Peliculón

 

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Aquellos maravillosos años

Uno de mis comics favoritos dedicado a todos aquellos valientes que se atrincheraron conmigo en aquella época de exámenes estúpidos. ¡Sobrevivimos! También para aquellos que hoy disfrutan con una sonrisa de las compensaciones del salario Liliput. Pero sobre todo, para los que con garra y poderío están preparándose las oposiciones. ¡Muy bien compañeros, ahí, demostremos que la sopa estaba tan buena que quedan ganas de repetir! 😉

Madrid

Madrid… ¡Me encanta! Son tantas las cosas que me gustan de Madrid y tanta la gente a la que quiero allí. No me preguntéis por qué ahora estoy aquí -queridos filólogos: ojo al deíctico-, la imagen muestra una de las razones.


Otra foto más de Juanvegano que me ha dicho “¡ponme en tu bloggggg!”

La vuelta al cole

¡Ole que sí, ole que sí! ¡Hoy hemos vuelto al cole!
La vuelta al cole.. COLEga, que me clavas el codo entre la última y la penúltima costilla… Niña, sí, llevas un perfume súper-guay pero no hace falta que incrustes tu cuello en mi nariz, que ya te huelo, ya… No hablaba con usted, señor, aunque por cierto, una duchita esta mañana no habría venido mal… A que sí, chaval, ¿a que tú también has notado que aquí el Don que tengo un milímetro a mi derecha no pasó por la ducha hoy? Y bueno, ya que me prestas tu atención, ¿te importaría sacar tu periódico de mi ojo?.. Tranquila, no bajo en la siguiente, puedes pisarme la cabeza para salir.

¡Ole que sí, ole que sí! ¡Ya hemos vuelto todos a Madrid! Estamos todos y nos entusiasma sobremanera el transporte público. Metro de Madrid: Posiblemente uno de los mejores del mundo, ¡lástima que ni los vagones ni los pasillos ni nada de todo eso que Espe y Galla dejaron tan mono pueda verse debido a la inGENTE cantidad de peña que va al mismo tiempo a currar… Y echaba yo de menos el contacto humano en Escocia, ¡toma baño, rebaño y rebozo de humanidad! ¡Qué bonito es vivir en una gran ciudad!

Mira, mamá: por fin me he hecho adulta!

Para que luego algunos entusiastas de mi persona dijeran que no me hacía falta aprender más inglés… Gracias, queridos amigos y amigas, ¡gracias! Esta carta es para todos los que habéis tenido tanta fe en mí. A la fe, confesión. Voy a vaciar mi alma. Empecemos.
Me han hecho falta casi seis meses, que se dice pronto: SEIS MESES viviendo en un país de habla inglesa para caer en la cuenta, para aprender como se debe: viviendo en carne propia, el significado de la palabra “master”. Cualquiera puede pensar que mucho antes de venir a Escocia yo ya sabía lo que esta palabra significa. Y sí, saber, lo sabía, pero no lo había aprehendido. Mi inocencia estaba incorrupta, ¡ay! ¡Oh, perdida juventud!, ¡ya nunca más!.. Never more, que diría el amigo Poe.
Busque, busque mi querido lector en un diccionario bilingüe, “master”… ¿Ya?
¡Horror! Sí.
Bien.
Respiremos.
…“amo”, “dueño”.., así es. El “master” posee, y lo que es peor, tiene el poder de hacer con su posesión lo que le dé la reverenda gana. Algunos dirán: no te pases, ya no estamos en la Edad Media, el master ha de mantenerse dentro de los límites del decoro; para algo se han inventado los derechos humanos. Bueeeeno, creedme, el decoro tiene unos límites muy amplios, unos límites que –permitiéndome un calco del inglés-, “no quiero conocer”. Y es que el decoro se parece peligrosamente a la hipocresía, no es más que una cara bonita. Mi master me sonríe en technicolor, me hace creer que la que manda soy yo. Hasta es “flexible”, según esto para buscar mi comodidad, claro, claro. Master sonríe y yo le guiño un ojo. En eso consiste ser adulto, en dejarse camelar, y encima hacerlo de buena gana. Sólo cuando te has vuelto devoto servidor del master, cuando le besas los pies a pesar de que sabes de su falsedad, sólo entonces, puedes considerarte un adulto de verdad. 

Hubo un tiempo en que conocí las cosas de este mundo que no tienen precio. La amistad, el amor, el cariño de mi familia, la diversión sin consecuencias, tomar el sol en la playa. Pero ahora que las trompetas han tocado las fanfarrias correspondientes, ahora que la nube de humo se ha ido, he aparecido yo, la misma, sólo que adulta de verdad. SÉ el precio de lo que SÍ tiene precio. Sé cuanto cuesta un ordenador, un billete de avión, y uno de tren, y unos vaqueros, y unas botas, y una bufanda, y una botella de vino, tres libros, dos entradas para el festival de cine, la cena en el tailandés, el regalo de cumpleaños de mi amiga, el alquiler del coche, el alquiler del piso, la factura de luz… Master, ¡oh, master! MasterCard. Tengo deudas como cualquier adulto. ¡Tadáaa! ¡Voilà! Por fin soy una mujer.

Esas pequeñas cosas

Empieza otro año y, por cambiar, he renunciado a refugiarme en la esperanza de los rituales. Ya sabéis, esas pequeñas cosas en las que confiamos para creer que este año será mejor que el anterior. Este año he estirado mi brazo derecho, he mostrado la palma de mi mano y he dicho: “No, gracias” al ritual. Vamos a ver, tampoco le he faltado al respeto, se trata tan sólo de una suspensión transitoria de credibilidad fruto –probablemente- de un pequeño reflorecimiento matemático en mi ser. Unas cuentas rápidas nos sirven para demostrar que, si nuestros tics supersticiosos funcionaran, iríamos en una desenfrenada escalada de mejora que, a estas alturas, nos tendría ya con las narices aplastadas contra las puertas de acceso al Nirvana. Y hombre, tampoco estamos precisamente ahí. Digo, soy de letras pero estos cálculos creo que puedo hacerlos.
Veréis, corría aproximadamente el año 1990 cuando empecé con aquello de la ropa interior roja (regalada por alguien que te quiere bien, nunca comprada) para aquello del amor; las lentejas en Nochevieja para que no falte el dinero y el anillo de oro en la copa de cava para la buena suerte. Doce uvas, of course. Paseo por el barrio con maleta a las 00.15 (minuto arriba, minuto abajo) para que, si no mueres por congelación, viajes mucho, mucho, mucho. Paseitos cortitos si quieres excursiones de fin de semana; señor paseo si se te ha puesto un crucero en la mira. Lista de cinco cosas que quieres que aparezcan en tu vida, lista de cinco cosas que quieres que desaparezcan, cinco que está bien que se queden (porque no molestan y por si acaso), prioridades, deseos.., y ahora se quema la lista de lo que quieres ver fulminado y la otra se guarda en el zapato durante toda la noche, no sin antes colocar en tu cartera la otra lista mientras saltas tres veces con el pie derecho sobre la silla del comedor intentando no caerte y repitiendo mentalmente el nombre de él. Con suerte terminas quemando tu zapato, guardando las lentejas en tu cartera, poniéndote las prioridades a manera de sujetador y paseando por el barrio con unas bragas rojas en la mano. La intención es lo que cuenta, ¿no es eso lo que siempre se dice? ¿Que te quedas sin ideas, que necesitas dar un mayor empuje a tus deseos? Te enchufas a Radio Rapel justo antes de Nochevieja para imprimir en tus rituales un aire de renovación y ya está.
Pero volvamos a los cálculos. 1990 será mejor que 1989, pero peor que 1991… cojo una y me llevo dos. Si en el 94 tenía novio formal, para el 95 debería haber tenido marido, o dos novios. Uno formal y otro casual, o uno primavera-verano y otro de entre tiempo, no sé, la mejoría tendría que haberse notado por alguna parte. Teniendo en cuenta que el rojo de mi ropa interior fue estrictamente colorado pasión latina desde el 90 hasta el 97, para el 99 debería haber salido con Tom Cruise y el año pasado me debería haber casado con Brad Pitt. Quito una y me llevo tres. Pero por más que me miro en el espejo, ni me parezco a Pe, ni se me forman hoyuelitos en las mejillas cuando sonrío -como a la otra nena-. Tampoco mis labios muestran protuberancia que se asemeje, ni remotamente, a los morritos de la Jolie. Devuelvo diez y me llevo media. Resultado: este año ni siquiera tengo pareja. A ver si es que las lentejas del 92 eran regresivas y restaban en vez de sumar… Debería haber hecho que me regalaran interiores de algodón ecológico no-radioactivo… Pero no, porque a mí me enseñaron desde pequeña que hay que tener fe, y los rituales, de que funcionan, funcionan, para muestra un botón. En el 2004 di un paseo de veinte minutos maleta en mano bajo la bruma nocheviejera de Madrid. Veinte minutos pasados por la regla de tres con el lenguaje simbólico dividido entre millas, me daba para llegar hasta la India. Así que, en el verano del 2005, en efecto, llegué hasta La Manga del Mar menor, y eso porque una amiga tiene un apartamento ahí, que si no, me tocaba tomar el sol en Carabanchel. Cojo cuatro y rompo el cuaderno.
Así que este año se acabaron los rituales, no hay dieta desintoxicante de año nuevo ni espátula desincrustante de novios malogrados o malavenidos. Tampoco listas de propósitos heroicos en pos de metas titánicas. Y no es pesimismo, no os equivoquéis, es que las cuentas me han llevado a un propósito solo, el único. Dejar de hacer listas de lo que no tengo y mirar lo que sí hay. Disfrutar todas esas pequeñas cosas que me gustan tanto y que tengo todos los días. Solipsismo, como me decía hace poco un amigo, pues son cosas que aunque se cuenten no se llegan a compartir. El olor del café por la mañana, el río frente a mi ventana. El parque que cruzo para ir a trabajar y sus ardillas en los árboles. Escuchar cómo cantan los viernes por la mañana en el coche los profesores que vienen a recogerme. El acento de Belfast. Contestar “muy bien, gracias” cuando me encuentro a uno de mis niños por la calle, me sonríe y me dice en su mejor español “hola, ¿qué tal?”. Ver ovejas desde el tren cuando voy a Glasgow a divertirme el fin de semana, y ver vacas con flequillo cuando salgo de excursión. Pisar la nieve nueva y crujiente, y pelearme con el viento que no me deja caminar. La sidra fría, la hamburguesa vegetal y el jazz en vivo en el pub de siempre con mis nuevos amigos. Las cartas de la gente que quiero en Madrid. El baño caliente con burbujas de mandarina cuando llego helada de la calle. Los millones de pequeñas cosas que no tengo que poner en una lista porque ya están aquí.

El código Shakespeare

Porque son muchos los momentos en los pienso que me conformaría con una vivienda ya no de treinta metros cuadrados sino de tres, pues al fin y al cabo soy bastante pequeña y puedo prescindir de cocina, televisión y baño; todo esto no son más que caprichos del hombre moderno y, ¿para qué quiero tenerlos en casa, si telediario, comida y servicios puedo encontrarlos en un bar?
Porque estoy cansada de la sensación de impotencia que te invade cuando a pesar de tus esfuerzos todo parece gritarte que NO; no puedo comprarme el libro que quiero, mucho menos algo de música, me gustaría ir a ver tal obra de teatro pero… NO.
Porque hace mil años que mi amiga de Viena me invita a su casa, o aquella en Londres, o la que me dice que para ir a Dublín sólo tengo que pagarme el billete de avión… y mi respuesta siempre tiene que ser NO, NO, NO y siempre no. ¿Y por qué NO? Pues porque dar clases de inglés queda muy bonito pero apenas llega para pagar los bocadillos, porque intentar la investigación en la universidad puede darte mucho prestigio ante tus familiares y, en el mejor de los casos, te ofrece la posibilidad de fardar con tus amigos -pero de chulería no vive el hombre-. Porque para más INRI: Dios los cría y ellos se juntan; estoy rodeada de investigadores y por tanto mis amigos saben de sobra que debajo del pan de oro que recubre la palabra “investigador”, no hay más que desconchado y roña de abolengo.
Por todo esto y muchas otras cosas con las que no os voy a aburrir, mi cerebro hace tiempo que decidió echar horas extras para saber si mi “suficiencia investigadora” puede servirme de algo, y…
Sí.
La respuesta por fin es SÍ. Se acabó la precariedad, voy a escribir El código Shakespeare. Mis amigos y toda aquella gente a la que quiero tanto me odiarán de repente, pensarán que me he vendido y entonces yo diré:
Sí.

Me he vendido, y sonreiré desde mi foto impresa en las cajas de cereales para adultos, porque lo queráis o no, si escribo este pedazo de bestseller vais a verme hasta en el cereal. Y cuando George Lucas me llame para decirme que se ha cansado de marcianitos, que tiene ganas de hacer algo realmente malo, es decir, una versión cinematográfica de mi hijo de papel, yo diré:
Sí,
y entonces aquellos que guardaban aún un poquito de confianza en mi persona me retirarán el saludo ya de por vida, pero a mí no me importará nada porque tendré mi película sobre Shakespeare ambientada en el XVIII y rodada en Australia, vamos, como manda el código del éxito: cuanto más incongruente, mejor. Me odiarán pero yo estaré forrada porque por fin habré comprendido que lo que único que tenía que hacer era escribir un himno a la ignorancia, si este luego se lleva a la gran pantalla y, como el nombre indica: “gran”, se magnifica con algún que otro error más, entonces habré hecho la “gran” obra de caridad. Daré la posibilidad de que muchos escriban libros explicando mi barbarie, daré pie a debates televisivos, mesas redondas y mega-quizzes en internet, en pocas palabras permitiré que muchos se forren al unísono conmigo… y tendré una nueva gran familia.
Pero como aún no he empezado a escribir mi fast-bestseller, quiero “gastar” este último momento de humildad en compartir la apasionante trama con todos vosotros; en un intento desesperado -y cariñoso- de que abráis los ojos y aprovechéis la ocasión para subiros al tren y crear vuestro propio código -en una caja de cereal caben hasta cuatro fotos, así que ¡ánimo!-.
Aquí va: el intríngulis mayor del libro es que Shakespeare no escribió nada; era el Milli Vanilli del siglo de oro inglés. Esta idea no es del todo original, pero eso es importante para que yo pueda decir en las entrevistas que el libro es fruto de una rigurosa investigación. Sigamos: queda claro, pues, que Shakespeare tenía un negro, luego los negros existen desde la antigüedad. Esta es la APORTACIÓN CIENTÍFICA de mi obra. ¿Quién era el negro? Esto ya, por motivos de marketing, no se pone en la contraportada, hay que buscarlo dentro del libro y para eso, lo siento chic@s pero tendréis que comprarlo, porque pienso dar todas las claves, pero sólo con el código unipersonal que viene dentro de cada ejemplar se podrá acceder a la web donde se desvela el misterio…
… Vale, ya sé que la mayoría sois naturales de Troya, así que antes de que me hackeeis la web, aquí va la solución: Las prostitutas de Shakespeare le escribían sus obras, así es, no se trataba de un negro sino de cinco, y eran mujeres, ¡toma ya! ¿Es pa’ forrarse o no?
Y ahora, por si a alguien no se le ocurre nada para escribir su propio best seller, aquí tenéis el link a un blog bastante interesante en ese sentido
Que lo aprovechéis.
www.probar.blogspot.com

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