Tokio Blues


<<Ave María purísima

Sin pecado concebida… Padre, confieso que no me gustan Los Beatles.
¡Pero hija mía, qué me dices! ¿Cómo te atreves? ..No hay penitencia que pueda limpiarte de semejante pecado, lo sabes, ¿no?
Sí.
… Tal vez, si te arrepintieras, si te retractaras…
No puedo, padre, me supera.
Siendo así, ¡que el peso de la vergüenza pública caiga sobre ti por los siglos de los siglos!
Que caiga, padre, que caiga.>>

Y caerá, porque seguramente más de uno se escandalizará al saber que para mí “Norwegian Wood”, hasta hace poco, significaba madera noruega, literalmente. Eso y sólo eso, sin ninguna referencia musical. Ya me parecía curioso el título cuando me compré la novela de Haruki Murakami en una librería de Glasgow el verano pasado. Leyendo la contraportada no conseguía entender a qué venía Noruega si la novela se desarrollaba en Japón.

En fin, empecemos a hablar de este libro por el principio; su título. En España se ha publicado como Tokio blues, cosa que a algunos – según he leído por ahí – no les ha parecido muy adecuado. A mí no me parece del todo mal, matizando, ya que Tokio juega un papel importante en la novela y desde luego, si tuviéramos que elegir música para ambientarla, casi todas las páginas deberían llevar de fondo melodías tristes, o en el mejor de los casos melancólicas. De ahí que lo del blues, sobre todo en su acepción de ‘tristeza’, no esté mal. Esto, por cierto, debería servir de advertencia para quien vaya buscando una novela alegre; Tokio Blues no lo es en absoluto. Pero volvamos al título, ¿la traducción española nos ha privado de la referencia a Los Beatles y por tanto de una expansión del significado global del texto? Es muy probable. Norwegian Wood suena en las primeras páginas, cuando Toru Watanabe, el protagonista, está sentado en un avión. La música pone en marcha los recuerdos de Toru y la narración se traslada al Tokio de 1968, época en la que tanto él como el propio Murakami iban a la universidad. Ahora bien, antes de incursionar en barros autobiográficos, me gustaría añadir que la elección de Los Beatles por parte de Murakami -por volver a su pérdida en la traducción del título- sirve como anclaje temporal y cultural. Es evidente que ser joven a finales de los sesenta lleva de alguna manera de la mano el sello cultural de los de Liverpool. Creo recordar que hay un par de momentos más en la novela en que uno de los personajes femeninos canta Norwegian Wood, pero hace ya casi un año de mi lectura y puede que lo que los personajes cantan sea otra canción de Los Beatles (si alguien me saca de la duda, lo agradecería).

Pero hablemos de las coincidencias entre Haruki Murakami y Toru. Algunos críticos han querido ver en Tokio Blues una novela autobiográfica, son muchas las coordenadas que identificarían al protagonista con el escritor; la época en la que van a la universidad, el que ambos encuentren su primer trabajo en una tienda de discos. Toru estudia literatura y drama en la universidad, le gustan los autores occidentales y lee en especial a escritores norteamericanos, por ejemplo tiene El Gran Gatsby entre sus libros favoritos. Leer a Murakami supone encontrarse, efectivamente, con un regusto a letras norteamericanas. Sin embargo, a mí me parecería importante que la nebulosa autobiográfica no nos apartara del significado simbólico que tienen todas las elecciones narrativas dentro de Tokio Blues. Por ejemplo, que la trama arranque en el 68 es más que adecuado a nivel de significados porque equipara el descontento y las revueltas sociales -que como todos sabemos, eran principalmente estudiantiles- con la desazón existencial de los personajes. Los movimientos estudiantiles, según los presenta Murakami, eran una moneda con una cara hipócrita y superficial, y otra que verdaderamente se encontraba a disgusto con la realidad. Esto se plasma perfectamente en la novela, ya que nos encontramos con los dos tipos de personajes. Creo que sospechar -o encontrar – biografía en el texto es irrelevante para disfrutarlo y no refleja sino el voyeurismo que acompaña a muchos lectores, y sobre todo a muchos críticos, cuando se trata de la obra de un escritor importante. Y es que si bien Murakami había escrito y publicado varias novelas anteriores a Tokio Blues, fue esta la que lo catapultó al éxito en Japón. Parece que el furor que levantó la novela entre los nipones fue tal, que se hizo una edición especial en una caja dorada que contenía dos tomos; uno rojo y otro verde. Los fans se vestían de uno u otro color en función del tomo con el que se identificaban más.

Evidentemente, un seguimiento tan apasionado hace que uno se pregunte qué tiene la novela para haber encontrado tantos adeptos. Supongo que se trata sobre todo de la libertad de Toru, del libertinaje de Nagasawa (amigo de Toru), y del caleidoscopio de personajes femeninos. Muchos personajes de Tokio Blues son muy atractivos como modelos sociales. Sé que inmediatamente, quien haya leído la novela, me dirá que hay un grupo de personajes que nadie desearía como modelo. Totalmente de acuerdo, pero son personajes que equilibran la balanza, dan consistencia y hacen que la novela no se convierta en literatura pop.

Y hablando de personajes con peso, volvamos a la canción (al final va a resultar que Murakami sabía lo que hacía al elegir su título). Dumas dijo muy bien dicho aquello de ‘cherchez la femme’. Norwegian Wood tiene fuerza para evocar recuerdos no porque le guste a Toru, sino porque se trataba de la canción favorita de una mujer… No seré yo quien haga de Jack el destripador aquí, no os voy a contar de qué mujer se trata ni cuál es su función en la novela. Indicaré sólo que para mí tanto ella como los otros tres personajes femeninos resultan fascinantes por cuanto no son en absoluto el retrato de una mujer estándar, ¡todo lo contrario! Murakami consigue reflejar complejas problemáticas interiores, y lo que es más interesante -al menos desde la perspectiva técnica-, lo hace desde la incapacidad de comunicación, sobre todo cuando se trata de Naoko, el personaje femenino que hace de contrapeso a Toru .

Murakami usa pues una canción como detonante para que su protagonista viaje en el recuerdo. Tal como nos ocurre a todos en la vida real. Quizás sea esta una de las cosas que me enganchó a la novela desde el principio. Creo que se trata de un texto altamente sensual, no por erótico -que tiene sus momentos-, sino porque alude constantemente a los sentidos. Los personajes están vivos, de la manera más primaria posible: a través del tacto, del oído, del gusto; sus sentimientos sufren auténticas variaciones meteorológicas. Algunas reseñas hablan de un Bildungsroman contado en retrospectiva. Según esta perspectiva veríamos cómo Toru se forma a través de las distintas dificultades que se le van presentando en el camino. Sin embargo, decir que Tokio Blues es una novela de formación me parece bastante reduccionista y a la vez creo que debilita la intención del texto. Hay formación, sí, pero para quien quiera leer la novela, debe saber que se trata de una formación -¿y deformación?- en tono existencial.

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De mayor quiero ser como tú

Últimamente vivo bastante desconectada del mundo contemporáneo. Por motivos de fuerza mayor -a la que me someto con gusto, todo sea dicho-, mi semana ha transcurrido entre las hojas de publicaciones periódicas del Edimburgo del XIX. Y bueno, si bien es un placer tocar el papel en el que se anunciaba como novedosa la publicación de este o aquel poema de Byron, no puedo alejar de mi mente la idea de que, aunque sea de paso, también hay que mirar algún periódico de hoy. Así pues, a semana casi terminada, decidí que mientras esperaba a que la maldita cocina -¿también decimonónica?- que tenemos en la residencia tuviera a bien hervir mi pasta, podía aprovechar para leer las noticias. Siglo XXI, ¡Dios mío, Byron. ¿dónde estás?! No es difícil idealizarle cuando hay que comparar sus escarceos, que con un poco de suerte llevaban incluído algún verso, con los morreos pseudo adolescentes del Don Juan de hoy.
Así es, el fin de semana pasado, en este mi querido St Andrews, tuvimos el honor de que Hugh Grant meara en nuestras calles y se apuntara a más de una fiestecilla universitaria. El soltero plus-que-cuarentón paseó su palmito por los campos de golf. Vamos, que como otros tantos, vino al torneo Dunhill Links para golfear. Golfeo de altura, ¡cuidado!, que la casa en la que le hicieron la foto estaba por lo menos en un segundo.
En fin, que parecía que no iba a encontrarme con nada que lograra captar mi atención durante más de dos minutos… las fotos del Grant siguen mereciendo dos minutos, incuso tres (aunque mis compañeras de clase digan que está “bastante acabado”). Y bueno, cuando mi pasta estaba casi lista, pasé la página y vi que le han dado el Nobel de literatura a Doris Lessing. ¡Qué bien, qué merecido! ¡Qué carrera, qué capacidad para escribir y qué envidia de la que no puede ser buena, porque nunca ninguna envidia puede ser buena! Doris, yo de mayor quiero ser como tú. Siempre capaz de hacer algo nuevo, siempre rebelándose contra lo establecido… igualito que Hugh, que repite la trillada escena con jovencitas y, según una de las chicas de la foto, “habla igual que en sus películas” (¡a ver si aquella amiga mía que dice que Hugh Grant siempre hace de él mismo va a tener razón!)

(si quieres leer la noticia de Doris Lessing, pincha el título de esta entrada)

Gran Hermano literario

¿Y si el sentido común dictado por la época hubiera llevado a Jane Austen a esconder una sensibilidad lésbica entre las líneas de sus novelas? ¿Mr Darcy era en realidad una mujer? ¿Cambiaría esto la obra de Austen de alguna manera? ¿Sería mejor o peor? Nunca he tenido muy claro hasta qué punto es realmente importante –o necesario- conocer los impulsos íntimos de los escritores para comprender mejor su obra.
Según el número de publicaciones dedicadas al tema, podemos decir que bien sea como investigación filológica o como mera curiosidad, la vida privada de los escritores despierta interés. En noviembre del 2006 se publicaron en el Reino Unido las biografías de dos escritores: Thomas Hardy: The Time-Torn Man (Claire Tomalin, Viking 2006), The Life of Kingsley Amis (Zachary Leader, Cape 2006), y el segundo tomo de la biografía de un crítico: William Empson: Volume II: Against the Christians (John Haffenden, OUP 2006). A principios del 2007 aparecerá, además, la película Becoming Jane, que presenta a una Jane Austen enamorada del irlandés Tom Lefroy. “Un romance poco conocido pero verdadero”, según Julian Jarrold, director de la película. Bien, Austen una vez más. Todo parece indicar, como apunta con ironía Bryan Appleyard en el artículo que abre el suplemento dominical (“Just their Type”, The Sunday Times Culture, Nov 19, 06), que después de todo la escritora tenía una vida sexual: “One way or another, it seems, we shall just have to accept the awful, the incredible truth: Jane Austen had sex. Gosh.”
George Orwell se preguntaba si daríamos el mismo valor estético a la obra de Shakespeare en el caso de que, por ejemplo, éste hubiera sido pedófilo. Yo creo que seguramente leeríamos a Shakespeare de forma muy distinta, sería interesante saber incluso si lo leeríamos.
Se supone que el valor de la obra de arte debería ser independiente de la vida del artista, y sin embargo, a lo largo de la historia hemos asistido a distintas ideas de equivalencia. Para Giorgio Vasari en sus Vidas todo gran artista es un gran humano. En el otro lado del espectro encontramos la idea romántica de que todo gran artista tiene una vida turbulenta e interesante, definitivamente diferente a la vida del común de los mortales. Appleyard dice en su artículo que las biografías del XXI buscan presentar al individuo de manera aséptica, sin valoraciones morales. A mí me parece que en el fondo, muchas de ellas, tienen un gusto de conmiseración. Es como si el biógrafo buscara justificar al artista. La biografía de Kinsgley Amis, por ejemplo, es un catálogo de las patologías del escritor; todo en él era patológico. Lo asolaba un miedo constante –a la oscuridad, a volar, a andar solo por la calle-, era adicto a la comida, el alcohol y el sexo. Según la biografía, Amis agredía intencionalmente a quien lo rodeaba, era mal marido y peor padre, machista, homófobo, antisemita, pero todo esto no sería sino un mecanismo de defensa que el escritor usaba “para mantener el miedo a raya”. El biógrafo de Amis sigue la idea freudiana de la obra de arte como síntoma; la misoginia que hay en Stanley and the Women sería fruto del segundo fracaso matrimonial de Kinsley Amis y la promiscuidad irrefrenable se vería reflejada en Take a Girl like You y That Uncertain Feeling.
Pero mientras el enfoque de la biografía de Amis me parece interesante aplicado a su obra, el libro dedicado a William Empson me despierta reflexiones muy diferentes. Against the Christians –al menos en el extracto publicado en The Times- ofrece los detalles más jugosos de la bisexualidad de Empson, los secretos de los triángulos amorosos entre Hetta, mujer del crítico, el propio Empson y el amante de turno elegido por los dos. Interesante, sin duda, pero ¿para qué? Appleyard sostiene que las biografías contemporáneas, independientemente de lo que digan sobre el artista, son documentos de nuestra época que marcan nuestros prejuicios y preferencias. Totalmente de acuerdo. Cabría preguntarse entonces qué parte de nosotros se plasma en biografías como la de Empson. Supongo que responden a una curiosidad de lo íntimo que creo propia de nuestro tiempo; el placer de la ventana indiscreta tipo Gran Hermano. Mirilla que sirve, según me parece, para adorar la figura del antihéroe, para dar alegría al lector neurótico que comprueba con placer que quien parecía tan grande por su obra tiene en realidad tantas y, ¡ja!, aún más taras que el observador.
(Publicado en Mephisto, nº de Enero 2007)

La muerte del ser

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Por más que me los han recomendado, no he leído aún ninguno de los cuentos de Jorge Bucay, tal vez por una alergia de última hora que he desarrollado en contra de todo lo que suene a autoayuda; tal vez simplemente porque no se ha dado la ocasión. Pero esto nos aleja del tema. El punto aquí es que me pregunto qué habría dicho Bucay si hubiera estado en una de mis últimas clases de la carrera. ¿Habría escrito un cuento al respecto? ¿Se habría forrado con ello? Tal vez no. Lo más probable -creo- es que nos habría abrazado a todos y cada uno de los alumnos con empatía; habría compartido el dolor que en mi opinión deberíamos haber sentido todos y que sin embargo sólo experimentamos ¿dos? ¿tres? Él, puesto que se supone que es profundo y comprende el alma humana, habría dicho algo, habría sentido algo. ¿Yo? Yo me sentí triste, desde luego, frustrada, profundamente indignada y asaltada, literalmente poseída, por toda una larga serie de adjetivos terminados en -ada, todos ellos pertenecientes al campo semántico del cabreo monumental. Pero para mayor tristeza o más INRI, como se dice coloquialmente, me quedé callada y creo que tal como están las cosas tampoco pronunciaré palabra más allá de las que pueda dejar en este blog.

Dicen que las humanidades están en crisis y que también lo está la universidad. No me extraña, no podría dudarlo nadie que asista a una clase de poesía donde se intenta delimitar de manera matemática lo que son temas poéticamente adecuados y lo que no lo son; donde se usa el bisturí de la crítica para separar lo comestible de la porquería. El afán desaforado y desgraciadamente actual de intentar equiparar la literatura con una ciencia exacta hace que en clase se nos presenten los poetas embalsamados y dentro de frasquitos con etiquetas. En el laboratorio de la universidad aprendemos a distinguir entre poetas mayores y menores; todo el que no entre en esta clasificación es desecho, material de papelera. PERO, como somos de mente abierta, políticamente correctos, antidiscriminatorios, etc., tenemos también una cuarta clasificación: el salón de los horrores, el cuartito donde encerramos a nuestros esperpentos o freaks -usemos el término en inglés puesto que estamos en filología inglesa-. Se trata ni más ni menos que de los mayor-menor; major-minor poets, frasquito en el que encontramos, entre otros, a e.e. cummings. La Santísima Inquisición Académica ha decidido que cummings es, en el mejor de los halagos, inmaduro. Aquí es donde entra en acción el/la instructor/a poético/a o profe -¡con grado de Doctor/a!!!- que nos ha explicado por qué, aunque esté dentro del canon, cummings es poco menos que un poetilla. Si fuéramos alumnos avispados, deberíamos haber llegado a la conclusión de inadecuación poética nosotros solos, puesto que ya cuando vimos a Robert Frost se habló de lo raro que es usar el tema de la muerte en un poema y de que un árbol que interrumpe nuestro viaje porque atraviesa de lado a lado la carretera también es algo muy raroy no es un símbolo, no, a pesar de lo que yo pudiera creer; es un árbol y punto, no es posible que Frost haya querido usarlo como símbolo de los problemas que surgen en la vida. En fin, otro día hablaré de las aplicaciones a raja tabla de “un puro es un puro”… aunque… Mejor sigo; e.e. cummings en el poema que abre la entrada de hoy habla crípticamente de la soledad; uno se siente solo porque es one, porque no hay nadie más, mientras más allá de lo que no es el ser, en el paréntesis que es el mundo, una hoja cae con el ritmo lento con que caen las hojas en otoño. Evidentemente esta no es una explicación científica, no es la que dio la profe -¡uy, acabo de desvelar el género del instructor/a!-. Lo de la hoja, lo de la soledad y el hecho de que el ser aparezca fuera del paréntesis porque es más importante, son desvaríos míos. Vamos a ver si consigo llegar al meollo del asunto. He venido sintiéndome triste por el destazo de poetas y poemas que he venido presenciando en los últimos meses. Me he sentido triste porque a nadie le importa nada ya que: no entra en el examen, así que: a otra cosa, ¡qué nos importa la literatura si sólo queremos ser filólogos! Por último me sentí triste – y pensé en Jorge Bucay!!- cuando se me explicó que e.e. cummings es un major-minor poet por los siguientes motivos:

major por haber intentado revolucionar la poesía

minor, porque sus temas son pueriles -y cito textualmente-: “la soledad, ¡qué tema tan trivial! Es un sentimiento inmaduro, de adolescente. Una pena, porque si el poeta hubiera elegido temas profundos, trascendentes…”

No sé, que me explique alguien lo que es un tema profundo si la soledad es trivial.

El código Shakespeare

Porque son muchos los momentos en los pienso que me conformaría con una vivienda ya no de treinta metros cuadrados sino de tres, pues al fin y al cabo soy bastante pequeña y puedo prescindir de cocina, televisión y baño; todo esto no son más que caprichos del hombre moderno y, ¿para qué quiero tenerlos en casa, si telediario, comida y servicios puedo encontrarlos en un bar?
Porque estoy cansada de la sensación de impotencia que te invade cuando a pesar de tus esfuerzos todo parece gritarte que NO; no puedo comprarme el libro que quiero, mucho menos algo de música, me gustaría ir a ver tal obra de teatro pero… NO.
Porque hace mil años que mi amiga de Viena me invita a su casa, o aquella en Londres, o la que me dice que para ir a Dublín sólo tengo que pagarme el billete de avión… y mi respuesta siempre tiene que ser NO, NO, NO y siempre no. ¿Y por qué NO? Pues porque dar clases de inglés queda muy bonito pero apenas llega para pagar los bocadillos, porque intentar la investigación en la universidad puede darte mucho prestigio ante tus familiares y, en el mejor de los casos, te ofrece la posibilidad de fardar con tus amigos -pero de chulería no vive el hombre-. Porque para más INRI: Dios los cría y ellos se juntan; estoy rodeada de investigadores y por tanto mis amigos saben de sobra que debajo del pan de oro que recubre la palabra “investigador”, no hay más que desconchado y roña de abolengo.
Por todo esto y muchas otras cosas con las que no os voy a aburrir, mi cerebro hace tiempo que decidió echar horas extras para saber si mi “suficiencia investigadora” puede servirme de algo, y…
Sí.
La respuesta por fin es SÍ. Se acabó la precariedad, voy a escribir El código Shakespeare. Mis amigos y toda aquella gente a la que quiero tanto me odiarán de repente, pensarán que me he vendido y entonces yo diré:
Sí.

Me he vendido, y sonreiré desde mi foto impresa en las cajas de cereales para adultos, porque lo queráis o no, si escribo este pedazo de bestseller vais a verme hasta en el cereal. Y cuando George Lucas me llame para decirme que se ha cansado de marcianitos, que tiene ganas de hacer algo realmente malo, es decir, una versión cinematográfica de mi hijo de papel, yo diré:
Sí,
y entonces aquellos que guardaban aún un poquito de confianza en mi persona me retirarán el saludo ya de por vida, pero a mí no me importará nada porque tendré mi película sobre Shakespeare ambientada en el XVIII y rodada en Australia, vamos, como manda el código del éxito: cuanto más incongruente, mejor. Me odiarán pero yo estaré forrada porque por fin habré comprendido que lo que único que tenía que hacer era escribir un himno a la ignorancia, si este luego se lleva a la gran pantalla y, como el nombre indica: “gran”, se magnifica con algún que otro error más, entonces habré hecho la “gran” obra de caridad. Daré la posibilidad de que muchos escriban libros explicando mi barbarie, daré pie a debates televisivos, mesas redondas y mega-quizzes en internet, en pocas palabras permitiré que muchos se forren al unísono conmigo… y tendré una nueva gran familia.
Pero como aún no he empezado a escribir mi fast-bestseller, quiero “gastar” este último momento de humildad en compartir la apasionante trama con todos vosotros; en un intento desesperado -y cariñoso- de que abráis los ojos y aprovechéis la ocasión para subiros al tren y crear vuestro propio código -en una caja de cereal caben hasta cuatro fotos, así que ¡ánimo!-.
Aquí va: el intríngulis mayor del libro es que Shakespeare no escribió nada; era el Milli Vanilli del siglo de oro inglés. Esta idea no es del todo original, pero eso es importante para que yo pueda decir en las entrevistas que el libro es fruto de una rigurosa investigación. Sigamos: queda claro, pues, que Shakespeare tenía un negro, luego los negros existen desde la antigüedad. Esta es la APORTACIÓN CIENTÍFICA de mi obra. ¿Quién era el negro? Esto ya, por motivos de marketing, no se pone en la contraportada, hay que buscarlo dentro del libro y para eso, lo siento chic@s pero tendréis que comprarlo, porque pienso dar todas las claves, pero sólo con el código unipersonal que viene dentro de cada ejemplar se podrá acceder a la web donde se desvela el misterio…
… Vale, ya sé que la mayoría sois naturales de Troya, así que antes de que me hackeeis la web, aquí va la solución: Las prostitutas de Shakespeare le escribían sus obras, así es, no se trataba de un negro sino de cinco, y eran mujeres, ¡toma ya! ¿Es pa’ forrarse o no?
Y ahora, por si a alguien no se le ocurre nada para escribir su propio best seller, aquí tenéis el link a un blog bastante interesante en ese sentido
Que lo aprovechéis.
www.probar.blogspot.com

Poca vida para tanta literatura. Yo por eso: Código Da Vinci

La vida es corta, y mucha la buena literatura; ¡hay tantas cosas buenas que leer! No importa que la basura literaria se reproduzca a ritmo de conga, por muchos platos de best-seller que nos sirvan no podrán acabar con nuestro apetito, y por suerte, siempre quedará en la despensa una reserva de buena literatura para dar gusto a todos los paladares, ya se prefieran los vinos añejos de hace mil años o los vinos jóvenes de reciente creación. Lo siento, hoy estoy muy culinaria, serán los efectos narcotizantes de la papaya. Anoche estuve en la fiesta de celebración de los cinco años de Booket, donde el naranja color de la editorial y el naranja papaya se fundieron en un solo ser. Ya veis, a la manera de Las mil y una noches, los invitados conocimos las mil y una formas de preparar la papaya. Desde los entrantes hasta los postres: salmorejo con papaya, carnes de distintos tipos con papaya, salmón con papaya, merluza con papaya, queso con papaya, papaya recubierta de chocolate amargo con curry -muy buena, por cierto, ¡con lo que me gusta lo exótico!- en fin, tuvimos una noche con luna de color naranja apapayado. Yo, vegetariana de toda la vida, veía pasar las bandejas de no comestible + papaya mientras bebía mi cóctel que entre otros ingredientes llevaba zumo -de papaya, claro-. Y no me quejo, porque lo pasé francamente bien, aunque hoy la resaca y el poco sueño -cortesía del de siempre- me recuerden que no es buena idea combinar la fruta de la pasión con el alcohol. ¿Y qué pasó durante las conversaciones? Lo de siempre: “¿no has leído tal libro? ¿No conoces a tal autor?, ¡pero si es buenísimo y mexicano!” Y yo que digo: “oiga usted, no me venga con autores mexicanos que no tengo tiempo, estoy ocupada leyendo las memorias de Da Vinci y el Código de la Geisha, ¡déjeme en paz!” No, ya en serio, pensé lo que pienso siempre y me salió el comentario que suelto siempre: no tengo tiempo para davincheadas habiendo Cortázares y Borjes que no he leído aún. Esto no es un arranque de esnobismo, es que lo pienso de verdad (ahí tienen los señores la sección de “comentarios” para ponerme a parir si quieren).
Como nota de “sociales” puedo contar que había gente muy interesante. Conocí a Marc, el ganador del premio universitario de este año. Aunque claro, eché de menos a Iván Pérez, mi compañero de aquel primer año Booket -¡qué tiempos aquellos!-, creo que deberían haberte invitado, Iván, y no es por hacer la pelota, creo que deberías haber estado allí. Y otro que debería haber estado -y que conste que esto no es hacer la pelota para nada porque ni siquiera lee mi blog- es Raúl Ferruz, ese chico sí que es un ejemplo de constancia: tres años lleva el premio, tres publicaciones lleva el niño, ¡ahí es nada! A ver si me hago con el libro de este año y consigo leer su Helado de fresa, que por lo que comentaron ayer, es bastante bueno. Acaríciame, su relato del año pasado ya me gustó mucho; “explíqueme usted, Raúl -aunque no lea nunca mi blog- ¿cómo hace para combinar erótico y gore?” Una buena pregunta que me interesa de verdad, porque lo erótico es algo que se me sigue resistiendo desde el punto de vista narrativo, así que me gustaría saber cómo lo hacéis. No sabéis la envidia –sana, hay que decir siempre, ¿no?- que me dan ciertos momentos mágicos de relatos como el Hijo mío de Iván. En fin, yo soy más cabecita loca, mi fantasía va más por los caminos de “pero chica, ¿qué te has fumado?!!”, en ese sentido creo que me parezco más a Eva, la del relato ganador del año pasado. Y por cierto, he conseguido el link para todos estos relatos de los que os estoy hablando: 

relatos Booket

Y en otro “por cierto”, os cuento que nos obsequiaron con una cajita muy chula que lleva los diez imprescindibles de los lectores -creo que la cosa se decidió por votación popular en la web de Booket- y los libros son estos:

 

El peregrino de Compostela (Paulo Coelho)
1984 (George Orwell)
El hereje (Miguel Delibes)
Beatriz y los cuerpos celestes (Lucía Etxebarría)
La aventura del tocador de señoras (Eduardo Mendoza)
El hobbit (J.R.R. Tolkien)
Los renglones torcidos de Dios (Torcuato Luca de Tena)
El origen perdido (Matilde Asensi)
El perfume (Patrick Süskind)
Donde el corazón te lleve (Susanna Tamaro)
Bien, bien, muy bien. Estoy contenta porque sólo he leído los dos últimos, así que ya tengo libros para el veranito. Anoche empecé el de Lucía Etxebarría y de momento me está gustando mucho, ya veremos cómo sigue. Agrego como comentario que NO pienso comprarme aquel manual suyo anti-depresiones amorosas, lo que escribí hace un par de meses fue un puro pretexto poético. Confieso que lo he hojeado en las librerías, sólo para convencerme una vez más de que soy bastante rarita y sus comentarios de poco -o nada- le pueden servir a una persona que no se deprime por no parecerse a las modelos de la pasarela Cibeles ni está enamorada de ninguno de los vigilantes de la playa… Son dos cuestiones que ni se me habían pasado por la cabeza, creo que mis comederos de tarro no van por esos derroteros.
Bueno, y ya está bien de rollos por hoy. Ya me contaréis vuestro top 10 de libros imprescindibles, así seguiréis cultivando mi convicción de que las memorias de Da Vinci mejor dejarlas aparcadas en el escaparate de la librería -ahí, a que se les decolore la portada con el sol hasta que lleguen los secretos inconfesables de la Magdalena o algo así a desbancarlos-. Otro top 10 que se propuso anoche fue el de las novelas peor adaptadas al cine. Yo creo que con diez nos vamos a quedar muy cortos, pero se aceptan gustosamente las candidaturas.

Mi último por cierto va para David y sus Ausencias… ¡que sepas que sé que me lees de vez en cuando! ¡Para que veas de lo que se entera una en las fiestas! Y otra cosita más, enhorabuena por tu publicación de este año! Y ahora, por favor, lee esto intentando escucharme con tono de súplica: dame aaarrrrrrgo, mándame algún relato, que me tienes abandonada! 😉