El desequilibrista

equilibriHacía bastante tiempo que no sufría uno de mis famosos episodios de insomnio. ¡Qué momento, qué momento! Deberíamos salir todos corriendo. Esto de encontrarse a las tres de la madrugada una con una misma, con sueño pero incapaz de dormir, puede tener consecuencias desastrosas como por ejemplo el querer retomar un blog que acumulaba polvo precisamente ahora, plasmando los frutos de un delirio insomne mal digerido.

Pienso.

¿Y en qué pienso?

Pues primero en aquella frase que profirió un día en clase una compañera de la facultad. “¿Cómo puede la literatura dudar de la existencia del yo? Si yo, cuando me despierto de pronto a las tres de la madrugada y abro los ojos en la oscuridad, respiro despacio y sé, aunque sólo sea durante unos segundos, que yo soy yo y luego existo. Aunque sólo sea en ese momento, tengo certeza de la existencia de mi propio yo”.

Sí, en eso pienso.

El silencio hermoso de la madrugada es lo que tiene, evoca ese tipo de recuerdos duales que se sitúan plácidamente en el yin yang de lo profundo y lo absurdo. Ya se sabe, la pelotita esa de dos colores sobre la que mis pies pequeños hacen equilibrios desde que nací.

Pienso.

Y me doy cuenta de que uno de los probables motivos por los que tenía abandonado este blog era porque estaba ocupada, estaba sumida en pláticas conmigo misma. Alguien tenía que poner remedio a este absurdo exceso de tiempo que llevaba desterrada de mi propio ser. Porque bueno, una puede en un momento dado enfadarse con una misma y mandarse a paseo, pero de ahí a pretender que dicho paseo pueda perderse en el infinito, pues no.

Pienso otro poco.

Y me doy cuenta de que ¡eh! Que no me he desterrado a mí misma de mí, que me he exiliado, me he ido voluntariamente, me he autoabandonado despechada conmigo misma por no haber sido capaz de atraer, embrujar y retener a un tal que se me incrustó en la pupila una tarde de primavera.

Pienso y me entra la risa.

¿Y por una incrustación en la pupila vamos a montar este numerito? Anda, tonta, no te enfades contigo misma que va a ser peor. Además, ya tienes aburrido a tu público con la cancioncita de las incrustaciones. Si aquel tal caducó hace tanto tiempo que mencionarlo te aburre hasta a ti.

¿Volvemos? Volvemos.

Y aquí estamos otra vez, mi yo y yo misma, compartiendo otra noche en blanco más tras haber firmado gustosas un pacto de no agresión. Conviviendo felices juntas tras habernos mirado a los ojos y haber respirado el cálido olor de las tres de la madrugada, en ese momento de equilibrio desequilibrado en el que sabes que sí, tú eres tú y es lo que hay.  Aquí estamos, disfrutando la escena del yo pródigo que vuelve al hogar y el yo padre que le dice anda ven, siéntate conmigo aquí frente a la ventana, observemos a todas esas estrellas, todos los yos-consigo mismos con los que tienes la suerte de compartir la pista. Veamos cómo se entrenan, cómo bailan sobre la cuerda floja a veces mejor y otras veces peor que tú. Aplaude, disfruta y agradece que todos ellos estén aquí, haciendo magia, haciendo posible que este circo tuyo de vida que tanto te gusta se mantenga en pie.

 

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Pedro Pablo
    Abr 14, 2009 @ 19:48:20

    Me alegra muchísimo que retomes el blog, aunque sea por un imsomne problema oftalmológico.

    De exiliado a exiliada: los tales, las incrustaciones corneales y los “podría haber hecho esto, aquello o lo de más allá” tienen de bueno lo mismo que el futuro: que no existen. Sólo tenemos el presente, que es una página en blanco que asusta tanto como apasiona. Y si aprovechamos para inaugurar en ella un circo de cuatro pistas mejor todavía.
    Además, si no fuiste capaz de embrujar y retener al tal, el ignorante se lo pierde, es problema suyo, no tuyo. que se joda (huy, perdón). Ya aparecerá otro tal que sepa apreciarte sin que tengas que recurrir a la nigromancia.
    He dicho.

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