Peliculón

 

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Esto es a lo que yo me refería el otro día…

¿Hola? ¿Sí? ¿Me se escucha?

Siempre me ha intrigado que algunos se sometan voluntariamente al pago de una cuota que es del todo inútil. Me refiero a aquellos usuarios que, al hablar por teléfono, levantan tanto la voz que convierten en pleonástico el uso del instrumento comunicador. 
¿Porqué? ¿Para qué te has comprado un teléfono? Si de forma natural ya se te escucha hasta el otro lado del mundo con total claridad. Que sí, que no te preocupes, que a tus parientes en las antípodas no se les escapa detalle de lo que estás diciendo. Marcando o sin marcar, TODOS te oímos perfectamente bien. (¡Ay!)

… Un gran paso para mí.


Contaba la semana pasada cómo el estrés acumulado por las largas horas de trabajo en mi capítulo-x me había llevado a necesitar desesperadamente horas de sueño. 
Más de una vez he dicho que mi casa actual es más bien fantasmagórica, tanto desde el punto de vista arquitectónico, como desde el punto de vista de quien la habita. Somos diez, sí, diez en casa, y la mayoría de las veces el silencio que impera es tal, que se diría que aquí no vive nadie. Todos lo saben, ese fue el factor determinante por el que decidí dejar el centro y mudarme hacia el sur.

Pero, ¡ay! Justo cuando el círculo de la alegría empezaba a cobrar perfección, tenía que venir alguien a ahuevármelo. Aquella noche de la semana pasada en que quería dormir, las cosas ocurrieron de esta manera: apago la luz, y en el segundo exacto en que empieza la oscuridad, arranca un sonido que yo describiría como los alaridos de un cantante de heavy mordido debajo de las uñas por tres mil hormigas asesinas. Todo parecía indicar que mi vecina de habitación había decidido ver -con volumen indecente- un documental de la naturaleza heavy.

Fue ahí cuando por fin vi con claridad que era el momento de dar el gran paso en mi vida. Un paso bienaventuradamente sencillo para muchos, y sin embargo tan difícil para mí. Para mí, y creo que para bastantes compañeros de mi lugar y tiempo. Para nosotros, el paso no es un paso, sino un salto desproporcionado para el que no solemos tener valor. Ocurre algo, y de repente la vida se nos convierte en el Cañón del Colorado. ¿Cómo pasar de un lado a otro? Como diría con gran acierto mi amigo F: “¡Qué pinche educación nos dieron!” Esas fueron exactamente sus palabras cuando me contaba que no se atrevía a reclamarle a su compañera de piso el robo reiterado de comida. “Marthita, ¡qué pinche educación nos dieron, que no nos atrevemos a reclamar!” Pues sí, supongo que debe ser una cuestión de educación inculcada en tierna edad de una manera tan efectiva, que llega a imposibilitarle a uno el movimiento. La noche heavy, no dije nada. 

La cuestión se repitió la noche siguiente. Y al cabo de un buen -buen- rato, me decidí a pedir con ensayados sorry y please que me dejaran dormir. Salí al pasillo, y al llegar frente a la puerta de mi compañera, me quedé petrificada. Así es, no debería ni contarlo públicamente, pero fue así. En pijama y con ojeras a la una de la mañana frente a la puerta de mi compañera y no dije nada.

Pero la tercera es la vencida. El Discovery por fin pudo ser lanzado al espacio…

o casi.

La tercera noche salí de la cama disparada cual petardo. Me planté frente a la puerta de mi compañera y llamé. 

Y llamé.
Y LLAMÉ.

Como en Pedro Navajas: créanme ustedes que aunque hubo ruido nadie salió. No hubo preguntas, nadie lloró.

Tuve que concluir que mi compañera está sorda, de ahí el volumen de la tele, y de ahí que no oyera mis porrazos en la puerta. Eso, o tal vez mi reciente afiliación a http://www.yomatoatucompañeroytumatasalmio.com ha surtido efecto. Me tocará cumplir con mi parte del pacto en algún lugar del mundo. Seguro, va a ser eso, porque no he vuelto a escuchar la televisión.  

Un pequeño paso para la humanidad

El mes y medio que llevo consagrada intensamente al capítulo “x” de mi tesis, ha culminado en una semana en la que la consagración se tornó en devoción compulsiva y la intensidad alcanzó cotas que mis más cercanos, quizás por sabiduría innata, quizás por experiencia, no quisieron presenciar. Habiéndose colocado pues mi gente querida detrás de la barrera, desaparecí del mundo el lunes a eso de las 8 de la mañana. [como nota a pie de página]: Si hoy jueves por la noche asomo la cabeza, es sólo para respirar antes de la siguiente inmersión. [cerramos la nota.]

 

Creo que podéis visualizar el escenario: libros y papeles por toda mi habitación, esparcidos en ordenado caos. Riguroso chándal reglamentario. Sobredosis de cereales por no cocinar. Fruta, agua y restricción voluntaria de la dosis de mi adorado café; de sobra sé que en estos casos menos es más. Bien, todo habría de marchar bien, hay voluntad y disciplina de claustro. Marcharía bien, sí, si no fuera porque el capítulo ha tenido una tendencia reaccionaria desde el principio. Yo, ¡que te conviertas en capítulo! Y él, que desde pequeño soñó en ser expediente. ¿Para qué vamos a contar más? El capítulo-x quiere ser expediente-pa’ no dormir.   

Me encontraba yo el miércoles por la mañana practicando una llave de judo sobre mi capítulo expedientado, cuando me asalta un email de trabajo: ¡una traducción! 
… ¡Oh, mundo cruel! ¡Oh, vida! ¡Maldita estructura capitalista! ¡Maldita necesidad pecuniaria! Amordacé a mi capítulo y me puse a traducir.

 

Si os cuento todos estos particulares, es para que os hagáis una idea de cuál puede haber sido mi estado de ánimo ayer por la noche y de cuánto, digo, CUÁNTO, deseaba y necesitaba dormir.

(fin de la primera parte)

¿Por quién doblan las campanas?


¿Será acaso por mí? – Me pregunté en mi primera noche en la residencia.
¿Será acaso por él? – Pensé la segunda noche.

La tercera noche opté por una respuesta más rudimentaria: por nadie, las campanas no doblan por nadie. No son campanas, son las tuberías de este viejo edificio que se quejan cuando tienen que dar paso al agua caliente que impide que los que aquí nos alojamos muramos por congelación.

La cuarta noche la respuesta reptó sigilosamente hasta mi almohada; las campanas doblan por él, sí. Es un redoble especial dedicado sólo a él en tono de premonición. Son campanas y son tuberías. Son las tuberías fingiendo voz de campana. No son lamentos de tubería vieja, es algarabío anticipado, previsión impaciente de venganza.

Esta es la historia: cada noche, a las once en punto los tubos-campana cantan. Cada noche, a eso de las once y diez él empieza a recorrer los pasillos aireando puertas, miles de puertas… ¡zas! La puerta pricipal, ¡zas! la del pasillo, ¡zas! la del baño, ¡zas! la de la ducha, ahora ¡zas! la de la cocina, ¡zas!
¡zas! Demostración de fuerza y poderío.
¡zas!
¡don!
¡zas! ¡don!, ¡don!, ¡jajajajaja! Venganza que se acerca, tuberías en fiesta, muros de residencia que saborean el momento de cobrarse para siempre tantos maltratos.

La peste invisible

Un mal que no se ve, no se oye, “no existe”, ¡ah, pero cómo apesta!
No sé si alguna vez os habéis contagiado de esta enfermedad tan molesta. Si os ha ocurrido, diréis automáticamente “sí”, sin duda alguna, sin necesidad de seguir leyendo. Si la habéis padecido, no necesitáis que os describa los síntomas, os tiene sin cuidado que no figure en las revistas médicas; estáis en la lista de damnificados, ¡que se atreva alguien a deciros que no ha pasado nada! 

Peste. ¿Por qué viene? Buena pregunta, eso quisiera yo saber. Puedo deciros sólo cómo empieza, pero no por qué. La contraen sobre todo las parejas, pero no solo, os lo digo por experiencia: no solo. Es letal, los que la hemos tenido lo sabemos de sobra. ¿Puede evitarse? Me temo que no. Se cuela por fisuras pequeñísimas, esos huequecitos que a veces dejamos en nuestras relaciones con los demás. Entra y se aposenta, discreta pero firmemente. No hace ruido, no se ve, por eso no hay medicina que pueda con ella. Huele, eso sí, ese es uno de los primeros síntomas. Tiene un olor bastante desagradable, cuyo origen, no sabes identificar. Así que al principio lo ignoras y sigues con tu vida. Pero crece el maldito olor, ¡cómo crece! Entonces piensas que viene de fuera, que ya se irá, pero no.
Llegados a este punto, algunos “abren ventanas” discretamente entre las dos personas, creyendo que se trata de falta de ventilación. Y mientras tanto el mal se retroalimenta, te carcome el ánimo poco a poco, te corroe la autoestima porque te preguntas si la peste es culpa tuya y al mismo tiempo sabes que no puedes ser culpable de la nada, porque eso es lo peor, que oficialmente no pasa nada: “¿tú hueles algo? No. Yo tampoco.” Vamos a ver si me explico: estamos incómodos pero no hay motivo para estarlo, luego nadie puede ser culpable de nada. Y sigues tirando, pero la enfermedad ha llegado al punto en el que te daña psicológicamente. Te despiertas de repente un día sumido en el surrealismo, con un acucarachamiento que dejaría sin palabras al mismísimo Kafka, profundamente irritado por una situación que no está ocurriendo pero existe. Y tiras, porque por mucho que estés viviéndolo, te avergüenza que la ciencia ficción se haya apoderado de ti. No se habla de ello porque no ES, “¿qué?, ¿qué? Nada.” Nada, pero pesa y las dos personas implicadas lo saben. Entonces llega la tercera fase. La peste se convierte en pestazo, dejas de querer autoculparte por nada y empiezas a culpar al otro por todo. Todo, sin concreción, TODO: su existencia y la tuya son culpa suya, todo, indiscriminadamente y porque sí. Acumulas una sobre otra todas aquellas pequeñas cosas que desde el principio no te habían gustado de la otra persona, ¡y resulta que forman una montaña infranqueable! Fin.¡Se acabó! Reventó la asquerosa pústula, ¿y a quién se lo vas a contar si aquí no ha pasado nada? Sólo queda que cada apestado tire por su lado y la versión oficial es que todo va bien, nos hemos separado sin razón.

Hila fino la peste invisible, tan fino, que aunque ya la había vivido hace años, no la había sabido reconocer en este su último ataque a mi persona. Me ha escupido a la cara hace ya un par de meses, y sin embargo, no ha sido sino hasta hoy cuando he sabido ponerle un nombre. Un compañero de trabajo se ha interesado por cuestiones generales de mi vida, entonces me ha llegado el tufo y he sabido que venía de mi apartamento. Mi compañero ha preguntado qué ha pasado, “nada.” “Peste invisible”, se oyó claramente en mi interior.