandilocuente; es más bien de bajo presupuesto, un amigo al que quiero muchísimo me hizo el favor de aparecer en ella. En el sueño, mi amigo me dice que le gustaría tener mi talento, y yo… No os lo perdáis, por favor, le contesto literalmente: ‘mi talento no puedes tenerlo, pero puedes tenerme a mí’. ¿Seré prepotente, seré chula? Era un sueño, así que pido vuestra clemencia. De cualquier manera, el episodio me ha llevado a reflexionar sobre los distintos valores y funciones que atribuimos al cerebro y al corazón.
Creo que para todos es evidente que no tiene, ni remotamente, la misma belleza decir que teníamos el corazón en la mano a decir que teníamos el cerebro en la mano. Si lo pensamos literalmente, cualquiera de las dos imágenes es bastante gore, vamos, que ni el romanticismo ni la belleza acompaña a ninguna de las dos. Y sin embargo, ¿por qué nos resulta tan preciado el corazón por encima del cerebro? Supongo que será por lo que de involuntario hay en él, en el corazón, quiero decir. Es anárquico el corazón. Entendámonos, el corazón usado como analogía de los sentimientos, no sea que nos pongamos gores otra vez. La idea de tener el corazón de alguien es seductora porque es un poco como decirle al cerebro de ese alguien: ‘perdona, nene, aquí serás tú el jefe, pero a la máquina de vapor que te mantiene andando me la he llevado yo. Tú verás’… Sí, será eso, será que en el corazón no hay quien mande, ni siquiera el todopoderoso cerebro. Y digo yo, ¿por qué resulta entonces tan difícil que el corazón tome las riendas cuando se trata de escribir? Esa es realmente la idea que me ronda sin cesar. Bueno, esa, y otras.

Hace cosa de un mes tuve una conversación muy interesante con dos amigos escritores. Sobre todo uno de ellos insiste en que para que algo resulte bueno, hay que escribirlo con las tripas; tiene que salir disparado desde el centro mismo de nuestra persona. Supongo que una vez que las tripas se disparan, habrá que pasarlas un poquito por el filtro del cerebro, aunque de eso no hablamos con mis amigos aquella vez. Estoy de acuerdo en que lo más bonito que he leído parece salido directamente de la porción más cruda de quien lo ha escrito. Pero yo me pregunto: ¿es bonito porque está crudo -y luego no ha perdido su color natural-? o ¿es bonito porque es auténtico? Voto por la autenticidad, no estoy tan segura de que me guste digerir crudezas.
Aquella conversación me ha hecho observar que hay una tendencia a equiparar bueno con crudo. No digo que mi amigo escritor lo haga, cuidado, sólo digo que he visto que mucha gente considera buenas las películas que te quitan las ganas de comer, los libros absolutamente serios que te abofetean cada vez que pasas sus páginas. Una comedia puede ser buenísima, pero no es Arte. Como si dentro de nosotros existieran sólo espinas, como si no tuviéramos un tejido blando -o suave, si se quiere- que también forma parte de nuestra naturaleza. Venga, con honestidad, pensad en dos películas y en dos libros que consideréis obras magistrales, veréis que con mucha probabilidad tienen una temática cuanto menos ‘dura’, ¿por qué? Entiendo que no queramos cerebro, yo tampoco lo quiero, pero una vez abierto el pecho podemos echar mano tanto de las tripas como del corazón.
Debajo de las palabras.
30 abr 2008 2 comentarios
in Historias del Guruguruguru Etiquetas: amores

