Más amor, más dinero, más silencio…

Nunca pensé que a estas alturas de la historia tendría el tiempo, las ganas o la necesidad de escribir algo así. De verter mi alma sobre el papel, una vez más, una de tantos millones de veces, otro de tantos intentos de sacarme el relleno para poder alejarlo un poco de mi vista y evitar así la miopía que casi siempre nos distorsiona la visión de nuestra propia vida.

No soy única y seguramente tampoco soy típica si digo que de pequeña imaginaba que llegaría el momento en el que nada me preocuparía. Echo la mirada hacia dentro y me veo en un México que hoy se me antoja de cuento de hadas. Me veo pensando que cuando hubiese adquirido el tamaño, la fuerza y la seriedad de los adultos, ninguna tormenta lograría rozarme. Y bueno, ocurre que a los cuarenta se siente lo mismo que a los diez, casi. La misma sensación de desamparo, de impotencia, con la diferencia de que se ha aprendido que no por mucho llorar, nos darán lo que queremos. Pero que no suene amargo este trago, también hemos aprendido que la mayoría de las veces aquel juguete sin el cual “no podíamos vivir”, se queda arrumbado en un rincón al segundo día. Luego casi mejor que no nos lo hayan dado, así hay menos que limpiar.

Quiero…
Quiero más amor, más dinero, más silencio.

La idea que tenía de cómo sería a los cuarenta cuando tenía doce se parece a la realidad como un hipopótamo a un colibrí. Y sin embargo sonrío. Precisamente por ello me río, escucho mi carcajada interna regocijándose de que cualquier similitud entre la construcción y los planos sea pura casualidad.

Quiero… Sigo queriendo. Y me doy cuenta de que ha llegado el momento de aceptar que mi inquilino, sí, el pesado ese, tiene título vitalicio, me guste o no. El gnomo de la insatisfacción. El payaso de tres al cuarto al que le retiré la palabra en más de una ocasión, al que intenté aplastar unas veces con el Tao Te King, otras con la primera revista de psicología que tenía a la mano. Nada, demasiado escurridizo. Intenté ignorarle mientras me mordía con sorna la oreja, le puse mil y una veces de patitas en la calle sólo para comprobar que cuando cerraba la puerta ya le tenía otra vez sentado detrás de mí, dueño y señor de mi sofá interior. Bien. Puede que este sea el momento de firmar una tregua. Te dejo vivir conmigo si tú a cambio me regalas unas gafas con una o dos dioptrías de objetividad, no pido más. Una o dos, las suficientes para que la próxima vez que me cantes tus melodías del querer pueda ver que no se trata de “él” o de “aquel” sino de ti, enano maldito. Así, cuando doscientos me parezcan menos que cien y cuando sienta que otra profesión, otra ciudad, otra casa, otra marca de café, otra vida sería mejor, sabré que se trata sólo del aturdimiento provocado por tu voz. Venga, prometo no pensar que el gnomo de otros es mejor.

Quiero…
Quiero más silencio. Quiero fama.
Nunca ningún autor de ciencia ficción logró imaginar el futuro como realmente llegó a ser. Me siento feliz, encajo en el club, yo tampoco tuve ni idea. Mi futuro también es bastante mejor y bastante menos rudimentario de lo que lo imaginaba. No he crecido tanto, ni me he vuelto tan seria, ni resuelvo todos los problemas con un solo chasquido. No tengo ni he hecho lo lógico sino más bien tengo y he hecho lo ilógico, el único tipo de adoquín con el que me veía capaz de pavimentar mi propio camino. ¡Ay, mi caminito!, modestia aparte, no me ha quedado tan mal… ¿Y ahora qué le pasa al gnomo? ¿Por qué me mira con esa cara de póker? Igual es que le parece que el camino me está quedando un poco irregular. <<¡A ti no te parece nada!>>, exclamo indignada y cruzo los brazos. Pero luego recuerdo la tregua y le miro con ojos de interrogación. Levanta la mano derecha para indicarme que tiene que contarme un secreto. Me pongo en cuclillas mientras se acerca suavemente con sus andares de campana. Roza ligeramente mi oído y escucho un susurro… ¡Quiero! ¡Quiero más amor, más dinero, más silencio! Quiero que todo sea como yo quiero y lo quiero ya. Le guiño un ojo. Quiero poder mirar hacia atrás dentro de diez años y sentir la misma satisfacción que siento hoy de que nada haya salido según lo previsto.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Free
    Jun 02, 2010 @ 14:29:10

    Uyy, que familiar me suena, esa mirada de retrospectiva aunque tengo 10 anos para pillarte, diez anos! Hace diez anos, estaba sonando un mundo hasta que decidi que ya era suficiente de quedarme en los suenos y decidi sonar la realidad, una lucha dia a dia… y aqui estoy con una gran sonriasa en la cara, a ratos riendome de mi misma, pero si, llegue justo donde pense, solo que entonces no sabia lo que implicaba. Hoy sin amargura se que la hierba no es mas verde en el cesped del vecino.

  2. andres cesarman
    Ago 13, 2011 @ 16:06:35

    Identificadisimo. Me encanta

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