Más vale llegar a tiempo…

Oiga usted, ¡qué bonito!, ¡qué adecuado!.. ¡Qué estética vanguardista! ¡Qué diseño! Y sobre todo, ¡qué oportuno! Pero no se me sonroje, hombre, que es peor. Si se lo digo en serio. Sí, sí, de verdad, es usted con quien hablo, ¿con quién iba a ser? Que no es ningún cumplido, las palabras me salen del alma, ¿no pensará que me ha pasado desapercibido su sutil sentido del humor, su excelentísimo savoir faire? Vamos, esa forma que tiene usted de interpretarme, esa predisposición suya al simbolismo… ¡Ay! Porque verá, granos puede haber muchos, pero como ud… ¡Ninguno! Ud combina el clasicismo del grano en la frente estilo tercer ojo con el simbolismo político-espiritual y lo eleva a la categoría de arte. Tercer ojo, sí, pero customizado. Puesto que yo, por mucho que lo intente no puedo tener una visión centrada de las cosas, ud, ¡oh bindi de la naturaleza! sabiamente se ha situado desplazado hacia la izquierda, ¡qué simbolismo, qué profundidad! Y ¡qué sincronía! Se presenta justo ahora que acabo de cortarme el flequillo cortito, cortito.. claro, ¿para qué se iba a unir al convite antes si no se le iba a ver? Inicia su estancia ahora, justo en viernes, para que tengamos tiempo de disfrutar el uno del otro, para que nuestra convivencia dure toooodo el fin de semana, y ¡qué fin de semana, oiga! El mejor y más cargadito de toda mi agenda. Que si llego a organizar yo la visita, no habríamos tenido tantas ocasiones de socializar, de que pudiera ud conocer a todos mis amigos.., sí, y también a él… Lo que es más, subirá ud conmigo al escenario este sábado, no me dejará cantar sola. ¡Cuánta solidaridad! ¡Qué bonito! ¡Qué grande! Es usted un maestro, sr grano.., lástima que mi mano vaya por libre, sí, esa, la derecha, la que no tiene la menor sensibilidad artística, la que no aprecia nada, sí, la que le apunta en estos momentos con el tubo de clearasil-maxipaf-3segundos.

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Síndrome postvacacional

¡Aaaaaah! ¡Nooooooo! ¡Aire! Ha vuelto a pasar lo mismo de todos los veranos. Ha sido esta la fatídica mañana, el momento de la verdad. Hoy, tres de septiembre, he salido de la ducha cantando, me he quitado la toalla y he sentido que alguien me observaba. He levantado la vista poco a poco y me la he encontrado ahí, mirándome por el espejo. Mi piel “morena” de verano me mostraba una sonrisa de medio lado y se despedía de mí agitando la mano antes de saltar al vacío. ¿Por qué? ¿Por qué tanto y tan cruel desagradecimiento? Si he sido paciente, he salido ritualmente a la piscina y me he tumbado bajo el sol día tras día, con la calma de un caracol y la sensatez de un Jedi -factores de protección del ‘taitantos- ¿Por qué? Si no he dejado nunca al cloro corromper el tejido que me recubre, he usado crema, aceite de bebé, ¡todo! ¿Por qué tengo que cambiar de piel? No es que el estilo serpiente me desagrade, todo lo contrario, es de sabios mutar. Pero no, ahora no, no cuando aún el sol brilla alto y me encuentro en paradero estival -léase Madrid-. Si el episodio ducha hubiese tenido lugar en octubre, entre brumas escocesas, lo habría aceptado de buena gana, sin embargo ahora sólo da lugar a la tragedia.

¿Exagero? Sepan ustedes que no, según los medios de comunicación, no. Esta tarde he visto en la pútrida tele, en tres diferentes pútridos canales, noticias que hacían referencia al síndrome postvacacional. Es más, uno de los periodiquillos gratuitos que leí mientras comía, también reseñaba la cuestión, luego estoy bien informada. Transmito: que si se nos desenfoca la vida cuando hay que volver al curro y somos incapaces de discernir entre fantasía y realidad, que si se nos marea la sensatez y nos pesa el cuerpo más de lo normal -no mencionemos los excesos culinarios veraniegos, que eso quita caché a la noticia-. Que si se nos saltan las lágrimas descontroladamente cuando arranca el despertador por las mañanas, que si tenemos permiso médico para darle malas contestaciones a jefes y compañeros de trabajo. Que si tenemos pareja, estamos en todo nuestro derecho de recibirla y despedirla con un gruñido… En fin, que estamos deprimidos, por lo que parece, en España se ha declarado oficialmente el período de síndrome postvacacional. ¡Hala, todos en cuarentena! En agosto cerramos por vacaciones y en septiembre por depresión.

Y digo yo, ¿ahora esto por qué? En los 80, cuando mis años aún eran mozos pero no por ello insensibles, ya se me colocaba a mí el nudo en la garganta y un bicho me reconcomía las tripas cada vez que veía los malditos carteles promocionales de la vuelta al cole. Ya se me abrazaban las pestañas entre sí haciendo fuerza para no abrir los ojos por las mañanas, y sin embargo, mi caso no salía en televisión. Me tocaba volver a la hacienda que tenía por colegio -porque mi cole era una hacienda en Sta Mónica, Estado de México-, me gustara o no, me pesara o no, sin síndromes ni pretextos psicológicos profesionales, guardándome la morriña en la mochila como todo hijo de vecino. ¡Hay que ver cuánto nos aburrimos ahora en el 2000, cuánta importancia queremos darnos peterpaneándonos y postavacionándonos! ¡Hay que ver!.. Una colleja de las de toda la vida, estropajo para la piel, y a currar -tan blanquita como de costumbre-, con síndrome fashion o sin él.

La energía solar

Mi gran descubrimiento de este verano es que, tal como venía sospechando desde hace tiempo, mi ánimo está recubierto de placas solares; ahora ya es oficial. Placas o paneles, como cada uno quiera llamarlos. Son esos cuadraditos negros que parecen de plástico pero vaya usted a saber en realidad de qué están hechos. La cuestión es que, sean del material que sean, lo que importa es su efectividad. Y en mi caso es alta, mis paneles solares son altamente efectivos. Así que funciono con energía solar, por tanto estamos en la mejor temporada –febrero vendría a ser mi curva más baja-. Pero seamos precisos. Vamos a ver. Funciono con comida, como todo el mundo. Eso a nivel físico, pero mi ánimo, definitivamente, se alimenta de energía solar. Y ¿por qué? No lo sé, no tengo ni idea, ni me importa. Pero… Método empírico: llevo todo el verano lo que se dice “contentita”, feliz de haberme conocido y viendo el mundo con ojos de la vida es bella. Y eso que hace tan solo un par de días que por fin me he concedido un tiempo para lagartijear panza arriba bajo el sol. Momento lagartija, y acto seguido mi alegría ha empezado a bullir reventando burbujitas a mi paso. Mi madre, la pobre, ya no sabe qué hacer con su hija que ensucia toda la casa con pompas de felicidad.
Es verdad que con este solazo de agosto también viene el calor, y con el calor viene siempre el efecto AP: APendejamiento, APlatanamiento, APlastamiento de la propia energía física. Pero aún así, oiga usted, ¡qué feliz que estoy! Y qué ganitas de quedar con unos amigos y con otros, de ir de aquí para allá a pesar de los calores, de marcarme tertulias de esas buenas entre amigas; las famosas tertulias descabezadoras. ¡Qué alegría! ¡Qué templanza! Es que hasta eso cambia. En verano no se trata de la típica tertulia en la que, por turnos, cada una le da veinticuatro vueltas hacia la derecha a su chico, luego veintiuna hacia la izquierda, para terminar coronándolo con algún insulto ingenioso que aplaudimos todas las demás. No, ¡qué barato!, ¡qué invernal! ¡Qué pasatiempos apto para días lluviosos! En verano la tertulia es totalmente distinta. Lo de las veintitantas vueltas para un lado y para el otro se mantiene, según lo merezca el chico en cuestión, que vamos a ver lo que van a pensar mis lectores: puede ponerse en duda nuestro ingenio, pero no nuestra justicia. Nunca ningún chico se descabezó sin haber acumulado muchos puntos para ello previamente. Ante todo merecimiento. En fin, lo que cambia en verano es que las que funcionamos con paneles solares no nos indignamos ante la evidencia del mencionado merecimiento. En especial, yo, no me indigno. Ayer, sin ir más lejos, me Harté (así, con H mayúscula de esas que suenan casi a J. Una hartura velarizada, para mis filólogos) a escuchar relatos macabros. Primero de una amiga, luego de otra, luego de una tercera. Si estuviéramos en invierno, los hechos me habrían conmocionado, habrían desatado mi furia y me habrían dejado los pelos Moda Medusa. Habría incitado a mi(s) amiga(s) a sacar su lado guerrero, a no ceder ni medio milímetro de sus derechos, a bordarse la camiseta con un par de eslóganes precisos (“porque yo lo valgo” por delante y “más vale sola que molestamente acompañada” por detrás). Pero fijaos si el sol actúa de una manera positiva sobre mi ánimo, el primer relato lo escuché mientras tomaba una cervecita con limón –sin inmutarme-, el segundo lo digerí con café turco –sin convulsiones-, y el tercero me llegó entre cucharadas de sorbete de mandarina… Eeeeeeeeeeeeeeeeste cree que estás loca, ¿o qué?!!!!! Ni en trescientos años vas a pasar por el aro. A que no, nena. Porque como pases por el aro, te doy. Pero por favor no me hagas que te dé ahora, que estoy muy cómoda así sentada, y esta mandarina está de muerte… Pero bueeeeeeeeno, tú no te creerás eso que te ha dicho, ¿no? Podríamos entrar en esta tienda, que tienen unos bolsos muy chulos. Pero tú de esas palabras crueles, no te creas ni media… Y me importa muy poco si ya tienes treinta años –en invierno habría discurrido sobre la inconveniencia del “ya”-, que estamos en el siglo XXI y en Europa, niña, ¡por Dios! Yo me tomaría ahora uno de chocolate. Compartido, que estamos en verano y no se trata de engordar. Así, así fue toda la tarde. Sin sulfuramientos innecesarios, contentita. Serenamente objetiva… O subjetiva, según quiera verse. En cualquier caso, no hubo espuma verde en la boca. Y no es que de repente en verano mis amigas me importen poco, ¡no señor! Tengo datos para probar que no se trata de eso. Datos, y testigos que pueden asegurar que yo me mido a mí misma con el mismo rasero. ¿Que me llega un mensaje al móvil de esos que en un noviembre cualquiera me habrían hecho bailar la tarantella sobre el cráneo de su autor?: va a contestar Santa Rita por videoconferencia. Yo por mí, me tomaría una horchata ahora. Eso es lo que tiene el verano. Esa es la auténtica ventaja de la energía solar.

¿Y si durara mil años?


Llevo tres días “globalizada”, con la cara hinchada cual balón del mundial. Que otra cosa no, pero yo sé estar a la última y si estamos en fase final del mundial, a mí la cara se me hincha como un balón oficial para celebrar en cuerpo y alma. ¿Para qué voy a pintarme la cara con los colores de mi equipo -que por otra parte, tanto si se trata de México como de España, estoooo, en fin.- si puedo metamorfosearme en balón? Pues sí, un flemón me domina desde hace tres días y el dentista pronostica por lo menos otros tres. ¿Y si en lugar de tres fueran mil? ¿Y si en lugar de mil fueran cinco mil, diez mil, mil millones de miles diluyendo su eco en el infinito, en ese espacio temporal al que, en nuestro afán de atrapar los conceptos, encerramos en una palabra y llamamos “eternidad”? Vamos, ¿y si se me quedara la cara así por siempre jamás? El mío sería entonces el primer flemón literario, porque viviría feliz en su Historia interminable particular.
Y sin embargo No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista… ¡Vaya desgracia, vaya una pena tan grande el haber aprehendido la veracidad de este refrán! Te pasas años buscando la fórmula mágica para evitar el sufrimiento y cuando por fin la encuentras te enfrentas a la nostalgia -que casi nadie confiesa- de aquella época en la que creías en la eternidad.
Y es que la idea de eternidad, por lo menos en mi caso, iba asociada a la de inmutabilidad. Qué distinta es la vida cuando te das cuenta de que lo único inmutable y eterno es el cambio. Siempre habrá cambio y esa parece ser la única verdad.
El “para siempre” nos hace infelices, es puro Maya, dicen los hindúes. Nuestra infelicidad se debe a nuestra ignorancia, al empecinamiento con el que nos tragamos el espejismo del tiempo. Cuando comprendemos que nada permanece y todo cambia, cuando lo aceptamos como ley de vida, dejamos de sufrir. Parece que es verdad, se me ocurren muchos ejemplos.
Verás. Recuerda sin ir más lejos ese amor que creías que iba a durar para siempre. Se acaba y sufres. Sufres porque se te ha roto la hermosa esferita del para siempre y no compendes por qué. Entonces caes en el abismo del dolor, con la belleza que sólo la convicción profunda puede dar. Crees que se trata realmente de un abismo, que no tiene fin, y que vivirás en desgracia, llorando por lo que se acabó, rompiéndote por dentro lentamente para siempre. Por eso tu dolor es importante y real, porque parece que será eterno. Se rompió la esfera perfecta y tu único recurso es preservar su importancia llorándola para siempre. Si el amor no puede ser eterno, lo sea pues el dolor.
Pero un día se te olvida por qué estabas llorando y llega el momento en el que incluso te olvidas de que lloraste alguna vez. Para siempre se perdió en algún lugar del abismo que creías que sería tu morada eterna. Y sigues viviendo, pues no hay mal que dure cien años.
Entonces llega el siguiente amor y crees que será para siempre -ya lo dicen los hindúes, persistimos en el engaño-. Te entregas con la ceguera de lo atemporal, te pierdes en el disfrute, se desdibuja todo lo que hay al rededor de ti hasta que termina por desaparecer en un telón de fondo sin forma. Tu vida se funde con el infinito y te haces uno con la perfección del para siempre. Hasta que se acaba y sufres. Y no pasaría nada si la entrega y el sufrimiento viajaran libremente por el ocho invertido del infinito. El problema es que esta vez ya no se trata de un sufrimiento hermoso como antes, porque por muy profundo que parezca, por mucho que duela, sabes que terminará. Has crecido y ya no crees en la eternidad. Esa es la pena.
He encontrado la fórmula del no sufrimiento y estoy planteándome volver a dejar el frasquito donde estaba. Porque cuando sabes que todo acaba dejas de sufrir, pero también dejas de lanzarte al vacío con los ojos cerrados pues no crees ya que saldrá la mano de la eternidad para recogerte.
… Y todas estas ideas por culpa de un flemón. Echo de menos la época en la que habría inundado mi casa con las lágrimas del “me voy a quedar siempre así”. Qué nostalgia pensar que en otros tiempos, al recibir la invitación de un amigo para comer en su casa y verme en el espejo habría pensado: “ya nunca voy a volver a comer con él, ya nunca más voy a salir de casa”, agregando tras una breve pero oportuna pausa: “este dolor que no pueden llevarse las aspirinas, no podrá llevárselo tampoco el tiempo.” En otra época habría soltado mi monólogo y después me habría tumbado en mi cama con aires de Madame Bovary. El conocimiento ha disipado mis brumas Bovariescas -¡cómo las echo de menos!-, ha hecho que coja el móvil con manos de Martha y no de Anna Karenina.
Un sms.
He quedado para dos días después.
No pasa nada.
¡Qué pena!

Bikini Bill, el retorno.

Peor que Billy el niño, mucho más gore que Kill Bill.
Llega arrasando con todo. Quita, quita,que viene…
BikiniBill

(o el momento de hacerse la de la boca chiquita)

Cada primavera lo mismo, ¡siempre igual! Pero ¿es que no puedo aprender? No se dirá que es por falta de experiencia… El hecho es, que una vez más me toca echarme a temblar (un poquito, tampoco vamos a ser tan exagerados… o debería temblar, temblar ??? no lo sé, no he tenido valor aún para hacer la prueba del espejo)… ¡No aprendo! Y mira que, gracias a mi tesina, de momento he logrado -muy a mi pesar, todo hay que decirlo- evitar mi cita con el bikini. Ahora mismo debería estar paseando por la playa y no sentada frente a este ordenador. Aunque en fin, si nos vamos a poner así, ahora debería estar frente a este ordenador escribiendo sobre el posmodernismo y los compadres que se lo sacaron de la manga y no sobre mis delitos culinarios del último invierno.
Llamemos a este texto “una digresión lúdica para el sano funcionamiento de mi cerebro y el posterior mejor desarrollo de mis deberes académicos”. Suena bien: al grano. Voy a contar toda la verdad de la relación entre mi bikini y yo. Cuando acabó el verano había surgido entre nosotros una bonita amistad. Podría decirse incluso que si por mi hubiera sido, no lo habría guardado nunca en el cajón, habríamos vivido en armoniosa convivencia, él conmigo y yo con él. Pero todo se acaba, está visto que no hay solución. Lo del bikini y yo, para entendernos, es como un amor estival. De estos que al principio parece que no, y no.., y luego tímidamente.., hasta que llegan a su mejor punto -siempre sin rozar la perfección, claro- pero a un punto bastante bueno, ¡mire usted por donde! ¿cuándo? Justo cuando se acaba el verano y una tiene que volver irremediablemente a la rutina y él -mi querido bikini- tiene que irse a la basura o, en el mejor de los casos, al cajón. Y así es como pasan laaargos meses de invierno, en los que llueve mucho y ves poco el sol; motivo suficiente para decirte que estás deprimida y que necesitas RIGHT NOW una buena dosis de endorfinas y no te valen las endorfinas de cualquier clase, tienen que ser las que produce tu cuerpo como consecuencia de haber consumido ingentes cantidades de chocolate -con leche, con frutos secos, relleno de fresa, blanco, con licor de cereza… una tampoco va a castigarse con la monotonía, ¿no?- (¡Ay! ñ-suspiro-) Y si yo no fuera tan responsable, no pasaría tantas horas sentada escuchando clase, ni tantas horas sentada conduciendo para ir a clase, ni tantas horas sentada bien sea en la biblioteca o frente al ordenador. Y si yo no fuera tan irresponsable, no pasaría tantas horas sentada en la cafetería charlando con mis amigas, ni tantas horas sentada en un bar tomando claritas de limón, ni tantas horas tumbada viendo aquella peli tan chula que echan los domingos por la tarde y aquella de los lunes por la noche, que tampoco está nada mal. En fin, que si yo no fuera tan, pero tan, tan incorregiblemente yo, habría ido con más asiduidad al gimnasio y habría sabido decir que no a los postres ricos. Habría recordado que no conviene cruzar las piernas cuando una se sienta porque eso entorpece la circulación y provoca -oh, Dios mío!!- celulitis. Habría bebido más agua en lugar de coca-cola y menos café -que tampoco es bueno para la circulación-. Habría dormido mis horas y usado las cremas milagrosas que luego no lo son tanto pero siempre ayudan. etc.,etc.,etc. Pero entonces, si yo hubiera hecho todo lo que debería haber hecho para que mi bikini no soltara las carcajadas que suelta cada vez que abro el maldito cajón, entonces, no tendría ningún motivo para escribir esta entrada en el blog ni podría sentirme solidaria, sonreir y abrazar con cariño a todas aquellas que, como yo, a partir de hoy, TIEMBLAN de sólo escuchar la palabra Bikini