Te doy mi cerebro, ¿o mejor mi corazón?

 

Empecemos esto con una confesión. Hace un par de días tuve un sueño rarísimo, o más bien estándar, sí. Un sueño de rareza estándar para lo que suelen ser mis sueños. Como la línea de Freud últimamente está sobrecargada y por más que marcaba su número no conseguía dar con él, al final decidí que mi sueño no tenía ninguna importancia y lo archivé como a tantos otros. Pero ocurrió entonces que una de las escenas se negó a quedarse guardada en la lata y decidió montar guardia permanente en las puertas de mi conciencia. Pinchando, pinchando, haciendo que el tema del cerebro y el corazón se mantenga en continua rotación dentro de mí. La escena en sí tampoco es nada grandilocuente; es más bien de bajo presupuesto, un amigo al que quiero muchísimo me hizo el favor de aparecer en ella. En el sueño, mi amigo me dice que le gustaría tener mi talento, y yo… No os lo perdáis, por favor, le contesto literalmente: ‘mi talento no puedes tenerlo, pero puedes tenerme a mí’. ¿Seré prepotente, seré chula? Era un sueño, así que pido vuestra clemencia. De cualquier manera, el episodio me ha llevado a reflexionar sobre los distintos valores y funciones que atribuimos al cerebro y al corazón.

Creo que para todos es evidente que no tiene, ni remotamente, la misma belleza decir que teníamos el corazón en la mano a decir que teníamos el cerebro en la mano. Si lo pensamos literalmente, cualquiera de las dos imágenes es bastante gore, vamos, que ni el romanticismo ni la belleza acompaña a ninguna de las dos. Y sin embargo, ¿por qué nos resulta tan preciado el corazón por encima del cerebro? Supongo que será por lo que de involuntario hay en él, en el corazón, quiero decir. Es anárquico el corazón. Entendámonos, el corazón usado como analogía de los sentimientos, no sea que nos pongamos gores otra vez. La idea de tener el corazón de alguien es seductora porque es un poco como decirle al cerebro de ese alguien: ‘perdona, nene, aquí serás tú el jefe, pero a la máquina de vapor que te mantiene andando me la he llevado yo. Tú verás’… Sí, será eso, será que en el corazón no hay quien mande, ni siquiera el todopoderoso cerebro. Y digo yo, ¿por qué resulta entonces tan difícil que el corazón tome las riendas cuando se trata de escribir? Esa es realmente la idea que me ronda sin cesar. Bueno, esa, y otras.


Hace cosa de un mes tuve una conversación muy interesante con dos amigos escritores. Sobre todo uno de ellos insiste en que para que algo resulte bueno, hay que escribirlo con las tripas; tiene que salir disparado desde el centro mismo de nuestra persona. Supongo que una vez que las tripas se disparan, habrá que pasarlas un poquito por el filtro del cerebro, aunque de eso no hablamos con mis amigos aquella vez. Estoy de acuerdo en que lo más bonito que he leído parece salido directamente de la porción más cruda de quien lo ha escrito. Pero yo me pregunto: ¿es bonito porque está crudo -y luego no ha perdido su color natural-? o ¿es bonito porque es auténtico? Voto por la autenticidad, no estoy tan segura de que me guste digerir crudezas.

Aquella conversación me ha hecho observar que hay una tendencia a equiparar bueno con crudo. No digo que mi amigo escritor lo haga, cuidado, sólo digo que he visto que mucha gente considera buenas las películas que te quitan las ganas de comer, los libros absolutamente serios que te abofetean cada vez que pasas sus páginas. Una comedia puede ser buenísima, pero no es Arte. Como si dentro de nosotros existieran sólo espinas, como si no tuviéramos un tejido blando -o suave, si se quiere- que también forma parte de nuestra naturaleza. Venga, con honestidad, pensad en dos películas y en dos libros que consideréis obras magistrales, veréis que con mucha probabilidad tienen una temática cuanto menos ‘dura’, ¿por qué? Entiendo que no queramos cerebro, yo tampoco lo quiero, pero una vez abierto el pecho podemos echar mano tanto de las tripas como del corazón.